Competir o compartir, he ahí el dilema

competir

En A Beautiful Mind, la película sobre el nobel de economía John Nash protagonizada por Russell Crowe, hay una célebre escena donde el protagonista echa por tierra 300 años de dogmática con respecto a la competencia individualista como principio generador no solo del bien común, sino del propio bien individual.

Aunque Adam Smith es un autor mucho más profundo que lo que la vulgata neoliberal pretende (otro día hablaremos de eso), recordemos que, en efecto, éste asegura en La Riqueza de las Naciones, que no es la benevolencia lo que causa que las personas actúen a favor del bien general, sino el egoísmo, la propia consideración de su ganancia individual. Solo que en dicha empresa es conducido por una “mano invisible” a promover un fin que no entraba en sus intenciones. Dicho en términos simples: al perseguir su propio interés, promueve el de la sociedad de una manera más efectiva que si esto entrara en sus designios.

Sentado en un bar tomando cervezas con unos amigos, Nash le hace ver a sus amigos, emocionados por la entrada repentina de un grupo de chicas, que de seguir este principio smithsiano, el ligue con ellas estaría condenado al fracaso. En vez de competir por la más guapa, les dice, debemos colaborar. No actuar pensando que lo más productivo es que cada quien pensara y velara por sí mismo en vez del grupo, sino que cada quien actúe pensando por cada quien, pero a su vez, también por el grupo

Podemos pasar horas discutiendo cuan fiel es la escena a la real teoría de los equilibrios de Nash. Desde luego, las cosas siempre son un poco más complejas que los que nos muestra la versión hollywoodense. Sin embargo, en lo esencial la escena recoge la gran enseñanza de Nash: que es mejor colaborar que competir, incluso si lo que se piensa es en el bienestar propio.

A propósito de todo lo que vive actualmente nuestro país, deberíamos recordar esto. La corrupción −la pública pero también la privada− la especulación, la usura, el acaparamiento, el contrabando, el bachaquerismos y pare usted de contar, todas esas son formas de vida, de ser, de relacionarnos y de “resolver”, que no solo es claro que no propenden al bien común, sino que tampoco resultan convenientes cuando se les considera individualmente más allá de sus posibles beneficios inmediatos. Así las cosas, el comerciante que especula termina quejándose luego por la caída de las ventas. Pues, en la medida en que otros como él hacen lo mismo, el salario de los trabajadores se empobrece. Quien viajó fuera del país a raspar dólares para revender en el mercado negro aprovechando –y a su vez impulsando− la devaluación de la moneda, luego se queja de que el dinero no le alcanza para nada. El señor empresario que se hizo millonario sobrefacturando importaciones o desviando productos al contrabando aprovechando los incentivos del negocio negro, luego padece al malandro que tampoco pudo resistir el incentivo de secuestrarlo para quitarle lo que acumuló. La señora dueña de locales que cobra rentas abusivas, sufre a su vez los abusos en los precios de los productos como consecuencia de las altas rentas que los comerciantes deban pagar. El joven profesional que no ve muchos problemas a la hora de comprar cosas de dudosa procedencia, luego se queda sin nada al ser víctima de unos sujetos que tampoco ven problema alguno en arrebatarle a otro sus cosas. Y así vamos.

Desde luego, es complejo en estos escenarios la colaboración. Es de hecho lo más complejo entre otras cosas porque siempre hay uno que se la tira de vivo o quiere hacerse el más fuerte y que abre las puertas al juego suma-cero en el cual terminamos arrastrando y perdiendo todos. Es como lo que pasa con las colas en las autopistas: todos y todas estamos claros que si nadie se come el hombrillo el tráfico fluye, pero como siempre hay un “espontáneo” que lo hace, los demás no resisten la tentación o no están dispuestos a quedar como “pendejos” por lo que se lanzan más atrás trayendo como resultado invariable la cola.

Pero siendo el más complejo, es en todo caso el único que nos garantiza librar con bien. Y el único bajo el cual es posible que la mayoría honesta se defienda efectivamente de la peligrosa y dañina minoría deshonesta. Podemos usar la escena de otra película, Bichos, una aventura en miniatura de Pixar y Disney, para entenderlo bien: aquella donde estando los saltamontes que año tras años roban la cosecha de las hormigas preparándose para hacerlo, uno de ellos le dice al líder –Hopper– que por qué no dejan de ir ese año, si total tienen suficientes provisiones y buscar más no les hace falta. Hopper se lo dice muy claro: si no vamos, van a pensar que no solo es posible sino deseable vivir sin el yugo de que los robemos, y de allí pueden pasar a darse cuenta que son más, y que si se organizan pueden hacerse más fuertes, perderán el temor y nos enfrentaran. Así que igual tenemos que ir, no se trata de robarles la comida puramente, sino de demostrarles quien tiene el poder.

Quien haya visto la película sabrá que las hormigas se organizaron, le hicieron frente y vencieron. Les costó, sufrieron bajas, pero vencieron.

15 y último es un espacio para pensar y empezar a actuar en esta dirección. En un momento cuando contra nosotros y nosotras se abate un proceso hiperespeculativo que lo mismo nos roba los bienes que la capacidad de pensar, que busca por la vía del apabullamiento, la viveza, el malandreo de barrio, pero también y sobre todo, del delito de cuello blanco, paralizarnos de miedo, hacernos sentir minoría a la mayoría honesta y trabajadora, hay que abrir espacios donde la colaboración, la articulación, el pensar en el otro y en la otra, no como mi enemigo ni como mi posible víctima, sino como mi próximo, el convencernos que en la medida en que haya el bien para todos habrá bien para cada uno, es la única manera de resolver lo que estamos viviendo.

La guerra económica, la usura, la ambición indolente, la falta de criterio colectivo, todo eso busca convertirnos a través del miedo, la ignorancia, la confusión y la desmoralización, en sujetos bajos y ruines, temerosos del otro y de la otra, compitiendo y matándonos por los pocas cosas que los bachaqueros, malandros, especuladores y corruptos nos dejan. Sin embargo, ha llegado el momento en que si prescindimos del miedo y la resignación, tengamos afectos y formas de vida más acordes con la verdadera naturaleza humana. Freud decía que amar al otro, creer en el otro, confiar en el otro, es lo más difícil del mundo, pero es lo único que nos separa de las bestias. El humano es humano no porque compite hasta matarse como animal encerrado en una jaula disputándose un trozo de carne. Lo es porque colabora, porque si bien es capaz de arrebatarle la comida a otro, también lo es de compartirla. De eso se trata vivir en sociedad. Todos lo animales superiores aprendieron eso. No dejemos pues que nos sigan involucionando y hagamos honor a siglos de aprendizaje.

1 Comentario en Competir o compartir, he ahí el dilema

1 Trackbacks & Pingbacks

  1. 15 y Último: un año de economía para no economistas – 15 y Último

Deja un comentario

Tu email no será publicado.


*