¿Existe la inflación? / Luis Salas Rodríguez

InflacionExiste

Por: Luis Salas Rodríguez

“No hay solamente respuestas incorrectas, hay también preguntas incorrectas. Hay preguntas que se refieren a un determinado problema real, pero la manera en que se formulan, efectivamente, ofuscan, mistifican y confunden el problema.”

Slavoj Zizek.

Hay un amplio consenso a la hora de afirmar que el principal problema que atraviesa nuestro país es la inflación [1].

Y no es de extrañar. Para demostrarlo están las cifras del BCV. Pero en realidad, simplemente basta con ir a un supermercado para darse cuenta de que los precios ya no suben siquiera de manera continua y generalizada, como dice la clásica definición, sino desbocadamente, causando estragos en los presupuestos familiares. Antes al menos era en algunos rubros y por temporadas. Ahora es en todo lo que uno vaya a comprar y siempre. De tal suerte, que todo el mundo esté de acuerdo en que la inflación existe y es el principal problema de la economía venezolana y el que más afecta a los ciudadanos, es simple y llanamente estar conscientes de una realidad ante la cual no se necesitan mayores explicaciones. No hay que darle más vueltas. De lo que se trata es de buscar las medidas adecuadas para contrarrestarla y punto.

Sin embargo, siempre he sostenido junto a otros compañeros que las cosas son un poco más complejas. De hecho, he dicho –y lo sostengo- que la inflación en cuanto tal no existe. Y esto por una razón muy sencilla: porque la inflación desde el punto de vista del análisis económico no es un problema real, lo cual no implica que no sea problema la subida generalizada de los precios de los bienes y servicios en el país. Nunca he negado esto último, lo que sería absurdo. Solo que me parece importante recordar algo que suena bastante obvio cuando se lo dice pero que muchos analistas “olvidan” olímpicamente: que en cuanto tal la inflación es un término y no un fenómeno. O para ser más precisos, una categoría de análisis perteneciente a un marco teórico que intenta explicar un fenómeno esta vez sí muy concreto: el de la formación (o deformación) generalizada de los precios en una economía por la vía del exceso por arriba, es decir, cuando los precios “suben” generalizada y sostenidamente.

En este sentido, lo que digo es que si nos detenemos un momento a pensarlo, no tardamos mucho en darnos cuenta que la definición clásica de Inflación convencional entre los economistas de todas las tendencias y naturalizada en nuestro sentido común: “fenómeno caracterizado por el aumento continuo y generalizado de los precios de bienes y servicios que se comercializan en una economía determinada”, es redundante, simplista, vacía y a-científica, en la medida en que confunde el fenómeno con sus descripción fenomenológica pretendiendo hacer de ello su definición y explicación.

Y es que los precios –en cuanto expresión monetaria del valor de las mercancías– no se “inflan” ni se “desinflan” así como no “suben” y no “bajan”, así utilicemos estos términos en la vida diaria para tratar de entender y hacer entender las variaciones que sufren. Es lo mismo que ocurre con el sol y con la luna que decimos que “salen” por un lado y se “ocultan” por otro. Desde un determinado modo de hablar e incluso ante nuestros ojos, resulta cierto que hacen eso. Y todos estamos de acuerdo con que siempre será más cómodo decir que el sol y la luna salen y se ocultan, que hablar de la alineación radial terrestre lunar de la rotación axial de la Tierra, que es de lo que realmente se trata. Pero después coincidimos también en que físicamente hablando tal afirmación no tiene sentido más allá del metafórico, tal y como aprendimos en la escuela y saben los científicos al menos desde Copérnico.

Parece una discusión diletante y sin sentido, ante la cual cualquiera se siente tentado a decir –yo mismo incluido- qué importa cómo se le llame al problema de los precios si lo que importa es que se le combata. Pero precisamente por esto último es que importa y mucho, pues en economía pasa exactamente como en la medicina donde para combatir una enfermedad primero hay que saberla diagnosticar. De tal suerte, la diferencia entre llamarla de una forma o de otra (especulación, por ejemplo) no es nominal: es de diagnóstico. Pues así como no resulta lo mismo decir que alguien tiene mal de ojo cuando tiene un cáncer, no lo es afirmar que la economía atraviesa un “problema inflacionario” cuando lo que enfrenta es un proceso especulativo generalizado, que asistimos a una puja distributiva por la riqueza social expresada por la vía de los precios, donde las principales víctimas son los asalariados y todos aquellos que perciben ingresos fijos que no pueden modificar por sí mismos.

Es ampliamente conocido que las ciencias sociales en general, están llenas de situaciones como éstas donde la confusión de las palabras con las cosas parte del uso y abuso de expresiones retóricas. Pero en ningún caso es tan habitual como en la economía. Piénsese por ejemplo cuando se habla de “burbujas” financieras y se dice que éstas se “inflan” y luego “revientan”. O cuando se hace mención al “recalentamiento” económico y a la necesidad de “enfriar” la economía. Y hay un largo etcétera: economías “casino”, “paraísos” fiscales, “depresiones”, “cracks”, “corridas”, “salvatajes”, “corralitos”, “cepos”. En todos y en cada uno de estos casos, se emplean términos con gran carga figurativa que parecen decir mucho, pero que en última instancia no explican nada, o explican menos de lo que dejan sin aclarar.

Ahora bien, lo singular de este asunto es que cualquiera más o menos familiarizado con la literatura económica, sabrá que son realmente pocos los economistas dados al arte del buen escribir. Y de hecho, a la mayoría le gusta presumir aquello de que mientras más ininteligible y áspero es el lenguaje, mejor. Así las cosas, es poco probable que el uso de los recursos metafóricos y retóricos en sentido amplio sea por gusto narrativo, pero si no es esa la razón, ¿por qué los usan tanto?

Mi hipótesis es que se debe a las debilidades propias de las teorías económicas dominantes (entendiendo por dominantes las que son hegemónicas en las universidades, instituciones, medios de comunicación y en el sentido común mediatizado)que tal cosa ocurre. Y es que si seguimos su patrón de uso, podemos darnos cuentas que surgen justo cuando se hace necesario explicar cuestiones que son problemáticas para dichas teorías, en el sentido en que ponen en peligro sus postulados, revelan paradojas o verdades difícilmente digeribles, como su connivencia con poderes económicos establecidos a los cuales les resultan perfectamente funcionales.

Es por este motivo que no es ocioso debatir el problema de los precios poniendo en cuestión primero la manera en que nos referimos al mismo. Y es que, de nuevo, si bien alguien podría decir que poco importa cómo llamemos al problema si lo cierto es que la gente cuando va al mercado la plata le alcanza cada vez menos, habría que responder sin ningún género de dudas que sí es importante: en primer lugar, porque la solución de todo problema implica necesariamente un diagnóstico, pero todo diagnóstico a su vez implica unos presupuestos a partir de los cuales se realiza y que de hecho definen el estatus del problema mismo. Y en segundo lugar, porque el diagnóstico trae consigo las medidas a tomar para remediar el mal diagnosticado. Y si el diagnóstico está mal, no podemos esperar otra cosa de los remedios.

Desde este punto de vista, decir que la hipótesis inflacionista en cuanto diagnóstico del problema de los precios es falsa porque confunde al fenómeno con su descripción metafórica, en realidad, lo que quiere decir es que –fetichismo mediante– el diagnóstico inflacionario convencional resulta una lectura errónea, no neutral y de hecho abiertamente parcializada desde el punto de vista político, erigida para no revelar la naturaleza de la dinámica de formación y movimiento de los precios, ocultándola detrás de una serie de consideraciones y presupuestos cuya razón de ser es garantizar que en el plano teórico-ideológico, se mantengan intactas las condiciones socio-políticas e intereses que en el marco de las sociedades determinan esa dinámica.

Mi punto a este respecto siempre ha sido el mismo: lo que solemos llamar “inflación” es una lectura de la fijación de los precios desde la perspectiva de quien los fija en detrimento de quien los paga, con el agravante que, en cuanto tal, más que explicar lo que busca es disimular la realidad de dicha fijación, recurriendo a una serie de presupuestos que aunque se nos presentan rodeados de un aura de precisión científica, son irreales cuando no absurdos.

En este sentido, la “inflación” no es una distorsión o anormalidad de los mercados capitalistas que debe corregirse con tales o cuales medidas institucionales que, por regla general, parten de la idea de crear condiciones de “competencia perfecta”, como sostiene la mayoría de los expertos. Para el caso de la economía venezolana el problema de los precios altos y de su aumento constante y generalizado es un fenómeno ya intrínseco a lo que tiene que ver con las condiciones particulares del tipo de desarrollo histórico capitalista nacional. Incluso en tiempos cuando los índices de precios al consumidor indicaban que no habían problemas de inflación, la realidad del intercambio mercantil señalaba que había notorios problemas de “precios altos” y fuera del alcance de las grandes mayorías.

La mayoría de los trabajos existente en el país sobre el tema, nos dicen que no será sino hasta principios de la década de los 70 que la llamada inflación se vuelve un problema. Incluso, para efectos de la evolución histórica del índice de precios, los autores refieren un largo período de estabilidad de los mismos transcurrido entre la segunda década del siglo XX y mediados de los setenta. Ahora bien, al mismo tiempo que dicha estabilidad existía, los precios altos y especulativos al parecer también eran la norma, como muy bien queda claro por ejemplo en los diagnósticos sobre la materia realizados en el marco Comisión Fox cuyo informe técnico fue publicado por primera vez en 1940.

Como se recodará, dicha misión de expertos norteamericanos –para nada sospechosa de izquierdismos de ningún tipo-  venida al país en 1939 a solicitud del Estado venezolano para realizar un estudio de la realidad económica y plantear recomendaciones, señaló en su célebre informe el problema del precio elevado de los principales productos de consumo incluyendo los de primera necesidad, si bien reconociendo que su variación no había sido muy significativa a través de los años. El punto de comparación era el precio de los mismos o similares productos y algunos servicios en otros mercados, particularmente en el norteamericano, encontrándose con que en el caso venezolano siempre resultaban significativamente mayores. Buena parte de la explicación para este diferencial, no obstante, se achacaba al factor importación y a los altos aranceles aduaneros, motivo por el cual el informe fue polemizado por empresarios de la época y expertos tan notables como Manuel Egaña, partidarios del proteccionismo para favorecer a la industria nacional contra el auge importador ya crónico entonces. No tenemos tiempo aquí para referirnos en detalle a esta polémica, pero lo que me interesa destacar es que si bien lo anterior es cierto, también lo era que en el informe se tomaron en cuenta productos nacionales sin competencia extranjera detectándose el mismo fenómeno:

Otro punto característico de la estructura de precios en Venezuela (…) es el hecho de que, con pocas excepciones, tantos las mercancías producidas en Venezuela como las importadas se venden a altos precios. Este es el caso no solo donde los artículos importados compiten con los artículos venezolanos, sino también en los casos en que la competencia extranjera está prohibida en virtud de las tarifas (aduaneras) prohibitivas, o cuando la naturaleza del artículo es tal que la competencia extranjera es imposible. [2]

Así pues, el problema de los precios altos en Venezuela no es reciente. Esta disparidad, de por sí, ya nos da suficiente material para discutir sobre la pertinencia de los índices de precios como indicadores de la realidad de los precios en sí. Sin embargo, más importante que este problema teórico-técnico, resulta dar cuenta de por qué los precios en Venezuela históricamente tienen esa condición, por qué de un tiempo a esta parte se ha sumado a ella la volatilidad alcista y por qué aún la siguen teniendo, todo para poder ver luego en consecuencia qué podría hacerse para revertir las situaciones bajo las cuales se producen.

Así las cosas, el problema del aumento de los precios en nuestro país, toda su lógica conexa de especulación y el acaparamiento, no podrán solucionarse satisfactoriamente y en términos justos, mientras no se cambie la manera unilateral e interesada de ver dichos asuntos, esta es: la teoría económica transformada en sentido común y expresada con distintos grados de intensidad tanto por ciertas izquierdas como por la derecha, según la cual, dicho aumento de precios consiste en un problema inflacionario derivado de la intervención del Estado en el libre juego de la oferta y la demanda en medio de mercados que, por su propia naturaleza, tenderían al equilibrio si se elimina dicha intervención.

Dicho en otras palabras, lo que sostengo para el caso de la economía es lo mismo que todo médico (y también todo paciente) sabe que aplica para el caso de la medicina: si se falla en el diagnóstico necesariamente se falla en el tratamiento, de modo que se corre el riesgo no solo de no curar la verdadera enfermedad sino de agravarla al tiempo que se causan males secundarios debidos a la aplicación de un tratamiento incorrecto. En nuestro caso, el mal diagnóstico comienza cuando se habla de “inflación” para referirse al problema de los altos precios de los bienes y servicios. Y sigue cuando se afirma que dicho problema es causado por la intervención del Estado –bien controlando los precios, bien aumentando unilateralmente los salarios, bien subsidiando los productos o bien emitiendo dinero para aumentar “ficticiamente” la demanda (el clásico tema del Estado populista que “regala” el dinero a los pobres a través de becas, etc.)– en medio de una realidad que sería armónica de no mediar dicha intervención. El lugar del paciente más que “la economía venezolana” en términos abstractos aquí lo ocupan los consumidores (que a su vez son trabajadores asalariados en su gran mayoría, o pequeños productores y comerciantes que se ven espoleados por los más grandes) que deben cobrar mayor conciencia no sólo de que el conocimiento de los males que lo afectan es condición esencial para iniciar la recuperación y eliminar los padecimientos, sino que su papel debe ser más activo para que sea efectiva dicha recuperación

Quedará para una próxima entrega dar cuenta entonces de la particularidad de lo que estamos viviendo actualmente, cuestión de la que por lo demás hemos dado cuenta en otros espacios. Pero ya para ir cerrando, insistamos: en nuestro país el problema de los precios no comenzó hace 17 años con la llegada del Presidente Chávez ni hace tres con la llegada del Presidente Maduro. Y en honor a la verdad tampoco empezó con los adecos o el puntofijismo, sino que forma parte de una característica intrínseca al tipo de capitalismo desarrollado incluso antes de la llegada del petróleo. Lo que se quiere decir en términos generales, es que la economía venezolana se ha caracterizado a lo largo de su historia por tener precios altos, lo cual se ha traducido en las tasas históricamente altas de acumulación y distribución desigual del ingreso observadas. De tal suerte, el problema de los precios deriva de un problema que es El problema de todas las economías contemporáneas: el de la creación, distribución y acumulación de la riqueza una vez creada. Los precios altos no son un indicador de mercados distorsionados, es la expresión a la manera venezolanade la lucha por la apropiación de la riqueza dentro de la sociedad.

[1] Este artículo es una versión actualizada de otro publicado en mayo de 2013, bajo el título de ¿Es la inflación el principal problema de la economía venezolana?, que se puede leer en mi blog surversión (https://surversion.wordpress.com/2013/05/05/es-la-inflacion-el-principal-problema-de-la-economia-venezolana-reflexiones-de-economia-politica-en-torno-a-un-problema-muy-mal-planteado-primera-parte/)

[2] Informe técnico económico de la misión Fox. Presentación de Héctor Silva Michelena. BCV. Colección Memoria de la Economía Venezolana, Serie: Visión Foránea. Caracas. Venezuela. 2006.

 

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