La especulación: el impuesto de las élites

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Las élites económicas latinoaméricanas no solo evaden impuestos, tal y como acaba de quedar en evidencia una vez más a propósito de los Papeles de Panamá, sino que también los crean. En el primer caso la evasión aumenta la desigualdad por la vía de evitar una dsitribución más equitativa del ingreso nacional, que a falta de cambios más profundos por la vía de democratizar el orden patrimonial encuentra en la política tributaria su forma de realizarse. Pero en el segundo la profundiza, pues por la vía de imponer su poder de mercado como poseedores de las mercancias, captan de los salarios mayores tajadas mediante el mecanismo del alza de los precios el cual se realiza en muchos casos de forma coordinada (lo que suele llamarse colusión o cartelización de mercado). En este breve pero contundente artículo de los compañeros economistas Mauro Andino (Ecuador), Guillermo Oglietti (Argentina) y Nicolás Oliva (Ecuador), se explica cómo.

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Por: Mauro Andino, Guillermo Oglietti  y Nicolás Oliva

Un impuesto tiene dos grandes características para llamarse como tal: (1) es establecido por un poder único y autoritario y (2), es de obligado cumplimiento por parte de los ciudadanos. Hoy los impuestos son establecidos por el Estado representativo del poder popular. Pero no hace mucho era el Rey, el Señor Feudal, la Iglesia o el Encomendero quien establecía los impuestos de forma discrecional, injusta y violenta; tal vez por eso es que aún los impuestos tienen mala prensa.

Pero esta práctica no es tan remota, aún podemos ver que la mafia, el narcotráfico, la guerrilla o el paramilitarismo establecen pagas obligatorias a cambio de seguridad y paz. Es así que estás estructuras de poder, que no son el Estado convencional y se establecen como Estados paralelos, tienen la facultad de establecer impuestos, tasas o cuotas bajos sus leyes. Basta revisar por ejemplo la historia reciente de Colombia con su conflicto armado o la situación de los carteles de la droga en México para aceptar que el gobierno no es el único que establece impuestos.

Si el lector está de acuerdo que los impuestos son, en fin de cuentas, cualquier paga de obligado cumplimiento para beneficio de un agente que tiene el poder único de actuación y, por tanto, pueden ser establecidos por personas o grupos diferentes al Estado convencional, entonces, imaginemos que ese agente ya no es el Estado, la mafia o los paramilitares, sino que es simplemente el mercado monopólico, esa entelequia qué a fin de cuentas está dominado por los poderosos quienes imponen sus reglas, límites y sanciones. Por lo tanto coincidirá el lector que el mercado también fija impuestos para su propio beneficio. Si los consumidores de ese mercado no pueden hacer nada para evitar que impongan los precios que los poderos quieren fijar; si los pequeños productores no pueden hacer nada para competir porque las élites han cooptado a proveedores y definen el precio que les quieren pagar; si los ciudadanos no somos capaces de protestar o quejarnos porque esconden los productos para subir los precios como una ética propia de especuladores y rentistas; si no somos conscientes que estamos sitiados por el mercado omnipresente y sentimos los abusos como algo normal; entonces por qué no llamamos las cosas por su nombre: las élites económicas de América Latina establecen impuestos que aumentan su desenfrenada acumulación de riqueza.

No hay diferencia entre la mafia, la guerrilla o los grandes grupos oligopólicos en el sentido que todos ellos tienen el poder de fijar impuestos, tasas o cuotas. El incremento del precio es el impuesto o cuota que ellos imponen por ser los dueños de la riqueza, por ser los nuevos señores feudales del mercado concentrado y voraz.

Aquellos analistas y académicos, que defienden el statu quo, dirán que la fijación de precios por prácticas oligopólicas no pueden ser catalogadas como un impuesto, porque los consumidores siempre tienen la libertad de comprar en otra parte. ¿Pero somos realmente libres de comprar en un lugar diferente a las cadenas más grandes de supermercados? Sería reduccionista pensar que la libertad se mide sólo por la decisión autárquica de ir a la tienda de la esquina o comprar en un gran supermercado. Hay que elevar el debate y reconocer que el sistema de mercado en países como Ecuadoe o Venezuela, fuerza a la gente a comprar donde el mercado lo establece, obliga a que el consumidor vaya donde el supermercado está como ocurre en otras partes del mundo. Por lo tanto, si la ciudad está absolutamente capturada por las grandes cadenas, cómo podemos considerarnos libres de elegir. La libertad de elegir es una quimera de la que los medios de comunicación y los especuladores nos quieren convencer; no hay tal libertad: somos presos del mercado oligopólico.

El planteamiento que hemos esbozado sin lugar a duda no está en los libros de texto. Pero el concepto no es tan lejano a lo que en la década de los ‘80 y ‘90 se conocía como el “impuesto inflación”, tan popularizado por la doctrina neoliberal que satanizó al Estado como el creador de la inflación. Ahora también habría que preguntarse si con la inflación sólo se beneficiaba el gobierno, o si los grandes beneficiados eran los grupos rentistas que no querían ver afectada su tasa de ganancia. Si gran parte de la inflación era producto de los especuladores, entonces ¿el famoso “impuesto inflación” no era también un impuesto fijado por el sector privado? El propio neoliberalismo hizo famoso al “impuesto inflación” como la inconducta del Estado; esta misma realidad hoy nos da la contundencia para confirmar que los grandes oligopolios de nuestros países establecen impuestos a los ciudadano fijando precios a su antojo, escondiendo productos y especulando como esencia de esa cultura rentista tan arraigada en la ética empresarial regional.

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