¿Quien fue primero: el aumento salarial o el de los precios? Adam Smith te tiene la respuesta

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Por: Luís Salas Rodríguez

Ayer, en vísperas del Día del Trabajador y la Trabajadora, el Presidente Nicolás Maduro anunció un nuevo incremento del salario mínimo. Es el número 32 entregado desde 1999 hasta la fecha, el 12 desde 2013 y el segundo en lo que va de año. Se trata de un aumento del 30%, que sumado al de marzo pasado, acumula un 105% de aumento en lo que va de año.

Es una medida sin duda necesaria dada la dramática pérdida del poder adquisitivo de la mayoría trabajadora. Sin embargo, dado que el poder adquisitivo no depende solo de lo que nominalmente se fije el salario, sino de su relación con los precios de los productos que permite o no comprar (lo que suele llamarse salario real), en la medida en que no se tenga control sobre lo que ocurre con estos últimos, el aumento resultará insuficiente en la medida en que queda automáticamente anulado por el aumento especulativo de los precios.

Y esto es importante entenderlo bien. No se trata tanto que sea insuficiente el monto del aumento, sino que al darse el consiguiente aumento especulativo de los precios, los trabajadores quedan en las mismas, e inclusive, pueden empeorar en la pérdida de su poder adquisitivo. Por eso la política de Precios Justos siempre ha sido y deberá ser el acompañante de la política salarial en una economía como la venezolana. Sus problemas de diseño, implementación y no acatamiento, no son razón válida para su invalidación. A estas alturas de la vida, todo el mundo en el planeta está convencido en que la cárcel raramente regenera a los delincuentes, que el sistema penal en su globalidad poco desestimula la comisión de delitos y que la justicia no pocas veces es injusta. Pero nadie en su sano juicio ha planteado a partir de ello que las cárceles deben cerrarse y los sistemas penal y de justicia desmantelarse. Lo mismo aplica con la Político de Precios justos y una institución como la SUNDDE, institución creada para algo tan vital como a la defensa de los derechos socio económicos de la población, actualmente dando la batalla por regresar a la primera línea en esta tarea.

Así las cosas, a lo que vamos es que como todos y todas somos conscientes, al aumento decretado por el presidente Maduro, seguirá la consabida práctica de aumentar los precios por parte de los comerciantes formales y no. Acá en 15 y último, lamentablemente, no podemos hacer nada para evitar que esto ocurra. Pero lo que si podemos es explicarle es por qué esa no es una consecuencia válida ni “natural” del aumento de precios, como se nos dice, sino una falacia especulativa. Y ello lo haremos siguiendo a pie juntillas un razonamiento hecho hace más de 300 años nada menos que por Adam Smith, el mismo de la “mano invisible” de mercado.

Veamos la siguiente cita. Está sacada de La Riqueza de las Naciones, la obra célebre de Smith:

En realidad, los beneficios elevados tienden a aumentar mucho más el precio de la obra que los salarios altos. (…) la Porción del precio que se resuelve en los salarios de los trabajadores se elevaría en cada uno de los estadios de la manufactura, únicamente en proporción aritmética a este aumento de los jornales. Pero si los beneficios de los patronos que ocupan esta clase de operarios se elevan un cinco por ciento, la porción del precio del artículo que se resuelve en ganancia se elevaría en cada uno de los estadios de la manufactura en proporción geométrica a dicha alza del beneficio. (…) Nuestros comerciantes y fabricantes se quejan generalmente de los malos efectos de los salarios altos, porque suben el precio y perjudican la venta de sus mercancías, tanto en el interior como en el extranjero. Pero nada dicen sobre las malas consecuencias de los beneficios altos. Guardan un silencio profundo por lo que respecta a los efectos perniciosos de sus propios beneficios y sólo se quejan de los ajenos.”

Lo que nos revela Smith es una realidad olímpica y convenientemente ignorada por los “expertos” y patronos a la hora de sacar sus cuentas: que en la formación de precios no se expresan igual las ganancias y los salarios, que la forma de distribuirse unos y otros es muy distinta, siendo que los salarios se reparten aritméticamente en los precios mientras que las ganancias los impactan geométricamente. Veamos.

Imaginemos una empresa en la que trabajan diez personas. Supongamos, para facilitar la cuenta, que cada una gana un salario mensual de Bs. 1.000, que es el mínimo legal. Pero entonces se decreta un aumento de 30%, pasando cada una a ganar Bs. 1.300. Eso significa que al patrón o patrona de dicha empresa le aumentará la nómina de pago 30%, pasando de Bs. 10.000 a Bs. 13.000 mensuales.

Ahora, supongamos que esa empresa produce zapatos. Y que cada zapato tiene un precio de Bs. 100. ¿Se supone entonces que el precio de los zapatos debe aumentar 30% para cubrir el aumento de 30% del costo de la nómina? Pues no.

Supongamos que la empresa vende 500 pares de zapatos mensuales. Si cada par tiene, como dijimos, un precio de Bs. 100, a la empresa le ingresan Bs. 50.000 al mes. Si tomamos como referencia la actual ley de Precios Justos, bajo la cual es de esperarse que el comerciante transforme el “hasta 30%” de ganancia en un directo 30%, inferimos que de esos Bs. 50.000 por concepto de venta el patrono viene apropiándose como ganancia de Bs. 15.000. De lo contrario, estaría violando la ley.

De entre los restantes Bs. 35.000 de costos de producción, recordemos que la mano de obra antes del aumento equivalía a Bs. 10.000, lo cual -dicho sea de pasada- es mucho comparado con la realidad de las estructuras de costos de nuestras empresas y negocios, cuyo peso de la mano de obra sobre los costos raramente suele superar el 20%. Pero en fin, el asunto es que para “cubrir” el aumento del 30% de la nómina el patrono decidió aumentar en 30% el precio de sus zapatos, pasando a costar al público Bs. 130. De tal suerte, suponiendo que no varíe la cantidad de zapatos que vende mensualmente, los ingresos de la empresa pasarán automáticamente Bs. 65.000 mensuales a Bs.

En este punto debemos volver al inicio de nuestra contabilidad, recordando que nuestra hipotética empresa tiene 10 trabajadores, cada uno de los cuales en razón del 30% del aumento pasó a ganar Bs. 300 adicionales mensualmente. Esos Bs. 300 adicionales sumados se transformaron en un aumento de Bs 3.000 del costo por concepto de mano de obra para un total de Bs. 13.000 para el patrón, quien para cubrirlos decidió aumentar los precios en 30%. Sin embargo, ese 30% de aumento en el precio de los zapatos reportaron ingresos adicionales a la empresa por Bs. 15.000, esto es Bs. 12.000 por encima del costo adicionado por el aumento de 30% a la nómina: lo cual quiere decir que con el aumento del 30% en el precio de sus zapatos, el patrón no solo cubrió el aumento salarial, sino además obtuvo ganancias extraordinarias cuatro veces por encima de la “pérdida” que le representaba el aumento salarial.

Un argumento inmediatamente esgrimido por cualquier “experto” o por el propio patrón de nuestra fábrica para justificar el aumento del 30% o más en el precio de su producto, será que el aumento salarial no lo impacta solo por la vía directa de su mano de obra, sino por la indirecta de la mano de obra de sus proveedores. Es decir, el 30% del aumento salarial aumenta en 30% el costo de la mano de obra, pero también aumenta en la misma proporción el costo de la mano de obra de otros comerciantes a los cuales compra insumos o paga servicios, y por tanto debe cargarlo. También dirá, desde luego, que las cosas que él en cuanto persona consumen también subieron. Eso puede ser cierto. Sin embargo, también lo es que en realidad lo único que ha variado es la escala del problema, en la medida en que pasamos de la consideración de un productor-comerciante a la de todos los productores-comerciantes juntos.

Así las cosas, como acabamos de ver, el argumento de la gran mayoría de los comerciantes de elevar los precios en la misma proporción porcentual en que aumentan los salarios es falaz. Pero en realidad, más que falaz, es premeditadamente falaz: esgrimido para hacer que los trabajadores en cuanto conjunto paguen su propio aumento.

Por último, aunque no menos importante, acaba también resultando cierto que los comerciantes y empresarios pequeños y medianos que se suman a estas prácticas, al ir contra el salario de los trabajadores terminan yendo contra sí mismos, en especial los medianos y pequeños. Y es que no solo está claro que la carrera especulativa en la cual se involucran la van finalmente a perder frente a los oligopolios y monopolios, por más que hagan ganancias extraordinarias y rápidas en lo inmediato. Sino que al correr contra el salario y ayudar a deprimirlo, están deprimiendo la fuente sobre la cual se sostiene su actividad en la medida en que sus bienes y servicios solo se pueden vender si hay salarios que puedan comprarlos. Lo que la mentalidad de pulpero que habita en muchos comerciantes no les permite ver, es precisamente eso: que pagar salarios pobres y “baratos” termina resultándoles más caro que pagar buenos salarios. Que lo que se “ahorran” abaratando la mano de obra o subiendo los precios, lo padecen deprimiendo el consumo. Es una experiencia que ya vivieron en los 90, sin embargo, como decía alguien, lo único que la historia parece enseñar es que nadie aprende nunca de ella. Pero es de hecho lo que están sufriendo hoy, cuando la recesión y la caída del consumo se hace cada vez más marcada como resultado de la caída del poder adquisitivo de la mayoría asalariada. Si leyeran más a Smith en vez de mal citarlo para validar tracalerías, tal vez se darían cuenta.

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