Pedagogía del Especulado / ¿Por qué si mi dinero no vale nada los comerciantes lo quieren todo? (II)

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Por: Luis Salas Rodríguez

Iniciamos la semana en este espacio planteándonos el problema del valor del dinero. Y más específicamente, el de la “pérdida” de valor del bolívar.

Y decíamos “pérdida” (así entre comillas) porque en realidad es imposible que el bolívar pierda valor, tal y como se ha vuelto lugar común decir y como nuestra percepción cotidiana, en cuanto compradores asalariados, parece confirmar dentro de la coyuntura hiperespeculativa que estamos padeciendo.

Sin embargo, esta está lejos de ser una buena noticia o un consuelo. Pues a cambio, lo que está ocurriendo con nuestro dinero es una cosa peor: que nos lo están quitando. Solo que no nos percatamos por andar creyéndole a quienes dicen que el problema es que nuestro dinero cada vez vale menos, quienes por lo general están dentro del grupo de los que nos lo quitan o están pagados por estos.

Las razones básicas para afirmar que es imposible que nuestro dinero pierda valor las esgrimimos la semana pasada, pero volvamos: la más elemental de todas es que el dinero –cualquiera sea su denominación– no puede perder lo que no tiene. Y es que el dinero, en sí mismo, es algo sin valor. O para ser más específicos: algo cuyo valor le es exógeno y no propio, que le viene dado por la relación que establece con las demás cosas, es decir, con las otras mercancías.

Puede parecer algo enredado de entender y, en última instancia, hasta sin sentido de considerar. Pero en realidad se trata de un asunto bastante elemental, que todos los economistas clásicos –empezando por Adam Smith– sabían muy bien y que cualquier estudiante de Economía aprende en el primer semestre, por más que después se lo hagan olvidar. De otra parte, pocas cosas en economía son tan serias de plantearse como esta.

Y es que el dinero “vale” en la medida en que nos permite comprar, siendo su valor el poder de compra que nos confiere. Lo que esto quiere decir es que contrario a las otras mercancías –porque el dinero es una mercancía– la única utilidad del dinero es su posibilidad de cambiarlo por cualquier otras cosas, continentes estas sí de valores intrínsecos: alimentos, calzados, medicinas, etc. De tal suerte, y en el entendido de que todas esas cosas que adquirimos con dinero tienen un precio que no es más que un indicador de cuánto debemos dar a cambio de las mismas, el grado de valor de nuestro dinero viene determinado por el precio de dichas mercancías y no al revés.

Pero de por sí, lo que le confiere tal cualidad al dinero (el poder de comprar, que es precisamente lo que lo convierte en dinero), es también un hecho exógeno al propio dinero. Es decir, a fin de cuentas, cuando hablamos de dinero no estamos hablando más que de papelitos, tarjetas de plástico, metales acuñados o cifras virtuales, investidos de un poder (el de comprar) que es dado por una convención social e institucional. Poníamos la semana pasada como ejemplo lo del bolívar fuerte. El día que el Ejecutivo Nacional y el BCV decidieron que el antiguo bolívar ya no tenía poder de compra, ya nadie los aceptó y por tanto dejaron de ser dinero. Puede que aquellos antiguos billetes y monedas todavía anden por ahí. Pero aunque usted tenga algunos acumulados en su casa, si no los cambió en su momento por los actuales, no le “valen” de nada, monetariamente hablando, por mejor conservados que estén. De la misma manera, si los comerciantes aceptan los famosos cesta-tickets, es porque existe una convención social institucional que establece que lo que en otras condiciones no serían más que unos papelitos pintados, “vale” como dinero. Y si la convención social estableciera que en vez de papelitos el bono alimetario se cancelara en conchas marinas o granos de sal, estos pasarían entonces a “valer” tanto como los ticktes y así cualquier otra cosa.

¿Pero será entonces su abundancia lo que lo hace perder valor?

Ahora bien, como es ampliamente conocida, la consideración según la cual nuestro dinero pierde valor cuando suben los precios, suele estar acompañada de la que establece que eso pasa debido a un problema de abundancia o sobreoferta de dinero. Es esta una “explicación” que encontramos en las más diversas presentaciones (incluyendo “marxistas”), y que se ha hecho tan popular que cualquier señora en el ascensor o cualquier don en la panadería la repite. Va más o menos así: nuestro dinero pierde valor por un problema de oferta y demanda, expresado por un “exceso” de dinero puesto en circulación por la autoridad monetaria (en nuestro caso el BCV aliado al Gobierno “populista”). Se trata, nada menos, que de la famosa “tesis” del exceso de liquidez monetaria.

En otras partes nos hemos detenido ampliamente a comentar y demostrar cuánto tenía de razón John Stuart Mill (nada menos que el sistematizador de la economía política liberal-burguesa-inglesa), cuando tachó de simple y primitiva esta “explicación”. Para no detenernos en esto, recomendamos nuestro trabajo junto a José Gregorio Piña El mito de la maquinita, así como el excelente texto de Piña sobre la reforma de la ley del BCV publicada en este mismo espacio.

Y es que suponer que la abundancia de dinero causa su desvalorización, implica suponer que el dinero guarda características análogas a por ejemplo los tomates. En el caso de los tomates, si se da el caso de que abunden porque ha llegado la temporada, esto presionaría su precio a la baja debido a que pasado un punto todo el mundo habría satisfecho su demanda y ya no los podría ni querría comer más (lo que no quiere decir que automáticamente el precio baje, ya que los vendedores podrían cartelizarse –como suelen hacer– o desviar una parte de los tomates a otros fines distintos a su consumo directo, como por caso la producción de salsas o los tomates conservados). Y lo mismo pasaría con el pescado, los plátanos y prácticamente con cualquier otro bien comestible o no. Sin embargo, todos estamos claros en que de darse el caso de que abunde el dinero, su demanda por parte de los consumidores y todos los agentes económicos no se desestimulará, siendo que de hecho pasará exactamente todo lo contrario. Es decir, salvo las excepciones pertinentes, lo coherente, dentro de la lógica capitalista más convencional de la maximización de los beneficios individuales, es que de abundar el dinero –o de pensar que eso está pasando– su demanda aumentará, lejos de disminuir, pues el dinero, como decíamos líneas atrás, es un poder que confiere nada menos que el poder de comprar dentro de una sociedad donde por línea general todo se compra y se vende. Es por esto que el dinero no solo confiere poder económico (poder de compra) sino automáticamente poder político, en cuanto poder de hacerdentro de unas sociedades donde quien no tiene dinero no puede hacer, por más ganas y deseos que tenga.

Así las cosas, ¿cuál es la manera que en las sociedades capitalistas de mercado los agentes económicos tienen para hacerse de más dinero, es decir, con más poder de compra? Pues subiendo los precios de las mercancías que tienen para intercambiar: el trabajador, el de su mano de obra; y los propietarios de las otras mercancías y servicios, los de los suyos. Con la singularidad de que el trabajador y la trabajadora asalariados no están facultados para ponerle precio a la mercancía que venden (que por lo demás es la única que se vende a crédito en sentido estricto: quien la compra la usa primero y la paga después). El precio de la mercancía fuerza de trabajo es impuesto por el patrono, o en el mejor de los casos, se encuentra regido por convenciones laborales, tabuladores o es determinado por el Estado que establece por tal motivo salarios mínimos, de manera que cualquier aumento salarial (subida de su precio) debe ser discutido, negociado o peleado con alguno de estos actores o con todos a la vez. Pero los comerciantes no tienen ese problema. Los comerciantes pueden subir el precio de sus mercancías con mucho más libertad conforme a sus expectativas de ganar más. Lo mismo que los trabajadores por cuenta propia (los médicos por ejemplo, los taxistas, mototaxistas, plomeros, etc.). Si piensan que su vecino está ganando más, si leen en la prensa a un experto que dice que las expectativas inflacionarias son tales o cuales o que el Estado imprime dinero inorgánico aumentando la liquidez monetaria, si el proveedor les aumentó un insumo o les aumentó la tarifa eléctrica, si cuando van al mercado ven que los precios de las cosas que consumen han aumentado, reduciendo su poder adquisitivo, o si se enteró por alguna red social de que el tipo de cambio paralelo se disparó, pueden en consecuencia subir el precio de lo que sea que ofrecen y “protegerse”. Sin embargo, el trabajador y la trabajadora pueden enterarse de todo eso o padecerlo igualito, pero por más que quieran no pueden subirse motus propio sus salarios: solo resignarse a pagar más.

Y este es el secreto del asunto, pues este pagar más se transforma en una transferencia unilateral del bolsillo del trabajador al de todos los demás que sí pueden subir los precios, siendo dicha transferencia lo que el coco inflacionario y la creencia en la pérdida de valor de nuestro dinero no nos permite ver. Pero a ese tema le entraremos en la siguiente entrega.

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