¿Hay que expropiar a Empresas Polar?

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Dentro del espectro socio-productivo venezolano el Grupo de Empresas Polar, y en eso se ha empeñado el ejercito de mercadólogos al servicio de este holding, se ha convertido en un símbolo. Un símbolo, que ante el actual crack del modelo monoproductor de generación de riquezas y consumo, ha devenido en un acertijo a resolver.

Para muchos, arrastrados por la avalancha de producción de contenidos publicitarios y el agenciamiento indirecto de ideas-fuerza atadas a referentes de  enganche emocional colectivo, el grupo ha llegado a difuminarse con lo que algunos definen como lo venezolano. Otra postura, no deja de preocuparse acerca de las distorsiones que esta actividad económica y su producción ideológica –especie de cemento que sostiene de cara a la sociedad el aparato de negocios del grupo– generan a la economía venezolana.

Empresas Polar ha terminado por ejemplificar el modelo de empresariado extractivista, nepótico, oligopólico, y rentista que estuvo adosado al Estado burgués venezolano en el Siglo XX. Su modelo de negocios, basado en la adquisición de dólares preferenciales para procesar y empaquetar productos alimenticios, untables, bebidas alcohólicas y gaseosas, para luego transferir esos costos al consumidor, y al mismo tiempo facturar –casi en un ejercicio de chantaje- al Estado venezolano su deuda comercial con los proveedores internacionales, generando unos jugosos excedentes en divisas que son colocados en cuentas off shore, ha demostrado ser inviable para el panorama económico venezolano de las próximas décadas.

En distintas oportunidades, y es casi una leyenda urbana, hemos escuchado sobre el “éxito” de este emporio económico fuera de nuestras fronteras. Incluso, se han tomado registros dentro de las reuniones de trabajadores del grupo, donde la gerencia y asociados al mismo amenazan con que este gigante monoproductor, de no conseguir las condiciones que pretende imponer al país, terminará por abandonar Venezuela, dejándonos sin las harinas, aceites, y untables que, tras una técnica de modelaje social aplicada durante décadas, terminó por imponer un patrón de consumo alimentario en el venezolano. Una dieta, por cierto, bastante tendiente a la saturación en grasas y carbohidratos.

No hay que olvidar, además, que el actual presidente del grupo de empresas, pretende que el Estado –y obligando casi a punta de pistola al resto del empresariado a que le apoye-, cancele una deuda comercial internacional de dudosa contabilidad como condición sine qua non para reactivar la producción de muchas de sus plantas y colocar en anaqueles productos esenciales.

Ante la presencia de un oligopolio ineficiente y costoso que basa buena parte de su actividad en el procesamiento de comestibles que, por más sabrosos que sean, hay que reconocer que son dañinos para la salud; pero que no obstante produce alimentos vitales para la dieta venezolana, como son los carbohidratos y oleaginosas, muchos se preguntan por la posibilidad de fuga, desaparición o cese de su actividad productiva y comercial. En ese sentido, planteamos las siguientes preguntas:

¿Es factible que Empresas Polar mude su “producción” a otras tierras? ¿Será que se va a instalar en el sur del continente donde la harina procesada sencillamente casi no se consume? ¿Será que se muda a Miami? Y de ser así ¿Le dará el gobierno estadounidense divisas preferenciales?

Pero por otra parte ¿Nadie en este país va a aprovechar la oportunidad de negocios que se abre con su partida? ¿No hay que ver esto como una oportunidad, la de salir de la carga que representa una empresa parásita y dependiente de los subsidios del Estado?

Finalmente ¿hacia dónde debe girar la tuerca? ¿Es viable una simple expropiación? De ser abandonadas estas plantas ¿debemos, como venezolanos, apostar por una administración comunal; por la administración centralizada del Estado; por la empresa privada? ¿formamos un sistema mixto de empresas autónomas en distintos rubros?

De verdad ¿Venezuela necesita tanta mayonesa y margarina para untar?

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