El PIB es un mal indicador de bienestar material. Tiempo para un nuevo enfoque

PIB

Cuando el presidente Chávez planteó reiteradamente en su momento lo insuficiente que resulta el PIB como indicador, para variar, fue tratado como un loco que no sabía nada de economía. El presidente Maduro la tiene más difícil. Porque de llegar a plantearlo, el coro de “expertos” económicos de este país saldría en el acto a acusarlo no solo de loco, sino de querer cambiar el PIB para ocultar la caída de la actividad económica.

Es por eso que no deja de ser gratificante que en un medio tan conservador en materia económica, tan pro-capitalista en su línea editorial, plantee un interesante debate sobre este tema. Lo que una vez más demuestra que las ortodoxias de la periferia suelen serlo más que las de los países capitalistas centrales, que de vez en cuando se permiten estas liberalidades.

¿Para qué sirve. Si es qué sirve de algo, la medición del PIB?. Léalo en este artículo publicado el 30 de abril pasado en The Economist y traducido en exclusiva por Ana Mareiro para 15 y Último.

El PIB es un mal indicador de bienestar material. Tiempo para un nuevo enfoque

Por: The Economist

¿Quién preferiría ser: un monarca medieval o un trabajador en una oficina moderna? El rey tiene ejércitos de sirvientes. Viste las sedas más finas y se alimenta con los más ricos manjares. Pero también es un mártir del dolor de muelas. Es propenso a las infecciones fatales. Le toma una semana, trasladarse en carruaje de un palacio al otro. Y está cansado de escuchar a los mismos bufones. La vida de un oficinista del siglo xxiparece más atractiva una vez que se piensa en la odontología moderna, los antibióticos, los viajes aéreos, los teléfonos inteligentes y YouTube.

La pregunta es más que un juego de salón. Muestra qué tan engañoso puede ser comparar los estándares de vida a través del tiempo. Sin embargo, estas comparaciones no solo se hacen de manera rutinaria, sino que se sustentan fuertemente, en una sola medida: el Producto Interno Bruto (PIB). Este número se ha convertido en el indicador, por excelencia,de bienestar material, a pesar de que es un índice, profundamente defectuoso, de la prosperidad, y está empeorando cada día más. Que puede, a su vez, estar distorsionando los niveles de ansiedad en el mundo “rico” sobretodas las cosas, desde los ingresos estancados hasta el crecimiento de productividad decepcionante.

“Velocímetro” defectuoso

Los defensores del PIB dicen que el índice no está diseñado para hacer lo que ahora se pide de él. Una “criatura” de la crisis de 1930 y las exigencias de la guerra en la década de 1940, su propósito original era medir la capacidad de la economía para producir. Desde entonces, el PIB se ha convertido en una estrella guía para las políticas que establecen los impuestos, arreglan el desempleo y gestionan la inflación.

Sin embargo, a menudo es muy impreciso: el PIB de Nigeria fue empujado hacia arriba en un 89% en 2014, después de que unos “apretujadores de números” ajustaran sus métodos. Lo que prevalece es un trabajo de conjeturas: el tamaño del mercado del “sexo-pagado” en Gran Bretaña se asume que se ampliará, acorde al incremento de la población masculina; las tarifas en los clubes de baile erótico, son un indicador de los precios. Las revisiones son comunes, y en los países grandes y ricos, como los EEUU, estas tienden en ir hacia arriba. Ya que se le pone menos atención a los números revisados, esto suma a que haya una impresión, muy a menudo exagerada, que a los EEUU le está yendo mucho mejor que a Europa. Esto también significa que los hacedores de políticas públicas toman decisiones sobre la base de información “defectuosa”.

Si el PIB está fallando, en el marco de sus propios términos, como instrumento para medir el valor agregado en una economía, su uso como punto de referencia del bienestar, es aún más dudoso. Esto siempre ha sido así: los beneficios de la sanidad ambiental, un mejor servicio de saludy el confort de la calefacción o el aire acondicionado significaban que el crecimiento del PIB, subestimaba, casi siempre, el avance real en los estándaresde vida en las décadas después de la II Guerra Mundial .

Pero, al menos, la direccionalidad era la misma. El PIB crecía velozmente; también lo hacían los estándares de calidad de vida. Ahora, el PIB todavía crece (aunque más lentamente), pero los estándares de vida parecen haberse estancado. Parte del problema es cómo se profundiza la brecha de la desigualdad: el ingreso medio de los hogares en Estados Unidos, acomodado a la inflación, apenas se ha “movido” desde hace 25 años. Pero, cada vez más, también, las cosas importantes para las personas, no están siendo tomadas en cuenta por este principal criterio de valor (PIB).

Con unas pocas excepciones, como las computadoras, lo que se produce y se consume, se asume que son de una constante calidad. Ese supuesto funcionó bastante bien en una época de bienes estandarizados, producidos de manera masiva. Es menos fiable cuando una parte creciente de la economía consiste en servicios. Las empresas compiten por el reconocimiento de la calidad de su producción y cómo está elaborado para que se adecúe a los requerimientos y gustos individuales. Si los restaurantes sirven menos comidas, pero las que sirven las cobran caro, eso empuja la inflación y disminuye el PIB, incluso si esto refleja cambios, como ingredientes más frescos o un menor número de mesas, que los clientes quieren.

Los servicios a los consumidores proporcionados por Google y Facebook son libres, por lo que se excluyen del PIB. Cuando bienes que son pagados, como mapas y música, se convierten en servicios digitales gratuitos, estos también se salen del PIB. La conveniencia de las compras y de la banca en línea, es un “boom” (apoyo) para los consumidores. Pero, si significa menos inversión en edificios, esto le quita valor al PIB.

Dejen de contar, comiencen a clasificar

Para medir mejor la prosperidad, se requieren tres cambios. El más fácil es mejorar el PIB, como un índice de producción. Juntarlo todo en el mismo saco, no es la respuesta: el atractivo del PIB, en el transcurso de los años, era que ofrecía, o parecía ofrecer, una síntesis estadística que le decía a la gente qué tan bien le estaba yendo a una economía.

En cambio, los profesionales de la estadística deberían mejorar cómo se recoge la data para determinar el PIB y cómo se presenta la información. Para minimizar revisiones, debieran respaldarse más sobre los registros de impuestos, búsquedas en internet y otros canales de la ciencia estadística contemporánea, como las transacciones de las tarjetas de crédito; más que sobre los estudios estándar de cuántos negocios hay o cuántos consumidores. Firmas privadas están mostrando el camino -recopilando enormes cantidades de información de precios de sitios de comercio en línea- para producir una data “mejorada” en torno a la inflación, por ejemplo.

Segundo, los países ricos que dominan el área de servicios deberían comenzar a ser pioneros en buscar una medida anual, nueva y más amplia, que tuviera como objetivo recopilar los estándares de producción y de vida, con mayor precisión.

Esta nueva medida (llamémosla PIB-plus), arrancaría con un cambio conceptual que tiene mucho tiempo enespera: la inclusión en el PIB del trabajo no salariado en los hogares, tales como el cuidado de personas mayores. El PIB-plus también mediría los cambios en la calidad de los servicios, por ejemplo, reconociendo el incremento en los índices de longevidad en los estimados de la data de los servicios de salud.

También, tomaría más en cuenta los beneficios de productos de nuevas marcas y del incremento en las posibilidades de escoger, por parte de los consumidores. Idealmente, podría segmentarse para reflejar los patrones actuales de gastos de las personas, según dónde se ubiquen en la escala de ahorro (arriba, en el medio o abajo): la gente más pobre tiende a gastar más en bienes que en las tasas de matrícula de Harvard.Aunque sería una gran mejora, en comparación con la manera en que se mide el PIB hoy, el PIB-plus seguiría siendo una evaluación del flujo de ingresos.

Para proveer una comprobación cruzada sobre la prosperidad de un país, una tercera medida sería hacer un balance, cada década, de su riqueza. Este balance incluiría los activos del gobierno, tales como carreteras y parques, así como la riqueza privada. El capital intangible: habilidades, marcas, diseños, ideas científicas y redes en línea; todos serían valorados. En el balance se debería tomar en cuenta el agotamiento del capital: el desgaste de la maquinaria, el deterioro de las vías y espacios públicos, y el daño al medio ambiente.

La construcción de estos marcos de referencia demandará una revolución en los organismos nacionales de estadística, tan audaz como la que creó el PIB en primer lugar. Incluso entonces, gran parte de lo que la gente valora, es una cuestión de criterio, estos nuevos marcos de referencia no van a ser perfectos. Pero el actual instrumento de medición de la prosperidad está plagado de errores y omisiones. Es mejor adoptar un nuevo enfoque, que hacer caso omiso de los avances que impregna la vida moderna.

Para leer la versión original en inglés aquí.

Deja un comentario

Tu email no será publicado.


*