¿Hacen las devaluaciones más competitivas a las economías? ¿Qué dice Von Mises?

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Por: Luis Salas Rodríguez

Un lugar común muy repetido entre los “expertos” económicos de todas las tendencias, y cuando decimos de todas las tendencias es porque estamos incluyendo a una buena cantidad de “expertos de izquierda”, es que las devaluaciones hacen más competitivas a las economías.

En el caso venezolano, esta idea se hace acompañar de un análisis bastante poco riguroso que consiste en utilizar como subterfigio la categoría de “enfermedad holandesa”, todo para decir que el problema de nuestro país se origina en una sobredevaluación del bolívar derivada de la distorsión que ejerce la renta petrolera, de manera que de corregirse dicha distorsión, estaremos corrigiendo todos nuestros problemas.

Y es poco riguroso entre otras causas, porque el mismísimo Asdrúbal Baptista, en su célebre Teoría Económica del capitalismo rentístico, que es el texto que todos nuestros expertos citan para respaldar sus arengas en contra del rentismo petrolero y la necesidad de su superación, dice bastante clarito en las páginas 138 y 139 de la edición de 2011 hecha por el BCV, que la teoría de la enfermedad holandesa no aplica para el caso venezolano, entre otras razones porque la excepcionalidad de su carácter contrasta con lo que en nuestra economía no es una eventualidad sino una condición estructural. Evidentemente, no se lo han leído o lo han hecho de manera superficial.

Pero como quiera que lo anterior es tema para otra nota, lo cierto es que el mejor contraargumento contra el mantra de las devaluaciones competitivas, es, como decía, la propia realidad. Y es que de ser cierta la fórmula, hace rato que la nuestra fuese una economía ultracompetitiva, al menos si tomamos en cuenta todas las veces que se ha devaluado en Venezuela antes y durante el chavismo sin que dicho efecto, no obstante, se produzca.

En el contexto actual, todo pareciera indicar que menos garantías de que se produzca existen. Múltiples razones lo explican, pero la primera y más importante, es que tal apuesta podría tener sentido si contáramos con un sector productivo privado justamente productivo y competitivo, lo que como bien sabemos está muy lejos de ser el caso. Pero además, ahora que hemos visto que ni siquiera son capaces nuestros “empresarios” privados de cubrir el mercado interno, ¿qué podría asegurarnos que van a ser capaces de producir adicionalmente para el mercado externo, donde la competencia es mucho más marcada y las tasas de ganancia mucho menores?

La segunda razón, todavía más obvia que la anterior, es que no existe en la actualidad -y todo indica que durante mucho tiempo- un contexto mundial de demanda creciente que justifique apostar por el mercado externo.

A todas estas, no hay que ser un economista muy eficiente para saber que las devaluaciones en economías como las nuestras pueden, ciertamente, mejorar el resultado de la balanza comercial a través de la reducción de las importaciones. Pero ese efecto sería efímero y una mera ilusión monetaria ya que el aumento de los costos de los insumos y bienes que obligatoriamente hay que importar (medicinas, por ejemplo) actuaría en la dirección contraria. Todo eso sin contar que la contracción del consumo generada por el inevitable traslado a los precios relativos internos de la devaluación, implica una caída de las ventas y por tanto de la recaudación, lo cual termina por traducirse en aumento y no una disminución del déficit fiscal.

¿Para que sirve entonces una devaluación?

Aunque además de los factores exógenos (que por lo general no se controlan), los resultados positivos o no de una devaluación (o de lo contrario) dependen de las características de la estructura productiva propia, así como de la coherencia de la política económica en la cual se inscriba, lo cierto es que solo por un problema de pudor y cálculo político es que los economistas de derecha postulan que su fin es hacer más competitivas a las economías. Y eso no lo dijo Chávez ni ningún economista populista de esos que no sabe nada de las leyes del mercado, ni mucho menos yo: lo dijo nada menos que Ludwing von Mises, gurú y guía intelectual-espiritual de todos los neoliberales de izquierda y derecha incluyendo a Friedman, en su Opus Magnum de 1949 titulada La Acción Humana.

Además de lo que dijo von Mises al respecto, resulta elocuente dar cuenta del contexto en que lo dijo. Y es que su análisis se centra en la caracterización del conflicto entre salarios de los trabajadores y ganancias de los capitalistas, ocurrida en medio de un momento histórico bastante similar al actual: el de la gran depresión de los años 30 del siglo pasado, específicamente en su caso, en el impacto que tuvo en Alemania y Austria, de donde era oriundo.

Así las cosas, Von Mises comienza su análisis Los Objetivos de la devaluación de divisas, comentando como hasta 1929, año en que comienza la Gran Depresión, los sindicatos habian venido mejorando su participación sobre los ingresos nacionales en razón de la mejoría de sus salarios reales, que es la medición del poder adquisitivo en la medida que resulta de ajustar el salario nominal (lo que ganan expresado en cifras monetarias) contra la inflación. Situación que no solo se daba en Austria y Alemania, sino que venía siendo la media en todo el continente europeo. Dicha situación “anómala”, venía haciendo peligrar las tasas de ganancia de los capitalistas, quienes como único recurso apelaban al despido, buscando por esta vía disminuir el peso de los salarios sobre las ganancias de capital.

Pero el problema con los despidos es que generaban un problema político de gobernabilidad: y es que la masa creciente de desempleados se transformaba inmediatamente en una masa creciente de malestar acumulado, lo que en palabras de von Mises claramente constituía una “amenaza a la paz interior”. Los gobernantes estaban al tanto de esto pero no podían hacer mucho pues los capitalistas no estaban dispuestos a seguir sacrificando sus ganancias, al tiempo que los sindicatos no estaban dispuestos a sacrificar sus salarios ni mucho menos seguir cediendo en sus empleos.

La solución a este impasse la encontraría el sistema en la teoría económica convencional, la misma que aún hoy –para utilizar una expresión de Keynes- sigue dominando hasta los últimos pliegues del entendimiento de la gran mayoría de los expertos y los hacedores de política. Pero la explicación del cómo vale leerlo de la pluma del propio von Mises, quien lo expone de manera tan clara que hace inútil cualquier paráfrasis:

“En esta situación los asustados gobernantes pensaron en un recurso recomendado desde hacía mucho por los doctrinarios inflacionistas. Como los sindicatos protestaban ante la posibilidad un ajuste de los salarios, decidieron ajustar la relación monetaria y los precios de los productos a la altura de los niveles salariales. Tal y como plantearon el asunto, no eran los niveles salariales los que estaban demasiado altos: era su propia unidad monetaria nacional estaba sobrevalorada en términos de oro y cambio de moneda y tenía que reajustarse. De esta manera, la devaluación era la solución.”

Los objetivos de la devaluación eran:

“1) Preservar el nivel de los salarios nominales o incluso crear las condiciones requeridas para su posterior aumento, mientras que los niveles salariales reales deberían más bien hundirse.
2) Hacer que los precios de los productos, especialmente los agrícolas y ganaderos, aumenten en términos de moneda nacional o, al menos, impedir que caigan más.
3) Favorecer a los deudores a costa de los acreedores.
4) Estimular las exportaciones y reducir las importaciones.
5) Atraer a más turistas extranjeros y hacer más caro (en términos de moneda local) que los propios ciudadanos del país visiten el extranjero.”

Pero aquí es donde viene la mejor parte:

“Sin embargo, ni los gobiernos ni los defensores de su política eran lo suficientemente francos como para admitir abiertamente que uno de los principales propósitos de la devaluación era una reducción del nivel de los salarios reales. Preferían en su mayor parte describir el objetivo de la devaluación como la eliminación de un supuesto “desequilibrio fundamental” entre el “nivel” nacional e internacional de los precios. Hablaban de la necesidad de rebajar los costes internos de producción. Pero ansiaban no mencionar que uno de los dos costes que esperaban rebajar por la devaluación eran los salarios reales, siendo el otro el interés estipulado en las deudas empresariales a largo plazo y el principal de dichas deudas.” [1]

Cuando pensamos en casos actuales como el argentino, una de las cosas que podemos concluir es que casi un siglo después la “solución” planteada por la teoría económica y por esa vía transmitida a los hacedores de política, sigue siendo exactamente la misma. Sobre todo cuando se toma en cuenta –y en este caso, el argentino constituye un ejemplo de manual con la ventaja que lo vemos en vivo y directo- de cómo en lo único que se traducen tales políticas, es en un pérdida del poder adqusitivo pero también del poder político de los trabajadores con la peculiar singularidad, sin embargo, de que dicha pérdida se termina por transformar inevitablemente en una caída de la demanda y por tanto en las ventas, lo que más temprano que tarde se tranforma en una caída de las propias ganancias capitalistas generándose un bucle recesivo. La principal enseñanza de las políticas de austeridad en la Europa es precisamente esa.

En el caso nuestro donde hasta nuevo aviso buena parte de los bienes disponibles para el consumo o son directamente importados o cuentan con componentes foráneos controlados por unas pocas transnacionales e intermediarios, así como donde se da el caso que no contamos con un sector privado productivo con capacidad ni mucho menos know-how exportador, todo en medio de un contexto mundial contraído por la propia crisis que arrastra la economía mundial, luce bastante poco probale que la devaluación del tipo cambiario a los niveles en que la está llevando el DICOM, pueda traducirse en otra cosa distinta a una profundización de la recesión interna, donde por lo demás no hay garantías de solucionar por esa vía de manera justa y eficiente la puja distributiva que alimenta el fenómeno inflacionario-especulativo. Y digo de manera justa y eficiente, pues de “solucionarse”, será a costa del sacrificio de devolver a la población a los niveles salariales reales y por tanto de acceso a bienes y servicios previos a la llegada del presidente Chávez al poder. Situación esta que, por donde se la mire, no solo compromete cada vez más la gobernabilidad del país, sino que hace insostenible e inviable cualquier intento de crear una economía productiva por la sencilla razón que ya no habría mercado que la justifique.

El encarecimiento del tipo de cambio bien por la vía de su liberación, unificación o ambas cosas a la vez, inevitablemente se terminará trasladando a los precios internos empobreciendo drásticamente a la mayoría trabajadora al tiempo que, como decía, se convertirá en un premio a todos los que han especulado y especulan contra la economía nacional. El argumento según el cual tal efecto sobre los precios no se produciría porque en la práctica los comerciantes ya marcan los precios de los bienes y servicios tomando como referencia el precio ilegal (o sea que dicha devaluación ya se produjo y lo que habría que hacer es sincerar las cosas), o bien es profundamente cínico o bien profundamente ingenuo. Es un sofisma tecnocrático que lo único que procura es hacer recaer sobre los hombros de otros, los costos sociales que causaría la subordinación definitiva de los intereses nacionales por los especulativos.

[1]  Ver: von Mises, Ludwing: The Objectives of Currency Devaluation. En: Human Action. Capítulo 31: “Currency and Credit Manipulation.” Disponible en: https://mises.org/library/objectives-currency-devaluation

2 Comentarios en ¿Hacen las devaluaciones más competitivas a las economías? ¿Qué dice Von Mises?

  1. Comparto casi la totalidad de lo que describes pero, a riesgo de parecer cínico insisto en que se debe eliminar los tipos de cambio, mas no el control de cambio, ahora bien, tal medida – y esta parte no entiendo porque siempre la descartan- debe tomarse siempre y cuando se indexe el salario al tipo de cambio que se defina, asi sea el valor que se nos ha impuesto desde dolar today, y esta indexacion debe darse tomando como parámetro el salario mínimo promedio latinoamericano en dolares – su equivalente en bolívares-, e instrumentar la escala movil de estos salarios para desestimular la especulación monetaria que como describes su fin es rebajar el salario real de los trabajadores, es la manera de aumentar la explotacion , aumentar las ganancias del capital. Pero estas medidas por si solas no garantizan que la especulación de precios se detenga…para lo que habría de aprobar un impuesto progresivo a las ganancias, donde a mayor ganancia mayor tasa impositiva y por ende mayores impuestos, aumentaría al 50% el nivel de ganancia. A partir de aquí si tendría que darse una reestructuracion de los organismos de control….un gran lavado a la conciencia de los funcionarios para aplicar las leyes rigurosamente – las leyes antimonopolio, cartelizacion de precios entre otras- y para que entiendan lo que esta en juego.
    No veo otra manera de evitar una estanflacion, hay que darle poder economico a los trabajadores no solo poder politico. A la especulacion somos culturalmente demasiado proclives, pero ya hemos llegado a limites que jamas pensé pudiéramos llegar con el odio político y de clase como estimulo , estas medidas serian solo parte de un conjunto de medidas que en lo productivo deben tomarse, dando solo estimulo impositivo a aquellas inversiones realmente nuevas y nacionales.

  2. AÑADO A TU ARTICULO UN COMENTARIO CINICO DE KEYNES EN EL QUE DECIA QUE LOS TRABAJADORES PREFERIAN UN LIGERO AUMENTO DE PRECIOS A UNA REBAJA DE SALARIOS, PERO QUE AL FINAL ERAN LO MISMO.

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