A propósito de la OEA y de la democracia en Venezuela / Angerlin Rangel

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Aunque el capítulo de la OEA haya sido superado (por ahora), no caben dudas de que ha dejado una impronta no tanto o no tan solo sobre Venezuela sino sobre la región toda, y muy particularmente sobre la manera de entender la democracia y las soberanías nacionales como algo tutelado y que claramente puede ser intervenido en nombre de los argumentos más cínicos a que quepa lugar. Un secretario general claramente parcializado, actuando como vocero de la ilegalidad y ariete de un golpe de Estado. O un país como México, donde todos los días desaparecen o son asesinados en las calles estudiantes, maestros y periodistas, pero que se toma el tiempo para exigir respeto a los DD.HH. en Venezuela. Esas son algunas de las postales que nos demuestran el rol al cual parece haber sido reducida la OEA, la cual, por cierto, tampoco fue nunca una trinchera de la democracia, todos lo sabemos, pero al menos guardaba ciertas formas. En fin, sobre estos temas nos habla Angerlin Rangel con su acostumbrada, elegante y accesible prosa en exclusiva para 15 y Último.

Por: Angerlin Rangel

En líneas anteriores me referí a la mirada exclusiva de la OEA en cuanto a su papel de “actuar” con urgencia y medidas concretas para garantizar la “defensa y promoción de la democracia” en los países miembros. Asimismo, resalté que en su activo esfuerzo por “evitar una confrontación en Venezuela” este organismo denunció “la violación de derechos humanos” de una forma que al mismo tiempo auspicia la “neutralización” de este país en el entorno internacional.

Durante la última semana este tema, que pica y se extiende, me obliga a recordar la cantidad de eventos desembocados en “defensa de los derechos humanos” a lo largo de la historia. Asusta solo imaginar un destino similar para los venezolanos en un afán por salir de la crisis que nos embarga en la actualidad. Por eso insisto en afirmar mi preocupación por el destino de mi país cuando, mientras nos hundimos en una crisis valórica, las clases políticas “alternativas” se disputan por el poder.

Por una parte, el gobierno bolivariano en su lucha por darle continuidad a un legado en materia social y concentrado en manejar de manera reactiva la política nacional; por la otra, una oposición que no logra comprender el lenguaje de un pueblo que para bien o para mal, ya no es el mismo. Ante la pregunta: ¿cuál podría ser el destino de la patria en estas circunstancias?, sería casi imposible una respuesta que no abone al desesperanzador panorama y al dilema de resolver la crisis económica (consecuencia principal de la caída de los precios del petróleo) versus la intervención extranjera.

En nombre de esta “legítima preocupación”, que deja entrever una intención subyacente de los EE.UU. por tomar partido sobre el tema, se suma el esfuerzo de algunos medios por proyectar con desespero la intervención política; tal es el caso del diario estadounidense The Washington Post que arremete contra Venezuela desde su editorial, publicada en abril de este año, con el título: “Venezuela is in desperate need of a political intervention”, denunciando la situación lamentable de Venezuela y la conducta distraída de los líderes de la región.

Me resulta aún más imposible desprenderme del pesimismo al mirar en los espejos de la intervención hacia otros Estados. Por ejemplo puedo mencionar el efecto mediático en Ruanda, cuando en 1994 se desató un genocidio en ese pequeño país que cobró las vidas de un millón de personas. Lo mismo sucede cuando la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) intervino Kosovo en 1999. La OTAN bombardeó con mensajes propagandísticos la televisión de Belgrado porque la consideraba un arma de la República yugoslava. Así las cosas, el caso Kosovo no fue la consecuencia directa de la acción ejercida por la OTAN, más bien fue el efecto indirecto de toda la influencia mediática dirigida a un fin específico.

Del mismo modo, pensar en la Libia de Gadafi, lo que se argumentó en su momento y lo que es ahora, no me produce solo miedo sino un profundo pesar por sobre cuál pudiera ser el destino de un país en el que en medio de la “represión”, aún puedes expresar inconformidad y puntos de diferencia. Sería interesante debatir sobre el estatus de los derechos humanos en la Libia actual, o simplemente mirar hacia el lamentable caso haitiano.

Si continúo en la región, podríamos también hablar del último informe publicado el 02 de marzo del 2016, por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en el que se “analiza la grave crisis de derechos humanos que atraviesa México, con particular énfasis en desapariciones y desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, tortura, así como la situación de inseguridad ciudadana, el acceso a la justicia e impunidad”.

En este orden de ideas, de angustias y de bienvenida al debate, veo que en definitiva son muchas las cosas que se po

drían examinar ahora en Venezuela. Por ejemplo, habría que discutir sobre el creciente arraigo del actual “régimen” en la sociedad venezolana, el que paradójicamente siendo militar trajo al presente en la modalidad de conciencia histórica, un concepto donde la patria es el hombre. Con aciertos y desaciertos, como todos los procesos naturales que involucran a los humanos (entendiendo que los tiempos históricos no son los políticos), se avanza un paso y se retroceden dos, se adelantan dos y se retrocede uno y así sucesivamente, pero en donde ese paso que se avanzó marca un hito que será muy difícil borrar de la memoria.

Lo anterior lleva al necesario debate acerca de la democracia, más aún luego de que el pasado jueves 23 de junio la votación en la OEA abrió la puerta para discutir en esta materia y sobre derechos humanos en Venezuela. Aun cuando la propuesta de Almagro no tuvo mayor acogida, la sola invocación sobre la activación de la Carta Democrática supone someter el nivel de la democracia de nuestro país al escrutinio del resto.

Permítanme que comience hablando un poco sobre la Venezuela que nos acompañó hasta 1998. Los últimos 100 años de nuestra historia estuvieron invadidos de insurgencias, golpes de Estado y dictaduras, de estos, los últimos 40 del siglo XX se enmarcaron en la democracia representativa, donde el rechazo hacia los gobernantes se expresaba en revueltas cruelmente reprimidas que dejaron un saldo de muertos y desaparecidos imposible de calcular con exactitud.

Mientras esto ocurría desde sus distintas magnitudes en la región, se constituía la OEA como garante de los derechos humanos y de la democracia en América Latina. Es decir, la mejor etapa de este organismo que estuvo caracterizada para generar espacios para resolver dichos problemas de forma pacífica, también coincidió con este tiempo en el que en los distintos países, expresar ideas contrarias significaba represión, desaparición y muerte. Quizás esto podría explicar la razón del furor que causó la revolución bolivariana y su concepto de democracia participativa, porque en realidad significó el renacer de las esperanzas de muchos que durante los últimos años habían soñado con ser escuchados y hacer una política alternativa.

Así comenzó la palabra democracia a recorrer un nuevo camino en Venezuela, rompiendo esquemas sobre sus falsos significados. Se manifestó en un sentido común, colectivo y plural, la necesidad de nuevos esquemas en democracia y de la democracia dentro de esos nuevos esquemas. Podemos, o no, estar de acuerdo con el sistema de gobierno implementado, pero desconocer la expresión de un pueblo es caer en el error de subestimar la decisión a la que luego pides legitimidad. Estoy contando un tiempo que narra y reivindica la lucha, porque en definitiva hablar de democracia en Venezuela, como en toda América Latina, implica recordar la ardua, continua y casi siempre dolorosa conquista popular.

Hoy presenciamos el llamado a la “restitución democrática” de la mano de un organismo con cuya imprudencia ha propiciado atropello y arbitrariedad. Mientras que el caso de Brasil continúa siendo parte de la omisión, a conveniencia de la OEA, en torno a golpes de Estado en la región.

Son estas las premisas a las que se enfrenta la región. Latinoamérica está frente a un escenario cada vez más amenazante que hace muy evidente el carácter de la crisis que la golpea, ante lo cual es posible que la respuesta siga siendo el cuestionamiento y la apatía hacia el rol que juega esta institución en nuestra región.

Mi sueño democrático es la estabilidad y la paz en Latinoamérica. Si este es un objetivo inherente a la OEA, pues bienvenida la actuación efectiva y loable en torno al cumplimiento de un objetivo tan postergado. Mientras sucede, cuestiono el rol “imparcial” de la OEA en un tiempo en el que las muertes en México siguen sumando razones para replantearse y retomarse con seriedad el tema de los derechos humanos en la región. Veamos a América Latina como un todo donde Venezuela es solo una parte, quizás sea más sencillo evaluar los niveles de democracia y así las soluciones a nuestros dilemas domésticos.

 

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