Las 50 sombras de Lorenzo

50SombrasLorenzo

Por: Sigmund Rabinovich [1]

Te lo cuento tal cual me pasó:

“Toda la aburrida trama de 50 sombras de Grey es posible porque Christian Grey es multimillonario, blanco, anglosajón y guapo”, me espetó una vieja amiga, segundos después que vimos a una mujer absorta en la novela.

“Piénsalo: la historia está mal escrita, es clicherosa y hasta pendeja si la comparas con Justine, de Sade. Muchas carajas clase media se hicieron fanáticas de este libro precisamente porque les seduce eso: la plata, el poder. Esta es la misma razón por la cual Anastasia se deja hacer todo lo que se deja hacer, porque si Christian fuera latino, pobre y feo nada habría pasado, por más piano que sepa tocar o por muy preocupado que ande por el hambre en África. Además, en la vida real, y en una sociedad como la gringa, hace rato que Christian habría sido denunciado por la mismísima Anastasia y estaría preso por sádico. Lo que te digo es que la novelita, desde el punto de vista erótico, calienta menos que una guía telefónica. Pero desde el punto de vista sociopolítico, es una divinura”, agregó, hasta que le hice saber que yo ni siquiera había visto la película.

Entonces, mi amiga se dispuso a continuar con lo que se tornó en una especie de monólogo catalizador: “Fíjate, ¿quién es Anastasia? Una caraja gris, conservadora, que sueña con el príncipe azul, aunque alardee de cierta ínfula intelectual por el simple hecho de haber ido a la universidad. Tú eres hombre ¿Cuántas mujeres así conoces? Entran y salen de la academia con los mismos prejuicios e ignorancias, o hasta más, pero validados con un título. El caso es que Anastasia trabaja como vendedora en una ferretería, y allí conoce a Christian Grey, quien además de regalarle una novela del inglés Thomas Hardy (que trata, precisamente, de una chica muy pobre que termina en los brazos de un pervertido de origen noble), pues también la “salva” de una borrachera durante la cual José, su amigo latino, intentó besarla, lo que ambos consideraron un abuso. Después de eso, él la pasea en su helicóptero (ajá: helicóptero) y la lleva a su hotel, para abusar de ella, solo que con su consentimiento (pero el pervertido era el latino que intentó besarla ¿ok?). Luego, Anastasia conoce a la mamá de Christian, quien se alegra al verla pues ella pensaba que su hijo era gay (y primero “pervertido” que “marico”), y justo ahí se evidencia la relación edípica de Grey con su mamá, hasta que finalmente este le cuenta que quedó traumatizado porque cuando era adolescente una amiga de su madre abusó de él. La historia termina por seducir a Anastasia, quien encuentra ahí una especie de justificativo moral para su sumisión: “me dejo abusar para que Grey pueda superar su trauma”. Entonces, todas las carajas que, como yo, poseemos una educación sentimental basada en lo que nos vendió Disney, inmediatamente quedamos enganchadas, es nuestra comiquita “porno”: Anastasia (la pobre que al final será princesa), Grey (el príncipe rico), su mamá (la bruja frívola), y el trauma, en medio del sexo. Es más, eso es lo mismo que pasa en Venezuela con Lorenzo, con Lorenzo Mendoza, quiero decir”, remató.

Ante el inesperado giro en su relato no dudé en preguntarle ¿de qué carajo hablaba ahora? Ella continuó con naturalidad: “Para mí, Lorenzo es una especie de Grey venezolano. Claro, él es latino, bajito, bastante insípido desde el punto de vista físico y nada seductor al hablar. Pero ¿qué? es multimillonario, ¡uno de los tres venezolanos que aparecen en la lista Forbes, papá! Y ese es peor que Grey, pues su fantasía lo lleva a creer con absoluta convicción que su Anastasia es Venezuela. Es la misma novela: Lorenzo es el príncipe magnate que nos salvará (con helicópteros o drones, da igual) del abuso de los chavistas, que en esta historia son como el José de la novela: unos negritos feos, pobres y abusadores. Pero además Lorenzo, al igual que Grey, también ha sido víctima de un abuso, pero por parte del Estado que lo persigue, y entonces todo el encanto de su fortuna deja de ser un privilegio, para convertirse en un “castigo” que tenemos que ayudarlo a sobrellevar, ¿has visto?”.

Casi atragantado entre el café y la incredulidad, le contesté mientras me golpeaba el pecho para desatragantarme: “Ok, según tú, Lorenzo Mendoza siente satisfacción al infligirnos humillación, dominación y sometimiento. Interesante. Pero y nosotros ¿qué? ¿Acaso somos masoquistas? ¿No estarás exagerando un poquito?”.

“No lo sé, puede ser –siguió con ese dejo de fastidio que siempre me encantó de ella–. Pero de lo que sí estoy segura es de que esa vaina solo es posible en un país educado por Disney, Delia Fiallo, su pupilo Leonardo Padrón, y ese sinfín de basura que los locutores de la 107.03 FM prefieren llamar ‘la industria cultural’, como si se tratase de la nueva Atenas. Una ve la televisión y dice: ¿cómo es posible que puedan existir esas propagandas de la Polar donde supuestamente la máxima aspiración de los venezolanos es tapuzarse con las mierdas que nos venden, en las condiciones en que lo hacen, y a los precios que le da la gana? Pana, tú me conoces y sabes que yo nunca he sido chavista, aunque odie a rabiar toda esa herencia adecocopeyana que es el summun de la vulgaridad y el ramplonismo. Pero a mí jamás me gustó esa adoración del chavismo por Chávez, aún a sabiendas de que Chávez era un tipo arrecho. Entonces menos entiendo el fetichismo de la oposición por Lorenzo Mendoza”.

“¿Tú recuerdas aquellas clases que veíamos en la universidad con la profe esta que tenía unos apellidos como alemanes y nos hablaba siempre de Weber? Bueno, yo confieso que a mí siempre me gustó su estilo elegante de hablarnos sobre la racionalidad moderna y lo irracional que resultaba el caudillismo de nosotros los latinos. Pues bien, en estos días me la encontré en un café y me contó sobre una conferencia que dio sobre la familia Mendoza y la lucha actual de Lorenzo por la democracia. Así mismo, como te lo estoy contando. Y yo la veía narrarme la odisea de Lorenzo con esos ojitos verdes de Anastasia de la tercera edad y pensaba para mis adentros: ¿Qué nos ha pasado como país? ¿Cómo hemos llegado a este punto?Es que incluso el último hombre con quien intenté salir lo dejé cuando después de invitarme a ver una película en el Trasnocho Cultural, pillé que en la parte de atrás de su carro cargaba una calcomanía con una garra, y yo de pendeja –sabes que no sé nada de de deportes– le pregunté ‘ay, ¿y tú de qué equipo eres?’, y el muy imbécil me respondió que del equipo Polar, ‘el único del que debíamos formar parte todos los venezolanos, como dice Salomón Rondón’. No sé cuál habrá sido mi cara, supongo que fue una mezcla de decepción, con desesperación, o miedo y risa, quizás todo junto. Pero bueno, me tocó comportarme, pero eso sí: apenas llegamos a la puerta de mi casa le dije que me dolía horrible la cabeza y chao, más nunca lo vi. Al que sí vi, pero por televisión, fue al tal Rondón, y enseguida recordé nuevamente esta escena y pensé: De paso las Anastasias de Lorenzo son de todos los géneros”.

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