El Último Round / Nosotros, los que tampoco tenemos la culpa

Laculpa

Por: Jessica Dos Santos

“El último round”, así se llamará este nuevo ensayo de columna, quizás porque su lanzamiento coincide con la buena mano que ha tenido Venezuela en el preolímpico de boxeo (y mi rara fascinación con este deporte), tal vez porque así se titula uno de los libros de Cortázar que más me agradan, precisamente un relato político en el que nada sale de acuerdo a lo planeado, o a lo mejor porque en nuestro país cada 15 y último solemos librar la más dura pelea, el instante en el que pareciéramos caer derrotados, pero como diría el olvidado y controversial escritor venezolano, Argenis Rodríguez: “Hay un momento en que se pierden todas las esperanzas, pero yo ya he vivido infinidad de veces ese momento”. Pues a los necios (y vaya que nosotros lo somos) los tiempos difíciles nos convocan a recrudecer la resistencia (y el ataque), aunque algunos nos empujen al paredón y escopeta en mano nos tilden de “culpables” de la situación que atravesamos, pues entonces si no nos matan sus balas terminaremos recurriendo al suicido moral.

Esa es la inteligente estrategia del sistema: quien “fracasa” dentro de él termina haciéndose responsable a sí mismo de su “derrota” al punto de avergonzarse profundamente de quien es, pero sin cuestionar jamás el modelo que no nos permite alcanzar lo que supuestamente “deseamos”, aunque el camino nos sumerja en la más profunda y conveniente (para ellos) depresión, pues la gente triste casi nunca tiene fuerzas para la rebelión, ¿cierto?

Además, durante el transitar, el enemigo se vale de todos sus medios para ir colocando avisos que eviten que detengamos la marcha, que nos salgamos de su ruta, mensajes que apuntan a nuestra capacidad para lograr el “éxito”, entonces, nos muestran como héroes a las excepciones que ellos mismos crearon, es decir, a esos seres que “nacieron en la pobreza” (sin hablar de las causas de la misma), pero gracias a su “emprendimiento” se convirtieron en “millonarios”, tipos como Chris Gardner, representado por Will Smith en la película estadounidense En busca de la felicidad, para que uno al verla termine pensando: “si él pudo… ¿por qué yo no?”, y el sistema nos responda: “por flojo”.

¿Y qué demonios tiene que ver todo esto con la situación del país, con la economía, con los 15 y los últimos? Fácil, en Venezuela hay un sector importante de jóvenes, mayormente profesionales, formados bajo la lógica antes señalada (más allá de si son o dicen ser “opositores” o “chavistas”), y en un ambiente de clase media-baja o incluso pobre, muy pobre, pero que a veces se cree rica o aspira serlo, que se encuentran profundamente frustrados, desganados, pues vivieron la democratización del consumo y del acceso, pero hoy atraviesan un profundo retroceso, del que intentan salir huyendo a través de una épica individualista.

No iré muy lejos: yo, pese a tener internalizado (a punta de coñazos y reflexiones) todo lo anteriormente expuesto, no he dejado de ser una víctima más de la situación, pues, como muchos de mi generación, viví la época del barril a cien, y el cupo de 5.000$ por persona. Quizás algo similar al boom petrolero de los 80, su dólar a 4,30 y el popular “¡ta barato! Dame dos”, con la diferencia de que durante esta última década el Estado sí realizó la inversión social inexistente en aquellos años.

Ese barril y ese cupo, aun sin ser utilizado para trampas del tipo: paseo, guardo dólares, regreso, los cambio a mercado negro, pago el viaje, y me gozo (bajo cualquier modalidad) el resto, pues igual resultaban un regalo. Recuerdo que, en julio del año 2012, cupo en mano, yo partí de “mochilera” (una “mochilera” con real, que ridiculez) a conocer una parte de Suramérica. Al año siguiente repetí la travesía por los países restantes. ¿Cuándo, una pelabola como yo, que de vaina conocía La Guaira, se iba a imaginar recorriendo cada rincón de nuestra región? Nunca. Pero a mí, en aquel momento, el hecho me parecía profundamente “natural”, al punto de sorprenderme cuando un joven chileno, en medio del archipiélago de Chiloé, me explicó (cuentas en mano) que él ni con una década de trabajo podría lograr pagarse semejante aventura.

Recuerdo que tan solo unos meses después me compré (con algunos ahorros, la platica de diciembre y tal o cual esfuerzo) mi primer carro. Un carro que en enero de 2016 ni siquiera pude asegurar (ni juntando los mismos ahorros, la misma platica de diciembre, y el triple del esfuerzo) y que hoy se encuentra parado (aún no sé si por los inyectores o las bujías y me da igual averiguarlo, pues ahora mi preocupación radica en al menos conseguir real “pal pasaje” diario), razón por la cual estoy pensando que en estas vacaciones me sale “la playa seca” y el “punto fijo” que hace rato no visitaba.

Incluso, hace poco, puse en venta un sinfín de corotos que tenía y no necesitaba (eso también lo entiendo ahora) para intentar solventar estos detallitos técnicos, y en cuestión de segundos todos mis panas, de esta y aquella acera política, los que supuestamente me conocen mucho y los que no tanto, explotaron mi celular con un, palabras más, palabras menos: “¿Por fin te vas del país?”, pues para algunos es inaudito que yo, con un pasaporte de la Comunidad Europea en alguna gaveta (como un alto porcentaje de jóvenes venezolanos hijos de inmigrantes), permanezca en estos lares, y quizás el pánico de estos panas sea “normal”, es decir:

No es descabellado que cambios de este tipo, unidos a otros más serios (que yo y buena parte de mi “target” también padece): no tener para pagar el alquiler ni los servicios, no recordar de qué va hacer un mercadito chévere (en el contenido y en la forma de adquirirlo), cargar las famosas tarjetas de crédito hasta el techo (y no poder escapar de la llamadita fija del banco), andar remendando ropa y zapatos (nosotros los que comprábamos por “Amazon”), tener miedo de que uno o alguien cercano se enferme (y vaya que el miedo enferma) porque “ni pastillas anticonceptivas se encuentran”, etc.; nos lleven a sentir frustración, desespero, rabia, ni tampoco debemos culparnos por ello, y menos cuando recordamos lo que al principio intenté explicar. Lo que sí es descabellado es olvidarnos precisamente de eso, rendirnos u obviar que la solución radica en todo lo contrario a lo que nos vendieron, es decir, en la solidaridad, en la no competencia entre los igualmente jodidos, en el trillado pero verídico “solo el pueblo (pobre) salva al pueblo (pobre)”. Por ejemplo, desde hace un par de semanas, en mi oficina, he probado los más surtidos, sabrosos y graciosos, almuerzos. La cosa va así: una lleva la cremita con los restos de verdura que tenía en la nevera, la compañera de al lado se alza con el ventiunico plátano (sancochado) que consiguió en casa, la otra destapa un potecito relleno de tortilla, alguien más allá deja ver la carne que su familia le trajo de no sé dónde a no sé cuántos bolívares el kilo (todas tomamos nota), y a su lado aparece alguien con unos cuantos granos. A los segundos, todos los platos contienen lo mismo: un poquito de cada cosa. Tampoco ha faltado la cola, el préstamo sin intereses, ni las cadenas (que ya no finalizan en “si quieres tener buena suerte pásasela a 20 personas más”) para ubicar medicamentos, mucho menos el abrazo en medio de la penumbra. Sin duda, de estas cosas, también deberíamos hablar, pues en ellas radica lo que realmente somos, más allá de “si deberíamos o no estar pasando por ellas”.

Deja un comentario

Tu email no será publicado.


*