Una de la Turba / La mata de mango y la independencia

Mangoindependencia

Por: Malú Rengifo

Que este pasado 5 de julio se haya conmemorado la firma del Acta de la Independencia venezolana es para mí, con el perdón del señor Bolívar y todos los hermanos independentistas que se cayeron a cuchillazos y pólvora por liberarnos de la monarquía española, un completo acto de evasión de la realidad.

Me explico: si teniendo más de 900 mil kilómetros cuadrados de territorio de los cuales una buena tajada está apta para que viva la vaca pareja, pastando feliz y tranquila hasta el día de su triste y lamentable muerte, o feliz y agradecida ingesta por unos cuantos venezolanos, como usted lo quiera ver… teniendo todo ese terrenal donde vacas y cochinos y chivos, y pollos y pavos y cachamas se críen en un ambiente sabroso, donde además se puede sembrar por mamonazo cualquier cosa que se coma y sepa buena, cuidando que no se la coman los animales primero que uno, como está haciendo mi amiga Cale allá en Barinas, aunque el quinchonchal todavía no le da como para alimentar a toa la ciudad, pero el ímpetu es el mismo que el de los libertadores de 1810, entonces yo no comprendo por qué carrizo cuando yo logro pasar las cuarenta y siete pruebas de resistencia, aguantar las siete horas de sol y lluvia y sol y lluvia y sol y lluvia que hay que aguantar, responder las ocho preguntas de cultura general, caerle bien a los veintitrés bachaqueros que habían delante de mí en la cola y poner el deo gordo sudao en la captahuella sin que me diga que yo compré hace diez días y que todavía no me toca, que es, en resumen, todo lo que hay que hacer para acceder a un kilo de carne o pollo regulados… Ajá, bueno, que yo no entiendo por qué cuando por fin llego a mi casa a despellejar ese pollo o a limpiar esa carne, me consigo con que el Estado venezolano tuvo que traerla desde El Sipote Viejo, que es un pueblito que queda en Uruguay, o desde los galpones de Donde el Diablo dejó la Chola, una pujante empresa de cría de aves engordadas con hormonas para que nosotros nos las comamos como si es que fueran la gran cosota porque son grandotas, cuando en realidad pollo bueno es el criollito, flacucho pero sanito.

Aaaaah, pero yo me hago esa pregunta desde la comodidad del que va y compra el pollo muerto. Porque aunque haya que lograr pasar cuarenta y siete pruebas de resistencia, aguantar siete horas de sol y lluvia y sol y lluvia y sol y lluvia, responder ocho preguntas de cultura general, caerle bien a veintitrés bachaqueros que habían delante de uno en la cola y poner el deo gordo sudao en la captahuella, sin que esta diga que uno compró hace diez días y que todavía no le toca (que es todo lo que hay que hacer para acceder a un kilo de carne o pollo regulados), comprar el bicho muerto, desplumado y subsidiado sin que uno le haya echado ni un granito de maíz en vida, es una manguangua muy sabrosa.

Así que estamos en negación: no somos independientes nada. Somos un pueblo de mantenidos por un petróleo que cuando se acabe nos va a dejar con los bolsillos pa afuera como unas jadeantes lenguas de tela grisácea. Somos un poco e gente a la que no se le ha ocurrido la idea de que los servicios comunitarios obligatorios para graduarse de la universidad no deberían hacerse con ONG’s de derechos humanos, como conozco a unos cuantos que lo hicieron, sino echándole maíz a unos pollos y sembrando quinchoncho con mi amiga Cale, que en una semana le quita la sifrinura a todo el que se lo haya llevado pal monte. Porque nuevamente con el perdón de Simón Bolívar y toda la gesta independentista, los derechos humanos no llenan la barriga, pero el pollo y el quinchoncho sí, y también el mango, así que todo el que se haya comido un mango y haya echado la pepa en la tierra y regado la matica, y también todo habitante de ciudad que haya cuidao la mata e mango de su calle y no haya dejao que le echaran motosierra para ponerle encima una elegante losa de cemento donde los perros se hagan pupú con comodidad, merece una medalla por su espíritu libertario, que si no fuera por esa gente estaríamos todavía importando los mangos de la India.

La gente en este país se divide en tres tipos: los que pasaron el 5 de julio en el desfile, o viendo el desfile por televisión, y hablando de Bolívar y su grandioso ejército libertador de las Américas; los que se la pasan to el tiempo pidiéndole a los gringos que vengan a revisarnos los derechos humanos y hasta el rabo si les da la gana; y los que están fabricando ropa, sembrando comida, criando animales o inventándose una para resolverle manquesea un problemita a los otros venezolanos a cambio de sus reales, cosa que es mucho mejor que acostarse a llorar en un chinchorro y que los demás tengan que darle los reales a alguien en el exterior para que medio resuelva los problemas de aquí, pero a un precio superior.

Yo no digo que todos tenemos que sembrar y que criar, pero hay una cosa en la que tienen que estar de acuerdo los tres tipos de venezolanos: la economía venezolana se encuentra en un estado más deplorable que el coleto esfloretao de mi casa. Y yo, como quiero ser del tipo de venezolanos que se inventa cualquier cosa para resolverle manquesea un problemita a los demás a cambio de sus reales, no me voy a ir a comprar un coleto importado que me salga carísimo e igualito se esflorete en unos meses, sino que voy a averiguar cómo se fabrican los coletos y me voy a poner a hacerlos yo, para que me salgan gratis a mí, y mis vecinos me los compren bien contentos, mucho más baratos que en cualquier automercado.

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