Una de la Turba / La chiva inmortal

Inmortal

Por: Malú Rengifo

Giordana tenía una chiva, su mamá se la regaló hace varios años y aunque era una chiva fiel que la acompañó en todos sus viajes y sus mejores momentos, y aunque los años no habían menguado en la chiva su alegre apariencia juvenil y sus colores vivos, eran muchas las historias, demasiados los caminos recorridos juntas, la relación estaba desgastada y Giordana necesitaba espacio: ya no quería la chiva consigo.

Decidida, lo publicó en el Facebook: “Tengo una chiva que era de mi mamá, está perfecta, aunque se le perdió el mecate del cuello. Es todoterreno, se puede llevar al campo o a una discoteca y siempre te hará destacar. Importante echarle agüita cada dos o tres salidas, se puede lavar con cualquier tipo de jabón y secar a sol o a sombra, la publico acá porque ya no la puedo tener”, y en tres minutos comenzó la perorata:

—¿Cuánto pides?

—¿La chiva es de las chinas o paraguanera?

—Te doy un paquete de caraotas y una pasta de dientes, ¿qué dices?

—Monta foto, ¿se puede ir a ver?

—¿Qué año es? ¿Cuántos kilómetros tiene? ¿Está muy usada?

—¡Te doy cuarenta lechugas para hoy!

Apabullada por tanto entusiasmo, Giordana reflexionó sobre el destino de su chiva una vez más. ¡Tantas personas se la querían quitar de las manos!, le daba miedo el solo pensar que alguien la utilizara para fines impuros, además nadie le ofreció a cambio nada que realmente le importara más que la chiva. Arrepentida por su desapego irracional, procedió a buscarla. Escondida en el clóset, un poco polvorienta luego de un par de años desde la última vez que fue sacada a la luz, apareció la chiva algo arrugada. Giordana se la puso, le resultó agradable encontrarse con ella una vez más, y recordó que su capucha era perfecta para cubrirse en los días lluviosos. La chiva resucitó.

La fiesta de las chivas, el secreto para economizar y optimizar los recursos

Lo que diré a continuación será por muchos calificado de pensamiento jipi:

1) Tenemos demasiadas cosas que no usamos

Zapatos aplastados, cubiertos de telarañas, opacos, apelmazados en un rincón oscuro, inaccesible a la vista, húmedo y frío, bajo una pila de zapatos que no están rotos ni lo suficientemente malos para botarlos, pero que ya no queremos usar todos los días, ni algunos días, ni nunca.

Franelas, franelitas, franelotas, que antes habríamos usado con orgullo para cualquier ocasión aunque tuvieran bolitas o les faltara un botón, o aunque tuvieran un hueco o hayan cambiado de color, y que hoy reposan en la gaveta más baja del chifonier, cubiertas por una creciente capa de pelusa, cascarones de bicho y miguitas de alimento para mascota, por la sencilla razón de que ya no nos gustan mucho, ni majomenos, ni nada, y nos da igual si Minino se mete ahí a masticarse la merienda y retozar.

Cepillos para el pelo, maquillaje, medicinas a punto de vencer, electrodomésticos, productos para el hogar de utilidad recontraespecífica, como un extraño trapo limpiador de metales, artilugio que compré para limpiar una pulserita que ya no tengo, y cuyos servicios he vuelto a necesitar un total de cero veces más… Misceláneos, los llamaría mi hermana. Peretos, vainas, cachivaches, corotos. ¡Ya les digo yo que los misceláneos que nunca usamos ocupan como un veinte por ciento del espacio en nuestras casas!, lo que pasa es que no nos damos cuenta hasta que salimos de ellos, y nos damos cuenta.

2) Las cosas que no usamos son energía estancada

Los corotos que no usamos nos sobran más que el dinero, la energía necesaria para obtenerlos ya se invirtió hace rato. Así que si para conseguir el dinero que pagaría un nuevo par de zapatos usted tiene que trabajar una quincena entera, yo le invito a traer de las catacumbas de su clóset más oculto el extractor de jugos de teletienda que su mamá compradora compulsiva le heredó, y ofrecérselo al compa que engordó de mamonazo y perdió todos los zapatos por andar comiendo chicharrón en La Encrucijada. Ese compa necesita un extractor de jugo para desayunar zumo de pepino con perejil y piña que le limpie el organismo, usted necesita los zapatos que él perdió. Ninguno de los dos tendrá que trabajar extra para obtener la cosa que necesita, solo deben confiar el uno en el otro, dejar fluir la energía, lo que pasóoo paaasó, kamekameha, nam miojo rengue kio, quítate tú pa poneme yo, y fueeera todo lo vieeejo, para que entren cosas nuevas y útiles a la casa, no importa que sean usadas.

Si usted se encuentra en esa dicotomía entre el “tengo demasiados corotos” y el “no me alcanza para comprarme tal cosa”, revise su inventario de peretos y no bote nada: intercambie. Hasta el miriñaque más insignificante de su pila de misceláneos puede tener valor para otra persona, porque le parece bonita, porque le sienta bien, o porque le es útil.

3) Para que la energía fluya realmente, debe hacerse el intercambio por valor de uso, y no por el precio que tienen los bienes en el mercado inaccesible del que queremos huir.

Ta’ bien que todo ha subido. Ta’ bien que con lo que te compraste la bicicleta hace cuatro años hoy no te compras un cartón de huevos, es verdad. Pero para fijar el precio de los objetos de segunda mano que se decide vender/intercambiar, debemos primero imaginarnos en estas tres situaciones:

El ciclista de engorde: la bici no la usaste sino dos veces y lo que hizo fue guardar polvo, así que como en una tienda vale actualmente Bs. 190 mil, tú te sobas las manos pensando qué vas a hacer con ese realero cuando la vendas.

El ciclista rentista: usaste la bici hasta que te ahorraste en pasajes el equivalente a diez bicicletas iguales, la bici te financió ocho viajes y dos romances y medio, y además te puso en forma. Aún sigue en perfectas condiciones pero ya la usas menos, y como en la tienda vale 190 mil, estás seguro de que puedes venderla en 186.

El ciclista que no debió haber nacido: la bicicleta está bien esperolá. La usaste hasta que habías caído hasta en el último hueco del municipio, no le diste mantenimiento nunca, le suena todo, se le sale la cadena, se le aflojan los pedales, pero como en la tienda vale 190 mil, la vas a vender barata, en 150, que con los otros 40 se paga el servicio técnico y se le cambian las cosas que están malas.

Estos tres seres, si el universo es justo, se van a quedar hasta el fin de sus días con su energía estancada, y a la bicicleta se la va a comer el moho. Dejar fluir la energía significa también hacerlo con intenciones de ayudar, sin egoísmos. Quien tenga ciento noventa mil y quiera comprar una bicicleta, no va a preferir comprarle la bicicleta a ninguno de los tres personajes anteriores, sino comprarla en una tienda. Y si es más inteligente te la va a comprar a ti, que la estás intercambiado por un bien que te puede reportar satisfacciones o prestar servicios de calidad equivalente a los que presta tu bicicleta, o que la pusiste en venta a un precio que consideras justo, y que tú, si tuvieras que comprar una bici, pagarías por ella sin sentir que es una estafa.

Economizar es resolver los problemas aprovechando los recursos ya existentes, evitar en lo posible cualquier gasto adicional. Optimizar es dar uso, sacar provecho de un recurso, o dejar que otros lo hagan.

 

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