El Último Round / Una vida entre Guerras

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Por: Jessica Dos Santos Jardim

Hace un par de meses se me empezó a caer el cabello de una manera realmente inusual. Yo, que odio ir al médico, me fui haciendo la pendeja, hasta que mi miedo (anoten ese 1er dato) abandonó las trincheras de lo estético para tornarse mucho más profundo. Sin embargo, “el caso” era muy ridículo para un hospital o un ambulatorio repleto de emergencias. Entonces decidí consultar el seguro médico privado, pero estatal, que me proporciona mi trabajo de asalariada, el cual succiona buena parte de mi quincena, pero no cubre ni una noche en la clínica. “No abarcamos dermatología”, fue la respuesta. Nada nuevo, en buena parte del mundo, y Venezuela no es la excepción, existe un sinfín de ramas de la salud que solo existen por y para los ricos. Como pude reuní mis últimos centavos y acudí a un dermatólogo: 8 mil bolívares por una consulta de 5 minutos, una orden infinita de exámenes de laboratorio, y un récipe repleto de medicinas que o no iba a conseguir o no podría costear (ya saben: un jaboncito sin olor vale más que todas las fragancias de la naturaleza, juntas). Aun así, decidí intentarlo y casi termino de perder los 2 pelos (creo que de tonta) que me quedaban.

El primer medicamento era un estimulador de crecimiento capilar que funcionó de tal manera que casi me convierto en la mujer lobo, razón por la cual acudí a incendiar el consultorio del doctor, quien, en medio de mi gritería, respondió con la parsimonia que los caracteriza: “Tranquila, es un efecto adverso temporal, para revertirlo vas a tener que comprarte esta cremita, que por cierto es europea y hace rato que no llega al país, pero tú eres de apellido Dos Santos, así que debes tener manera de conseguirla, y no olvides traerme los resultados del laboratorio”. Mientras, su asistente esgrimía que la consulta (¡y se supone eso lo era!) “subió a 10 mil” en menos de 15 días. Suspendí los tratamientos, pero decidí hacerme los exámenes de sangre (les hablé del miedo ¿cierto?) tras recorrer, cual viacrucis, 7 laboratorios, en busca de reactivos. Resultados en mano (y el tan citado miedo en la cabeza) volví donde el galeno en cuestión. El tipo ojeó por encimita los resultados para, acto seguido, remitirme a un endocrino, pues “algo andaba mal” con mis niveles de azúcar/tiroides y “quizás por eso se te cae el cabello”. Pero como el hombre no podía perder tan fácilmente a su desesperada “cliente”, pues remató el “diagnóstico” con un alarmante “igual debes tomar este otro tratamiento, por un año, porque tienes un leve acné, mientras lo consumes no intentes salir embarazada porque tendrás abortos espontáneos o un feto con deformidades”.

El nuevo “experto de la salud” encontró “una resistencia a la insulina” que solo la “metformina” podría mejorar y una “TSH baja” que solo la “levotiroxina sódica” conseguiría atacar y para no dejar me consultó si yo no quería quitarme unos kilitos que según sus patrones estaban “de más”. “Pero si yo hace años eliminé el azúcar de mi vida, si jamás he tenido ninguna irregularidad hormonal, ¿de qué habla este tipo?”, pensé. Tras repetir 2 veces más (vayan sumando $$$) los exámenes… ta-rán: el azúcar estaba perfecto y los valores de TSH también variaron de una forma abismal. ¿Por qué? y ¿qué habría pasado si yo no hubiese tenido la iniciativa, el tiempo y el dinero, para repetirme esos exámenes? ¿Habría consumido por el resto de mis días “glucofage”? Y aquí empieza la verdadera historia, durante esas semanas de recorrer farmacias noté un detalle aparentemente “ridículo” que iluminó mí desesperación: todos los presentes pedían los mismos medicamentos (glucofage, eutirox, losartan, etc.). ¿Cuántos venezolanos padecen de las mismas enfermedades? ¿Cuántos consumen fármacos diariamente? ¿Cuántos están medicados “de por vida”? ¿Qué nos enferma? Por ejemplo, ¿quiénes y con qué fin se determinaron en el año 1997 los 52 “alimentos” que componen nuestra canasta básica alimentaria (CBA)? Al revisarla detalladamente uno se encuentra con especificaciones como estas: harina “de maíz precocida”, pan “de trigo”, azúcar “refinada”, margarina, leche “pasteurizada y en polvo”, sardinas “enlatadas” (repito: tienen que ser enlatadas), mayonesa (m-a-y-o-n-e-s-a)… En serio, ¿son realmente estos los nutrientes mensuales que requerimos para vivir?, ¿o es la cuota leve y cotidiana para mantenernos como el sistema nos requiere (enfermos, débiles)? ¿Por qué cuando los medios y los economistas se ufanan en lanzar números para medir el costo de la CBA no detallan la basura innecesaria que la compone?

Seguramente el momento idóneo para explicar e intentar modificar esto era nuestra época de abundancia, pues ahora estas líneas parecen un vil maquillaje más para la conflictiva situación alimenticia que estamos viviendo, donde incluso tenemos un gobierno que insiste, pues en estos momentos no tiene más opción, en seguir llevando este veneno a nuestras casas, barato y en bolsa. Fíjense, esta nota la escribo desde el estado Amazonas, con el río Orinoco en plena ribazón (afluencia súbita de peces a la orilla) de payaras, bocones, sapoaras, bagres, caribes, etc. Pero algunas comunidades indígenas se quejan porque “tienen hambre y no hay comida”, es decir, la bolsa no les ha llegado (con la sardina enlatada incluida), pues además abandonaron sus conucos (por la minería, el contrabando, etc.) y ahora pagan mil bolívares por una rueda de su ancestral casabe, mientras padecen de las mismas enfermedades que nosotros, los criollos. Nuestros cuerpos son los mismos de ayer, con la misma capacidad de hacernos vivir más de un siglo, pero nosotros los alimentamos distinto, los sometemos a otros ritmos. Nada de esto es fortuito, y los culpables no somos ni las comunidades indígenas, ni tú, ni yo, ni Maduro. Se trata del nuevo, lento pero seguro, genocidio planificado por los dueños del mundo, pues absolutamente ningún pueblo es capaz de sobrevivir por mucho tiempo luego de perder su cultura alimenticia, mientras que sí logran ganar las más arduas batallas cuando la mantienen, ahí tenemos el caso de Vietnam.

Ante esto, yo he decidido (de forma irresponsable o no)  olvidar para siempre aquellos récipes e iniciar la búsqueda de eso que hoy los “jipis” llaman “alternativas”, pero que en realidad son la opción original. Y como la salvación jamás pasa por lo individual, me arriesgo a invitarlos a sumarse al ring de los cuestionamientos. Seguiremos.

 

6 Comentarios en El Último Round / Una vida entre Guerras

  1. Hola Jessica. Te invito a que busques al doctor Carlos Alvárez. Él tiene unos planteamientos muy cercanos a los tuyos en cuanto a medicamentos, hábitos alimenticios y como esto lo unico que alimenta es al sistema que te vende basura comestible para después tenerte adicto de por vida a los medicamentos y a la comida basura. Su instagram es @drclab , te invito a que lo busques, también tiene videos en Youtube

  2. Uy si, tienes razón, ahora incluso los médicos aconsejan tomar omeprazol(Lansoprazol,Esomeprazol, etc, etc) hasta para acompañar el ibuprofeno o el acetaminofen. En diciembre me dio dengue y hasta inyectado me lo querían poner. Sin hablar del monton de gente medicada con "gastritis" que en realidad lo que tiene son malos hábitos, por ejemplo: Más del 75% de la población MUNDIAL es intolerante a la lactosa, pero a ningún doctor se le ocurre decir: epa, deja de tomar leche y la ulcera puede que desaparezca, ja. En fin… Saludos y gracias por la lectura!

  3. Por casualidad me topé con este artículo, todo es un circulo vicioso donde las grande empresas son las beneficiadas, es muy simple la suma: empresas alimenticias+empresas de medicamentos= a consumidores enfermos que siempre seguirán siendo los sombies sometidas es estás dos grandes industrias…

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