Chávez, o la lucha contra la Venezuela flotante

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El de Chávez no fue el único y ni siquiera el primer proyecto de superación de eso que, con más ligereza que tino, suele llamarse “colapso” o “fracaso” del capitalismo rentístico. En realidad fue el último. Solo que tuvo la fortuna de atravesarse en el camino de los otros, pero sobre todo, del que había logrado instaurarse como alternativa de “nuevo” modelo de país.

Y decimos “nuevo” porque antes de otra cosa se trataba del mismo viejo modelo, solo que peor en muchos aspectos. Particularmente en uno: en la manera de internalizar, de normalizar, de hacer ver como algo natural el que la sociedad estuviera dividida en un sector mayoritario que debía acostumbrarse a malvivir a la intemperie, para que otro minoritario pudiera hacerlo en medio de privilegios, por lo general mal habidos.

Para entender esto hay que retrotraerse hasta dar con el que ha sido –con el que es– el sino de la historia venezolana: un país conquistado y colonizado por piratas y mercachifles ignorantes, que lograron con mucha ambición y pocos escrúpulos constituirse en la casta dominante. Pero una casta dominante que, no por tal, necesariamente actúa como cuerpo, sino que vive en permanente tensión, pues le cuesta un mundo conciliar sus intereses inmediatos y mucho más aún hacer espacio al resto de la sociedad. En lugar de ello se lanzan como aves de rapiña sobre la riqueza, forzosamente se devoran entre sí, y lo que es peor, canibalizan al país entero en dicho proceso.

Fue exactamente esa actitud la que acabó con la Gran Colombia. La que desencadenó en la cruenta Guerra Federal, cientos de guerras caudillescas e inspiró una dictadura sanguinaria que ocupó casi toda la primera mitad del siglo XX. La misma que motivó el golpe de 1945, el de 1948 y sostuvo una nueva dictadura milico-empresarial que duró toda una década. La que sostuvo el pacto de Punto Fijo sobre la traición a quienes combatieron la dictadura y la persecución a todo el que se les oponía. Y fue esa misma actitud la que motivó saqueo al país durante las dos últimas décadas del siglo XX, que condujo la masacre de 1989 y causó todo el desastre social, político, económico y cultural de la década de los 90.

Cuando Chávez insurge en el horizonte político venezolano lo hace contra ese proyecto protagonizado por los descendientes de quienes habían arruinado al país, los cuales querían salvar lo poco que quedaba de él, pero para sí mismos. Para ello llevaron la opulencia y la rapacería de sus antepasados a un nivel superior, preocupados, eso sí, por contener por la vía que fuese el conflicto sociopolítico derivado, ya que necesariamente esto suponía que el gran resto de los venezolanos y venezolanas quedáramos al margen. Pero más aún: que asumiéramos que no teníamos otra opción que quedarnos al margen, entre la exclusión, la violencia, el desempleo o el empleo precario, la desnutrición, el analfabetismo, la no escolaridad y todo lo demás.

A finales de la IV República se popularizó un término burocrático, pero muy poderoso en su significancia, que expresaba la condición de existencia de miles de jóvenes que habiéndose graduado de bachillerato no podían sin embargo acceder a la universidad pública. Los llamaban Población Flotante, pues se hallaban precisamente como flotando en un limbo institucional sin otra opción que no fueran rogarle al Estado que les diera un cupo en alguna universidad. Por lo general esto no pasaba, siendo que la mayoría terminaba frustrada ante la imposibilidad de hacer estudios. Pero el tema es que en realidad no eran los únicos “flotantes”, los venezolanos y las venezolanas de entonces éramos todos y todas flotantes de algo: de la educación, pero también de la salud, de la alimentación, de la seguridad y ni qué decir de la cultura y la recreación.

Esa Venezuela para los poquitos acomodados o, en el mejor de los casos, para los suficientemente vivos, oportunistas o con talento para abrirse espacios a empujones y pasando por encima de los demás, sufrió un duro revés en diciembre de 1998, cuando el presidente Chávez llegó a la presidencia de mano de los excluidos. Sin embargo, no murió allí. Todo esto es historia reciente, conocida: inmediatamente sus protagonistas –empresarios mercachifles, periodistas tarifados, intelectuales de la banalidad, políticos corruptos, sindicalistas ídem, más una periferia pequeña pero muy activa de beneficiados indirectos del festín de estos, por lo general reunidos en torno a los sectores medios– se reorganizaron. Sabotearon la Constituyente, pero no pudieron evitarla. Siendo que más tarde darían un golpe de Estado exitoso, inmediatamente derrotado por un contragolpe popular, solo para luego irse a por todas en un sabotaje petrolero que casi acaba con el país, de no haber sido vencido nuevamente por la respuesta popular institucional. Desde entonces, no han cesado en su empeño.

La Venezuela que se construyó en la última década, la que legó Chávez, surgió como respuesta a esta vieja Venezuela, por lo cual no pudo ser concebida sino para todos y todas. Se dice fácil, pero fue la Venezuela que eliminó junto con el analfabetismo, que pasó a ser el país más exitoso en la lucha contra el hambre a nivel mundial y pionero en cumplir las metas del milenio. Es el país con la segunda tasa de matriculación universitaria a nivel regional y el quinto del mundo, contando para ello con un sistema educativo público y gratuito. Lo mismo que uno de los que cuenta con los índices de desempleo más bajo. En resumen: el país que acabó con el fantasma de la Venezuela flotante, del país con sus ciudadanos excluidos del ejercicio de todo derecho básico.

Pero como aquel viejo país no murió del todo, de alguna manera se las ha arreglado para volver con sus ideas, con sus mañas, con sus taras y atavismos, con sus antivalores e incluso con varios de sus protagonistas más conspicuos. Un poco como pasa en esas películas donde un buen día una masa de zombies se levantan para atormentar a la gente y devorarlas si no las contagian para ponerlas a penar igual. Es la Venezuela atávica de la población flotante, que como no ha podido retornar por la vía legal ni restaurar su proyecto de país desde el Estado, lo está haciendo de facto desde los anaqueles, dejando por fuera de todo derecho a los venezolanos y venezolanas. Y es que, cuando se nos confisca el salario por los precios especulativos, cuando se nos esconden los productos para que no los podamos encontrar o para tener que pagar vacuna por ellos cuando los encontramos, cuando se devalúa la moneda por la vía del hecho como se viene haciendo, cuando se promueve y justifica el contrabando, la fuga de capitales y de cerebros, entre otra serie de cosas, lo que se está haciendo es precisamente eso: restaurando el país-botín que no ha terminado de ir al costo de sacrificar el país-para-todos-y-todas de la última década.

Lo más paradójico es que, para mejor hacer esto, los cabecillas y propagandistas del viejo país-botín idearon una campaña dirigida a convencer a propios y extraños del fracaso e insostenibilidad de la nueva Venezuela, la de todos y todas, basándose precisamente en sus éxitos más que en sus fracasos. Y en buena medida lo lograron, pues parte de su avance se debe a la manera como minaron la confianza y el entendimiento de muchos llamados a defenderla. Así las cosas, la democratización del consumo ha sido satanizada como consumismo; la improductividad e ineficiencia de los sectores mercachifles incapaces y ni siquiera dispuestos a producir para sostener dicha democratización reinterpretada como exceso de demanda; la distribución más equitativa de la riqueza como populismo, la inclusión como asistencialismo, y así sucesivamente.

Es por esto que entre propios hoy día habita la misma sensación común al pensamiento oposicionista más recalcitrante de culpar a Chávez de todo lo que estamos viviendo. El problema es que esa “hipótesis” no resiste el menor análisis, si bien lamentablemente lo único que hace falta para que se convierta en “tesis” es la repetición mediática constante, alimentada por las ambigüedades e inconsistencias nuestras. Y cuando decimos “nuestras” no nos estamos refiriendo exclusivamente al gobierno ni tampoco a los chavistas. Nos estamos refiriendo a toda la gente de bien, sobre todo a los asalariados y asalariadas, que vimos mejorar nuestro nivel de vida y ampliarse el horizonte de expectativas para nuestros descendientes y que hoy somos especulados, monetaria, comercial e ideológicamente, para hacernos retroceder, para devolvernos a “nuestro” lugar marginal.

Hoy en el cumpleaños del comandante Chávez es un buen momento para pensar en estas cosas. En la Venezuela de la cual venimos, la que logramos conquistar y la que estamos perdiendo en manos de los vivos, de los peores, de los ladrones y los corruptos. Y para decidir qué vamos a hacer: ¿se la vamos a entregar a estos para dejar sin futuro a nuestros hijos e hijas?, ¿o la vamos a defender para que eso no pase, obligando en ese camino al gobierno, si es preciso, a hacer lo mismo? Lo que estamos padeciendo no se trata exclusivamente de que aparezca o no el litro de leche, el kilo de pan o los pañales y a qué precio. Se trata de eso, pero también de cuál país queremos tener y ayudar a sostener. Y que no puede ser otro distinto al de la no naturalización de la vida a la intemperie, de la no normalización de la exclusión, es decir, que no puede ser otro que el de la Venezuela de todos y todas que construimos junto a Chávez, con todo lo que eso implica en medio de un mundo lejano y cercano (incluso vecino), que marcha decididamente en la dirección contraria.

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