El Último Round / El arte de patear las calles

J2S

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Cuando yo era chama mi vieja solía recorrer decenas de tiendas antes de concretar sus compras, sin importar qué rubros buscase, ni que a veces terminase adquiriéndolos en el primer local al que habíamos entrado. Tampoco la hacían desistir aquellos desdichados instantes en que, algunas cuadras después de haber efectuado la compra, la veía más barata. Yo, como toda niña, odiaba esos maratones, y ella, como toda madre pelabola y líder de eso que llamamos hogar, insistía (y jamás ha dejado de hacerlo) en la importancia de “caminar”, “buscar opciones”, “comparar precios”, un largo y, para mí, incomprensible etcétera, que aparentemente “con el paso de los años” yo iba a entender.

El tiempo transcurrió impasible y mi vida laboral cogió vuelo, sin embargo, yo seguía sin comprender a profundidad aquella práctica, quizás por un par de razones básicas: yo aún no era cabeza de familia ni sabía de qué iba “llevar las riendas de una casa”, pero además mi poder adquisitivo, como joven, era bastante bueno como para estar dando vueltas por “unos poquitos bolívares menos”, con tonito despectivo incluido.

Pero como la historia (personal, nacional, mundial) no es una línea recta, pues llegaron los cambios, avances, repliegues y hasta aparentes “retrocesos”: hoy me estoy mudando, los precios padecen distorsiones diarias, y el sueldo no me alcanza (ni mis horarios laborales me permiten hacer colas). ¿Serviría de algo aplicar la vieja estrategia materna ahora? ¿Cómo? ¿Para qué? El primer punto (la mudanza) pareció aclarar esta duda.

Las mudanzas de nosotros, los que no tenemos real, suelen ser traumáticas, en especial por los motivos que realmente las generan: aumentos en el alquiler, estar hacinados, ser víctimas de intentos de desalojo, entre otros. Por ende, terminamos viviendo en “esto es lo que conseguí”: espacios complejos, cajitas de fósforos, lugares que se caen a pedazos y que uno poco a poco va transformando, con más imaginación y amor que dinero, en espacios dignos y, ¿por qué no?, hasta bonitos (de eso hablaremos después).

En el proceso han ido surgiendo algunas necesidades nuevas: canillas, niples, codos, sócates, y un sinfín de “cositos” (anoten el término) que una empieza a parir (no hablaremos de la cocinita de una hornilla, prestada, ni de la cava de anime y la vecina a la que le pides que por favor te haga el hielo). Fueron precisamente estos nuevos requerimientos los que me hicieron salir de la resignación en la que me había sumergido el creer que patear calles ya no funcionaba pues de repente me pareció que los precios de los productos (básicamente alimenticios), además de elevados, se habían estandarizado, para finalmente comprobar que la cosa no es tan así. Fíjense:

Un niple de 5 cm puede variar, según la ferretería, de los 1.100 bolívares a los 200. Así como hoy comprar en el oeste de la ciudad o en los supermercados sifrinos no es necesariamente una garantía de nada. La semana pasada vi en un “Gama Express” el kilo de lechosa en 480 bolívares, mientras que en mi visitada “feria de los gochos” lo tenían en 700, pero la yuca en el mismo establecimiento estaba en 2.520 bolívares, mientras que en la economía informal de las Fuerzas Armadas ya volvió a los 600 bolívares.

Los niples tienen presentaciones “galvanizadas”, así como los alimentos están “enriquecidos con vitaminas tal”, son “ligeros”, o hasta se cree erróneamente que mientras más grandes y brillantes son mejores, pero al echarles un ojito notamos que la cosa no es así, ni remotamente.

Además si en la búsqueda del niple usted va y pide “un cosito chiquito que es como así” lo más probable es que se aprovechen de su falta de conocimiento y se lo enyuquen a 2.000 bolívares, así como también nos joden por no conocer las temporadas, los requerimientos, formas de producción, etc, de los alimentos y lo que podemos o no hacer con cada uno de ellos, al punto de lograr que algunas personas terminen creyendo o argumentando que el precio del plátano o de la yuca, que crece como monte, que se adecúa a casi cualquier ecosistema, que posee altísima tolerancia a la sequía y a las plagas, y que es uno de los tubérculos que más rinden por área, aumentó por la “falta de producción nacional” o la “ineficiencia estatal”, sin notar que el incremento se dio únicamente porque el pueblo venezolano empezó a usarla como una opción ante la falta o encarecimiento de alimentos a base de trigo, arroz o maíz, y el comercio se aprovechó de eso.

Les cuento algo; hace unos tres años la alarma de mi carro “se volvió loca”, por ende, y siguiendo consejos, fui a Bello Monte, a ver dónde me la reparaban. Mi explicación era esa: “Buenas tardes, señor. Mire, usted sabe que la alarma de mi carro se volvió loca, y yo necesito que…”, acto seguido los tipos me miraban de arriba a abajo, y lanzaban cualquier precio al aire. El accionar era muy evidente. Arrecha, pero sin ganas de pelear, le pedí a un pana que me hiciera la vuelta, el carajo fue exactamente a las mismas tiendas, y en todas le estaban cobrando menos de la mitad de lo que me dijeron a mí. El mercado es como el sistema en el que se desarrolla: machista y experto jodiendo a quien por sus condiciones impuestas o desconocimiento lo permiten. Desde ahí, yo he optado por lo más sano y necesario, es decir, intentar conocer todo aquello que me incumbe: si usted come y se viste usted mínimo debe saber de dónde sale ese alimento y esa ropa, si usted maneja un carro usted debe saber cómo funciona, si usted busca un niple usted debe saber qué coño es un niple, así sea a punta de google, del comodín de llamar a un amigo, o de la increíble labia venezolana que puede lograr hacerlo ver como un experto en casi todo. El estatus ideal sería que si usted come usted produzca su alimento, si usted se viste usted al menos se cosa la ropita interior, si usted tiene un carro usted sepa repararlo, si usted vive en una casa usted la construya, pero al sistema no le conviene y por eso nos ha ramificado, nos ha hecho creer en la división del trabajo, y ha privatizado el conocimiento para ponerle valor.

Pero cuando usted tiene en su mente que debe conseguir un niple, usted empieza a visualizar los mil y un establecimientos donde podría encontrarlo, y a percibir que existen algunos por donde usted transita a diario sin siquiera notarlos, además empieza a ver cosas que “pudieran hacer la función de un niple ¿no?”, pues lo mismo ocurre con la comida, ante la escasez o especulación usted empieza a mirar detalladamente cada rubro hasta darle la vuelta: ¿cómo quedara tal receta si sustituyo esto por aquello?, ¿esto me servirá para hacer tal cosa? Hasta que llega con firmeza el “voy a intentarlo”, y la cosa sale hasta bien, razón por la cual portales web como La Patilla andan realizando reportajes titulados: “El consumo de arepa pelada causa daños intestinales”, en busca de encarecer o satanizar nuestras alternativas a través del miedo.

En estos días (y arriba hablaba sobre la bonitura del espacio donde vivimos) me descubrí preguntando: ¿todas las lámparas de una casa tienen que ser iguales? Para minutos después sentirme, internamente, avergonzada por mi cuestionamiento. Su casa puede ser como a usted le dé la gana que sea, y no bajo la lógica de la propiedad privada (“es así porque esta vaina es m-í-a”), sino bajo la lógica humana: si hay luz ¿qué importa cómo sean las lámparas? Bueno, si usted come y realmente obtiene los nutrientes necesarios, ¿qué importa que el jugo sea de mango y no de manzana chilena? Ah, que a usted “le gusta” más el de manzana ¿Por qué? ¿Dónde está el origen de nuestros gustos? ¿Cuántos no son sutiles e imperceptibles imposiciones del mercado? Como esa de tener una casa con lámparas, y si son iguales mejor (de esto hablaremos en nuestra próxima entrega).

Probablemente el saber y hacer esto no logrará cambiar nada, pero al menos nos conducirá al entendimiento real de la situación y también nos hará sentirnos un poquito menos estúpidos (esa sensación que satisfacía a mi vieja cuando después de caminar 200 cuadras sentía la seguridad de haber comprado la mejor opción). En especial porque en estos tiempos es de valientes ver las cosas desde otro ángulo y mantenerlo aun y cuando se vaya la crisis. Yo, juro hacerme militante del arte de patear las calles, aunque mis futuros hijos tampoco lo consigan entender. Seguimos.

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