Otro final para Bola de Sebo / Yanuva León

bolasebo

Artículo cortesía del portal Cultura Nuestra

Por: Yanuva León

La burguesía occidental ha levantado suficientes barreras y alambradas para no temer realmente la competencia de aquellos a quienes explota y desprecia.

Frantz Fanon

¿El retorno de las tinieblas?

La composición orgánica de Caracas permite la coexistencia de realidades diametralmente antagónicas, de intensa textura y de contrastes impensables en otras ciudades, que o son  caricaturescamente “apacibles” unas, o de insoportable aliento distópico otras. Esto es porque la ciudad no presenta estructuras que separen radicalmente a los ricos de los pobres; no fue planificado por profesionales del urbanismo su precipitado “desarrollo”, profesionales que generalmente se encargan de acomodar bienestar y penuria, abundancia y carencia, sin que entre ellas se estorben.

Hace unos días, de camino a casa, cerca de las 4 de la tarde, me encontré con que la calle que da de la estación del metro Bello Monte a la siguiente esquina estaba colapsada de carros. Pero no lo estoy diciendo bien, carros no es suficiente para referirme a aquellos aparatos, que son más bien un desatino de lujo sobre ruedas, un festín de variado y colorido fasto. Tanto, que al verlos es difícil recordar que fueron creados como medios de transporte, cualquiera que los ve entiende que lo de “transportar” quedó al final de una larga lista de “necesidades”, en la que ostentar debe ser, sin duda, lo primero. Al día siguiente, hacia la misma hora: idéntico espectáculo. Incluso se sumaron personajes nuevos, dos muchachos vestidos de pantalón negro, camisa blanca y corbata también negra, corrían de un lado a otro, en un afán casi ridículo por organizar aquel opulento desorden. Me aguijoneó una intensa curiosidad, debo confesarlo. Averigüé, y un amigo que vive cerca me soltó por teléfono, indignado, de qué va la cosa. Hace unos meses abrieron una panadería, en la que no he comprado ni compraré nada, pues los precios de todo lo que ofertan son astronómicos, comparados con el resto de precios del mercado (de por sí elevadísimos hoy día) es como colocar un caballo purasangre junto a un perro pequinés. Esa panadería, al fondo, bien profundo, cuenta con un bodegón. Sí, no un abasto, ni una bodega: un exquisito bodegón. Los dueños, en estos momentos críticos de escasez y desabastecimiento de comida, tuvieron la formidable idea de importar ciertos productos para atraer distinguida clientela, pues solo es posible para “distinguidos clientes” derrochar lo equivalente a un salario mínimo en un pequeño pote de mayonesa. He allí la miel que atrajo a semejantes moscardones. Arroz, mayonesa, salsa de tomate, mantequilla, aceite, pasta, enlatados diversos, azúcar, y otras delicateses importadas desde Estados Unidos y otras lejanas latitudes. Pero, debo resaltarlo aunque parezca que está de más: con lo que un cristiano común compraría ocho o nueve unidades de salsa de tomate en cualquier otro lugar, allí le alcanzaría para una, si es que le alcanza. En circunstancias de guerra a los burgueses se les amplía mucho más el espectro de posibilidades para ostentar, no se trata simplemente de acumular capital, sino de disfrutarlo ruidosamente y, por supuesto, disfrutar ruidosamente que poquitos pueden hacerlo.

A dos cuadras de ese “bodegón” queda el edificio donde vivo. También desde hace unos días vengo notando allí una dinámica que ha llamado mi atención, por triste, por tremendamente desoladora. En el primer piso de ese edificio está ubicada una panadería, pero esta sin ninguna particularidad destacable, es una panadería que especula y roba a sus clientes casi lo mismo que todas; quizás un tantito más, pero se mantiene dentro del estándar. Frente a ella un árbol. Debajo de este árbol siempre colocan abultadas bolsas de basura. He visto reiteradas veces figuras dolientes consumiendo lo que encuentran en ellas. Vi a un niño de aproximadamente 12 años, se agachó frente a las bolsas sin dudarlo, como quien está habituado a hurgar entre los desperdicios del “prójimo” desató un nudo, luego otro, removió con ligereza, se llevó algo a la boca, lo masticó poco, lo tragó rápido y continuó buscando. Me detuve a mirar, pero no propiamente mirando, fue más bien dejándome ganar por el trance de un enorme desconcierto, de un pasmo que me lanzó de espaldas contra un barranco de imágenes lejanísimas, todas espeluznantes. Es que yo alcancé a vivir la Caracas de infancia noctámbula y huelepega, vi niños deambulando en harapos los laberintos de calles violentas, con las sonrisas transfiguradas en muecas de hastío, de hambre, de miseria. Yo vi, caminando tomada de la mano de mi abuelo por el boulevar de Sabana Grande, cardúmenes de niños, de niñas, como era yo entonces, arrebatados por la histeria del abandono absoluto. Fue así como entendí que debajo de la pobreza hervían más capas de pustulienta realidad y me sentí privilegiada siendo pobre, me sentí al mismo tiempo avergonzada sin tener claro de qué o por qué. Luego vino, en 1999, la promesa de Chávez: en Venezuela no habrían más niños en situación de calle. Y cumplió, ¿quién podría negarlo? Rápidamente desapareció en los primeros años del siglo naciente aquella realidad medieval a la que muchos se habían resignado. Ahora este niño, frente a mí, venía a gritar desde un silencio de espanto lo que significa el retorno de las tinieblas, no es otra cosa sino un augurio apocalíptico, lo asumo así, con desazón y pánico.

Ambas escenas, separadas apenas por unos cuantos metros, sacudieron alas de zamuro contra mi ánimo. He pasado de la indignación a la ira, de la ira a la frustración, de la frustración a la tristeza. Me descubrí abatida, comparando a Venezuela con Isabel Rousset, la joven francesa, humillada, hambrienta, en aquel carruaje bajo el invierno feroz, usada y maltratada por un grupo de burgueses malagradecidos (y perdonen el pleonasmo).

El drama de Isabel Rousset

Por el año 1880 el escritor Guy de Maupassant publicó un cuento titulado “Boule de Suif”. En español: “Bola de Sebo”. El argumento del relato se desarrolla durante la ocupación del territorio francés por parte del ejército prusiano, como consecuencia de la guerra entre el Segundo Imperio Francés y el Reino de Prusia, este último con apoyo de la Confederación Alemana del Norte. El narrador empieza describiendo con pausado ritmo la marcha del ejército derrotado:

“Los últimos soldados franceses acababan de atravesar el Sena buscando el camino de Pont-Audemer por Saint-Severt y Bourg-Achard, y su general iba tras ellos entre dos de sus ayudantes, a pie, desalentado porque no podía intentar nada con jirones de un ejército deshecho y enloquecido por el terrible desastre de un pueblo acostumbrado a vencer y al presente vencido, sin gloria ni desquite, a pesar de su bravura legendaria.

Una calma profunda, una terrible y silenciosa inquietud, abrumaron a la población. Muchos burgueses acomodados, entumecidos en el comercio, esperaban ansiosamente a los invasores, con el temor de que juzgasen armas de combate un asador y un cuchillo de cocina”.

Toda guerra deja tras de sí un panorama como este. Aunque, como sabemos (y vaya que hoy, más que nunca, lo sabemos), no todas las guerras son desplegadas con fusiles y arcabuces, con armas de fuego y bombas explosivas. La historia de Maupassant toma este fondo histórico para relatar la huida de diez personas que, con un salvoconducto, emprenden viaje desde la ciudad de Ruan hacia Le Havre, todos en un mismo carruaje. Están tres acaudalados matrimonios que pretenden poner a salvo sus respectivas fortunas: el señor y la señora Loiseau, almacenistas de vinos; el señor y la señora Carré-Lamandon, bien posicionados en la industria algodonera, dueños de tres fábricas y él diputado provincial; el conde Hubert de Breville y la condesa, este conde descendiente de uno de los más nobles y antiguos linajes de Normandía y colega del señor Carré-Lamandon en la diputación provincial. Las otras cuatro personas: dos monjas; Cornudet, “fiero demócrata”, hijo de un antiguo confitero; y la joven Isabel Rousset, mujer “de las que llaman galantes”, es decir, prostituta cortesana. A Isabel Rousset la conocen como Bola de Sebo, por su gordura precoz. El narrador la describe así: “eran sus ojos negros, magníficos, velados por grandes pestañas, y su boca provocativa, pequeña, húmeda, palpitante de besos, con unos dientecitos apretados, resplandecientes de blancura”.

No es para sorprender la acogida que le dan a la muchacha en aquella diligencia. Las miradas y comentarios despreciativos surgen como florecillas en el fango. Pero, lo que se esperaba fuese un viaje rápido, se complica por el mal clima, de modo que la parada que casi todos tenían prevista para comer, en una posada del camino, se ve retrasada durante largas y tortuosas horas que aprovecha el hambre para acecharlos y morderlos con indolencia. La única que iba preparada con una cesta de alimentos era Bola de Sebo, quien, a pesar de los desplantes de sus compañeros de travesía, comparte de buena gana todo lo que llevaba. Luego, entrada la noche llegan a la posada y los recibe un oficial prusiano. La incomodidad y el temor se apoderó de los viajeros. Sobre todo cuando a la mañana siguiente el insolente alemán les impide continuar su camino, pues está decidido a dormir con Bola de Sebo, aunque ella ha sido categórica en su rechazo. La chica no soportaba la idea de acostarse con un enemigo. De modo que se trancó el juego, no podrían partir hasta que el oficial no viese cumplido su caprichoso deseo. Poco a poco empiezan a desesperarse y el sentimiento que en un principio calificó de grosería inaceptable la intransigencia del alemán, se fue tornando en odio contra la mujer que no cedía en su negativa. La juzgaban culpable de un contratiempo que ponía en riesgo, no solo la continuidad del viaje, sino sus vidas si acaso se diera en esa zona una próxima batalla. Aunque cavilaron la posibilidad de amarrarla y ofrecerla contra su voluntad, como se ofrece un puerco a los dioses, las buenas gentes convienen que es mejor convencer a la muchacha de sacrificarse voluntariamente por el bien común. Incluso las monjas, siempre aferradas a sus respectivos rosarios, participan en los dulces discursos que terminan por manipular a la moza, ablandando y deshaciendo su resistencia. Finalmente pueden partir. Minutos antes de abordar el carruaje, cuando aparece Bola de Sebo “algo inquieta y avergonzada”, es fríamente despreciada y repudiada por los mismos que un día antes habían sido para ella todo mieles y consejos. Ya al rato de camino, volvió el hambre a ladrarles muy de cerca, pero esta vez la muchacha (como es lógico) no había tenido tiempo de preparar su cesta de comida. En cambio los tres matrimonios burgueses, las dos monjas y el demócrata sacaron sus avituallamientos. Todos comieron con ofensivo desparpajo frente a ella, sin ofrecerle ni un bocado:

“Ninguno la miró ni se preocupó de su presencia; sentíase la infeliz sumergida en el desprecio de la turba honrada que la obligó a sacrificarse, y después la rechazó, como un objeto inservible y asqueroso (…) Pero sus furores cedieron de pronto, como una cuerda tirante que se rompe, y sintió pujos de llanto. Hizo esfuerzos terribles para vencerse; irguióse, tragó sus lágrimas como los niños, pero asomaron al fin a sus ojos y rodaron por sus mejillas. Una tras otra, cayeron lentamente, como las gotas de agua que se filtran a través de una piedra; y rebotaban en la curva oscilante de su pecho. Mirando a todos resuelta y valiente, pálido y rígido el rostro, se mantuvo erguida, con la esperanza de que no la vieran llorar”.

Aunque sea difícil y cueste

Cuántos pueblos han encarnado el drama de Isabel Rousset, forzados a doblarse ante los intereses mezquinos de la clase burguesa, del poder militar y eclesiástico e incluso de la hipocresía de sectores que dicen defender ideas revolucionarias favorables a la equidad social, pero que en realidad no logran dejar de lado sus prejuicios y contradicciones. El escritor francés metió todos esos arquetipos en un carruaje, lo echó a andar y más de 130 años después, incluso lejos de la Europa invernal, permanece vigente la fuerza simbólica de su trabajo.

¿Acaso no ha sido ofendido frenéticamente el chofer de autobús, la cocinera de piel curtida por el vapor de su trajín, el albañil que muestra su golpeada dentadura? ¿No ha sido despreciado hasta el hartazgo el mesonero, la maestra de escuelita, el campesino sin tierras? ¿Las clases económicamente dominantes no han demostrado década tras década, generación tras generación y por los siglos de los siglos, una incontenible repugnancia hacia la clase que en sus telenovelas reconocen como chirusa, pataenelsuelo, pepenadora, marginal, andrajosa, y que Fanon designa “los condenados de la tierra”? Cabrea la burla, el irrespeto y el cinismo. En especial porque el tipo de “nuestra” burguesía es el más parasitario entre todos. No produce absolutamente nada, no tributa ni un tilín al avance tecnológico o industrial del país, como piojos regordetes estos burgueses “con sabor venezolano” succionan y succionan la sangre de una economía que en gran medida ellos mismos han signado al rentismo petrolero y chupan también con avidez la sangre de millones de gentes que salen todos los días a partirse el lomo trabajando.

Venezuela lleva tres años negándose a la infamia de quebrar su dignidad. Multiplique por 365 cada día que Bola de Sebo se vio presionada por las “gentes de bien” a ceder ante el horror y tendrá un saldo parecido a la angustia que mantiene en vilo a este pueblo. En una misma cuadra, esta ciudad que me acoge, permite ver las dos caras de la moneda a quien se atreva a mirar. Mientras unos pocos quedan atascados en un tráfico de suntuosa parafernalia, azorados por el anhelo de adquirir lechita condensada o mantequilla importadísimas, en la misma manzana cada vez son más los que intentan calmar su hambre, física hambre, con lo que encuentran en la basura. Ambas situaciones están directamente relacionadas, aunque entre una y otra exista un sinnúmero de circunstancias que completan un complejo claroscuro social. No es necesario ser un experto en Economía para saber que el enriquecimiento de uno significa el empobrecimiento de muchos. No es cierto que “todos” estamos padeciendo la crisis como algunos profesan a voz en cuello, ni que a “todos” los venezolanos nos une hoy un triste derrotero, de hecho, los responsables de las miserias a las que estamos sometidos las mayorías (porque eso sí es cierto, los jodidos siempre somos más) están hinchando sus arcas, y esos responsables son, principalmente, empresarios, comerciantes y dirigentes políticos corruptos.

En el cuento de Maupassant, la muchacha termina doblegando su entereza ética (es preciso decirlo, respondía a una resolución ética y no moral su negativa a compartir lecho con el oficial prusiano, es importante resaltarlo, insistir en ello), y lo doblega por la presión que ejercen sobre ella quienes siempre la desdeñaron, por confiar en unos discursos “con rebuscamiento de frases ocultas y rodeos encantadores, para no proferir palabras vulgares”, según palabras del narrador. Pero también, en cierta medida, lo hace por llegar a sentirse parte de un grupo que nunca la reconoció como igual, por llegar a creer que verdaderamente era ella la responsable de la situación y la llamada a salvar de incomodidades y de un destino funesto a sus “compañeros” de camino. Mil veces peor que eso es el tormento de voces que en estos momentos está azuzando al pueblo venezolano dentro y fuera del territorio nacional, para que se desboque en acciones que únicamente favorecerán a su enemigo histórico, enemigo que luego de la tormenta y logrado el cometido, como en el relato, seguirá repudiándonos y ni siquiera nos lanzará un hueso. Aunque sea difícil y cueste, no debemos aceptar la opción de doblar las rodillas de nuestra dignidad.

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