Pedagogía del Especulado / ¿Un momentáneo lapso de razón?

razon

Por: Luis Salas Rodríguez

Un querido profesor, muy capitalista él, pero de la ya casi extinta ala sensata (de la escuela postkeynesiana no bastarda), solía explicar en clases el dilema salario-precios recurriendo a una parábola un poco odiosa, pero bastante gráfica: la de los lobos capitalistas y las ovejas trabajadoras.

La misma va más o menos así:

Todos los capitalistas son como los lobos, que por razones obvias quieren comerse a las ovejas. Sin embargo, en el fondo, saben que no pueden devorarlas todas como su instinto les dicta, porque si se las comen todas, al final se quedarían sin nada y morirían de hambre. “Los capitalistas desean que la clase obrera trabaje gratis, que produzca al máximo y sin remuneración alguna. Sin embargo, hasta el esclavista más salvaje sabe que si el esclavo no se alimenta se muere, por ende, no produce, por eso se ve forzado a darle alimento y agua. De la misma manera hasta el capitalista más miserable sabe en sus adentros que si el trabajador no se alimenta tampoco produce, motivo por el cual debe garantizarle un salario al menos de subsistencia que le permita tener condiciones mínimas de existencia (alimentarse, vestirse, etc.). Esa es la cara opuesta de la ley de hierro de los salarios de la que hablaba David Ricardo. El patrón debe, muy a su pesar, remunerar al trabajador. No es benevolencia sino conveniencia. Pero, además, contrario a los esclavos, los trabajadores asalariados modernos son al mismo tiempo consumidores de las mercancías que los capitalistas venden, siempre y cuando tengan un salario. Les pagan para que ellos puedan comprar y devolverles, ahora como consumidores, ese dinero. Eso fue algo que Henry Ford –lobo entre los lobos– entendió muy rápido y muy bien: no es posible que solo los ricos nos compren las mercancías que producimos, pues por más plata que tengan y derrochadores que sean, siempre serán una minoría ante la cantidad de trabajadores existente”, me decía al finalizar cada clase.

“El problema –terminaba razonando el profe– es similar a aquella parábola de la rana que ayudó a cruzar al alacrán y luego este la picó porque no puede resistirse, porque esa es ‘su naturaleza’. Bueno, a los capitalistas la naturaleza les dicta comerse a los asalariados, no se pueden aguantar. Quizás pasen un tiempo sin hacerlo, pero inevitablemente lo harán. Y es entonces cuando vienen las crisis y todo se desmadra, incluso para buena parte de ellos…”

El hecho es que recordé estas lecciones apenas leí la noticia referente a la propuesta de “acuerdo” nacional para “el progreso y la paz en Venezuela”, planteada por una serie de organizaciones gremiales empresariales, desde el “thinktank” Cedice, hasta la inefable Fedecamaras. Pues, ¿cómo interpretar que luego de hacer todo lo que han hecho y decir todo lo que han dicho, ellos, precisamente ellos, nos salgan con que necesitamos un acuerdo “con el fin de preservar el empleo, las remuneraciones de los trabajadores, el poder adquisitivo, las contrataciones colectivas y la seguridad social”?

Y es que en la medida en que los profetas del capitalismo nos machacan todos los días con aquello de que los agentes económicos no pueden pensar en otra cosa que no sea su propio interés, que a los empresarios lo que les obsesiona es la maximización de sus beneficios, que lo que los hace tales y mueve al capitalismo –el mejor y más eficiente sistema económico habido y por haber, según ellos– es, de hecho, el egoísmo y el bien individual, siendo consecuentes con ese razonamiento y en el entendido de que todos los firmantes de la propuesta de “acuerdo” piensan de ese modo –lo que los lleva a justificar el contrabando, la especulación, el acaparamiento y demás delitos, pues los “incentivos” están por encima de cualquier otra cosa– uno no puede sino concluir que lo único que puede animarlos a proponer un acuerdo semejante para la recuperación del poder adquisitivo de la clase trabajadora asalariada, que ellos mismos han precarizado con sus acciones, es que dicha práctica basada en la especulación más salvaje que se haya visto, ahora los está afectando a ellos y esta vez no saben bien qué hacer.

No hay que ser un analista muy sesudo para darse cuenta de que la especulación contra el salario de los trabajadores dejó de ser un negocio para convertirse en un problema también para buena parte de los empresarios y comerciantes, por la consecuente caída de la demanda, las ventas y, por tanto, de las ganancias. O para decirlo en jerga de la escuela marginalista: la especulación comenzó a arrojar rendimientos decrecientes o francamente pérdidas, porque el nivel de ajuste especulativo de los precios supera por mucho la capacidad de ajuste salarial, lo que se traduce en una profunda caída del consumo.

Por acá llevamos tiempo alertando este fenómeno, incluso lo tratamos hace unas semanas atrás en esta misma columna en un texto titulado Los ajustes de precio… ¿y la demanda? En aquella ocasión hacíamos mención a lo contradictoria que resulta la política de ajuste de precios como método de estímulo de la producción y el crecimiento económico, pues en la medida que la condición de crecimiento de una economía como la venezolana dependa del estímulo a su mercado interno, pues, no se podrá levantar con una población sin poder adquisitivo suficiente para poder comprar.

Claro, nunca faltará un experto que diga que lo primero que se necesita para que se dé un mercado interno es que se produzcan los bienes a ser comercializados en dicho mercado, de manera que la economía no se “desequilibre” en razón de un “exceso de demanda”. Suena lógico. De hecho, ese es precisamente el punto sobre el cual gira toda la retórica de los ajustes económicos. Sin embargo, dicha retórica esquiva preguntarse algo muy sencillo: ¿por qué razón si los salarios y el gasto público decrecen y, en consecuencia, la demanda efectiva disminuye –lo que ocurre siempre con los ajustes– los empresarios contratarían nuevos trabajadores y crearían nuevos puestos de trabajo invirtiendo sus ganancias en aumentar una producción que luego será imposible vender, gracias, precisamente, a la contracción del consumo causada por el ajuste?

Pero independientemente de la discusión teórica, basta considerar algunos números bastante simples (esos que cualquier mortal con una calculadora y un poquito de memoria –o internet– puede sacar), es decir, las mismas cuentas que todos los asalariados y asalariadas de este país estamos sacando cada día cuando nos damos cuenta de que lo que ganamos no nos alcanza sin importar cuánto lo estiremos.

Por ejemplo, la canasta básica alimenticia. Si tomamos en cuenta los precios a los cuales la adquiríamos en el año 2012 y a los cuales la estamos adquiriendo actualmente podemos concluir que, en promedio, por obra y gracia de los flamantes firmantes del “acuerdo sociolaboral por la recuperación del poder adquisitivo”, se ha ajustado la misma en más o menos un 13 mil por ciento. De hecho, en un levantamiento que venimos realizando desde el Centro de Estudio de Economía Política de la UBV, en el caso de los productos regulados que conforman la canasta básica alimentaria, el ajuste vía desacato ha sido de alrededor 14 mil % hasta agosto de este año, y en el caso de los no regulados el ajuste “de mercado” es de 11 mil 500% aproximadamente.

Si a alguien le parece que esto es una exageración, pues que recuerde y calcule cuánto le costaba algo en 2012 y vea cuánto le cuesta ahora. Pongamos dos ejemplos: el queso blanco duro que en 2012 costaba 30 bolívares el kilo, ahora cuesta 5 mil quinientos en los automercados, abastos y charcuterías. Mientras que en el caso de la mortadela (producto no regulado) en 2012 costaba 25 bolívares y ahora cuesta 5 mil 700. Pero la reina de la especulación es la pasta de trigo, que en 2012 se conseguía a 5 bolívares y ahora puede llegar hasta a los 1.800, casi un 41 mil % más. Mientras que, en el mismo lapso, el salario mínimo se ha ajustado más o menos un mil por ciento. Matemática simple y pura: no hay salario para tanto precio, un hecho que los asalariados y asalariadas en nuestra condición actual de especulados y especuladas ya sabemos y padecemos, pero que ahora también lo saben y padecen algunos capitalistas, especialmente aquellos pequeños y medianos que atrapados en la fantasía de creer que comparten los mismos intereses que Lorenzo “Grey” Mendoza o las transnacionales, se suman como lobos a una cacería contra los asalariados en la que terminan devorados ellos mismos.

Entonces, lo que no podemos hacer nosotros, los asalariados y asalariadas, es dejarnos atrapar por la misma fantasía. Hoy, como nunca, debemos exigir y hacer valer nuestros derechos, incluyendo el de tener un salario digno, garantizado no por Fedecamaras y compañía, sino por la Constitución del 99, es decir, la bolivariana. Mientras que, por otra parte, es deber del Estado hacerlo cumplir, y en efecto ha venido luchando para no ser partícipe de la violación de un derecho constitucional, además porque es la única manera de reactivar nuestra economía.

En la parábola de los lobos y las ovejas una de las cosas que resaltaba mi profesor es que los primeros necesitan a las segundas, pero no necesariamente lo mismo aplica en sentido contrario. Mientras tanto, y para no entrar en una discusión que implicaría otra nota aún más extensa, alcanza con decir que en el momento en que como consumidores nos demos cuenta de que tenemos un poder mucho más grande del que creemos, estaremos en posición de invertir el aplique actual, que en parte es posible precisamente por la pasividad con que entregamos nuestro salario como si no valiera nada. Todo pacto o acuerdo solidario debe partir del ejercicio consciente por parte de la mayoría, de que nuestra condición no puede limitarse a la de eternos especulados sin remedio.

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