El Último round / Ya nadie nos pagará por eso

cuerda floja

 

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Durante mi época universitaria, trabajé un par de años en un call center y otros tantos en un famoso centro comercial del este de la ciudad de Caracas. Este último trabajo, aunque parezca contradictorio, fue el que sembró en mí la mayoría de los ideales que hoy me mueven. Por aquellos días yo me transformé en una carajita amargada a quien las 5 horas de trabajo se le habían convertido en una eternidad, y de paso perdía casi todos sus fines de semana, porque al patrón se le había olvidado mencionar que el horario de “medio tiempo” aplicaba solo de lunes a viernes, sábado y domingo eran 12 horas de trabajo diarias; una pendeja que a veces pretendía aprovechar la soledad y “repasar alguito para el parcial”, pero enseguida recibía el llamado de un supervisor, quien a través del sistema de grabación detectaba el libro y con su característica arrogancia preguntaba: “¿A ti se te paga por leer?”; una pendeja con una cistitis nacida al son de un “si cierras el local 5 minutos perderás los clientes”; pero que aun así se esforzaba por realizar las mayores y mejores ventas para ganarse un maldito 1% de comisión. Una chamita que cuidaba y peleaba los reales y los intereses que no eran y nunca serían suyos, pero de los cuales supuestamente salían las migajas que le permitirían terminar la carrera universitaria para seguir siendo una explotada, pero con título en mano.

Años después, durante el llamado “Dakazo”, no me sorprendieron ni un poquito las denuncias de aquellos trabajadores de Traki que relataban cómo antes de culminar sus jornadas laborales, los encargados los obligaban a desnudarse en los probadores para revisar que no se estuvieran robando nada. Tampoco me asombra la escena que se repite todas mis mañanas laborales, desde hace un par de años: camionetica por puesto, cartel amarillo, rumbo a Las Mercedes, Santa Paula, etc., repleta de obreros y “señoras de servicio”, camino a construirle y limpiarle los inmuebles a los dueños del poder adquisitivo, a cocinarles, a criarles a sus hijos, mientras los propios reposan en una humilde casa, sin tanto que comer, educados muchas veces en la lógica deformadora y violenta de la calle. Pero obreros y “señoras de servicio” siempre muy agradecidos porque el patrón “le regaló” la poceta vieja que desmontó, la ropita usada que ya no les queda a sus chamos, y todo lo que les estorba.

También pienso en el sinfín de chamos a los que les doy clases, en el enorme esfuerzo que han hecho sus padres para que ellos vayan a la universidad, y en cómo constantemente los escucho, con afirmaciones directas o indirectas, renegar de ellos por “pobres”, “analfabetas”, “brutos”.

Por eso yo no hubiese podido oponerme al planteamiento de reducir la jornada laboral de 8 a 6 horas diarias o al plan de empleo productivo para los jóvenes del país que no poseen experiencia, porque aunque nada de eso solventa el trasfondo perverso que envuelve las relaciones laborales en este sistema, al menos nos ayuda a resistir mientras inventamos otra política laboral, un modo productivo que realmente dé inicio a la cultura comunal, donde como clase trabajadora nos despojemos por completo de los pensamientos de “dueño”, “jefe”, “empleado”, o “explotado”, que hoy nos habitan.

El hecho es que por estos días he recordado con bastante frecuencia aquellos tiempos en los cuales yo tuve el coraje de ganarme el pan así, con todos los sinsabores que eso implicó. Un par de años después, los y las panas cercanas me recuerdan vendiendo un sinfín de tortas para poder subsistir. Hoy, en medio de la pelazón de bolas, no paran de chalequearme porque todo lo vendo “usado, pero en perfectas condiciones”, y hasta me pararon un peo por mis intenciones de ponerme a “taxiar” más a menudo (aún no sé si temen por mí, por el carro, o por los pasajeros). En estas tardes me pillaron echando cuentas sobre cuánto podría costar llenar un popótamo de papelón con limón para venderlo por ahí. Una me cuestionó:

―¿Tú no crees en la irreversibilidad de esto? ―mientras señalaba mi escritorio, mi oficina colectiva.

―No. Yo creo en la irreversibilidad que ha dejado todo esto en nuestros adentros. Pero no en su eterna permanencia ―le respondí sin dudar.

―¿Qué harás después?

―Esto ―le dije, mientras señalaba el papelito con la cuenta.

―Pero ¿y el periodismo?, eso sería muy pendejo y cobarde. En un momento así no deberíamos darnos el lujo de perder verbos incómodos como el tuyo.

―Incómodos seremos siempre, pero ya nadie nos pagará por eso.

En ese instante pensé en las profesiones u oficios particularmente comprometedores, en la cantidad de panas como ella, bastante jóvenes, que fueron directo de la universidad a hacer lo que les gusta y llevan años recibiendo una remuneración por eso; en qué sería de sus destinos si tuviesen que verse obligados a frentear otros escenarios.

En lo personal, muchas veces, alejada de la coyuntura política, pero aferrada a mis deseos de abandonar la ciudad, me he cuestionado: ¿cómo podría yo ganarme la vida si no es escribiendo o hablando? El pasado me recuerda de qué maneras lo he hecho ya, pero me espeta, por la seudo-comodidad en la que me he sumergido, si tendría el valor de salir a la calle a vender papelón en una parada de autobús.

También estos latigazos me han hecho conectarme con la necesidad imperante de aprender oficios: cocinar, coser, sembrar, etc., y en esas he andado. Hasta intenté inscribirme en un cursito del Inces, de esos a los que no puede asistir nadie que estudie o trabaje, porque poseen los horarios más absurdos del mundo.

Pero en eso, creo, deberíamos andar todos, resolviendo, buscando formas para salir del atolladero, hoy y siempre, bajo cualquier escenario, pero sin renunciar a las convicciones, siempre bajo la premisa de que el pueblo no puede joder al pueblo. Al fin y al cabo a nosotros nadie nos prometió una orilla salvadora, sino barro, arenas movedizas, despeñaderos, peleas con fantasmas convertidos en demonios, y abandonar la comodidad de lo conocido para errar y aprender.

10 Comentarios en El Último round / Ya nadie nos pagará por eso

  1. Rudo escrito.

    Rudo escrito porque es real, verídico, visceral como son las situaciones de vida, el acantilado, la espada de Damócles, la incertidumbre, vivir en vilo. O sea, la vida de cualquier venezolano de la clase media o baja, que depende de un sueldo, y que hace maromas (o son guerreros) que buscan un resuelvo extra a su empleo formal.

    “Incómodos seremos siempre, pero ya nadie nos pagará por eso.” genial.

    Y eso somos los venezolanos, sobrevivientes. Sobrevivientes históricos ante las tempestades políticas, económicas, sociales, gubernamentales. Sobrevivientes aunque se tengan títulos con un segundo trabajo y hasta tercer trabajo.

    Saludos, exitos!

    • En un sistema donde los vivos (y más si son pobres) siempre seremos sobrevivientes. La historia oficial probablemente nunca nos reconozca que somos nosotros quienes hemos forjado sus mas heroicos capítulos, pero en los adentros hemos de tenerlo presente siempre. Abrazos!

  2. Es que o aprendemos de TODO para sobrevivir, o moriremos de mengua, y eso es válido tanto para nuestro país, como para el resto de nuestro planeta, las ciudades nos han “castrado”,casi que literalmente, hasta el absurdo de olvidar el principal instinto, el de sobrevivir.

    • Jajajaja no voy a develar mis futuras ganancias, pero prometo no exceder el 30% establecido jajaja. Los precios de la panela y los limones, por cierto, son de los más variables 🙁 ! Un beso, Gustavo!

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