Cambiamos / ¿Para qué voy a ir a París si me encuentro con mi portero?

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La imagen que vemos arriba, de marzo pasado, describe como pocas la realidad del actual Brasil. Y del continente. Una joven pareja blanca clase media alta, combinadamente vestida con los colores de la bandera brasileña, junto a sus hijos y el infaltable perrito, andando por las calles de su barrio acomodado para ir a marchar contra Dilma. ¿El detalle? La niñera de color y debidamente uniformada de “cachifa” llevando a los niños para facilitar el trabajo de sus padres a la hora de pedir “mais democracia”. Un anuncio de lo que vendría. Ahora, un gobierno retrógrado al que no le gustan los pobres, los trabajadores, las mujeres, ni los no-blancos, gobierna el país. O mejor dicho, lo desgobierna al servicio de los intereses más corruptos. ¿Cuánto pesa el miedo –o el odio– a la igualdad social en los actuales procesos de restauración conservadora en el continente? Alberto Muller nos lo cuenta en nuestra sección CAMBIARON y además nos ofrece su pronóstico sobre los resultados del resentimiento trending que parece apoderarse de ciertos sectores latinoamericanos.       

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Por: Alberto Müller*

Viví en San Pablo, Brasil, entre 1979 y 1984. Volví a San Pablo la última vez hace un mes. Dos observaciones puntuales ilustran algunos cambios importantes, en este lapso de 30 años.

En los ‘80 el ferrocarril suburbano era el transporte de los pobres; barato y deficiente (en especial la línea al Este); el metro era en cambio el transporte destinado a que la clase media dejara el auto en casa. Hoy día, ambos sistemas están integrados, con tarifa única y plena intercambiabilidad. En mi última estadía escuché una conversación entre un muchacho y la cobradora del ómnibus, ambos afrodescendientes. El muchacho explicaba que había venido a San Pablo a cursar una maestría. Un diálogo así entre tales interlocutores era sencillamente impensable hace 30 años.

No todo este ascenso y convergencia social es mérito de los gobiernos de Partido de los Trabajadores. La certera frase “Brasil no es un país pobre, es un país injusto” pertenece a Fernando Henrique Cardoso (autor de otras frases bastante más desacertadas). Esos cambios se fueron gestando en tres décadas, de la mano del crecimiento económico, la reducción del analfabetismo (28% en 1970, hoy menos del 5%) y la estabilización demográfica; pero también, por la conciencia de que era necesario apuntar a una salida de la injusticia distributiva de la que Brasil era un paradigma internacionalmente conocido.

Este gradual ascenso de sectores desfavorecidos fue la deuda que el “milagro brasileño” (10% anual acumulativo de crecimiento entre 1968 y 1974) saldó con ellos, con tres décadas de atraso. El PT es sin duda un hijo del “milagro”. Lula, el pobre migrante nordestino que crece y se foguea en la lucha sindical, es un trabajador del cordón industrial moderno de San Pablo. El PT reconoce también la decisiva contribución de los amplios sectores modernos y progresistas que supo tener la iglesia católica de Brasil. Su llegada al poder es algo así como la coronación del proceso democratizador que se abre después de la larga dictadura cívico-militar que gestionó el “milagro”.

Estos profundos cambios toman así cuerpo y coloratura en gobiernos que simbolizaron lo popular, en principio lejos del populismo clientelar, una estampa dominante del Brasil retrógrado. Algunos programas emblemáticos contribuyeron a dar visibilidad e imagen a este proceso de convergencia gradual, que se encarnó así en el PT.

Las cifras muestran todavía un país injusto; pero no debemos subestimar el cambio cultural que ha tenido lugar; por primera vez, se visualiza la posibilidad de que Brasil salde gradualmente la profunda brecha entre ricos y pobres.

Pero esto no es bienvenido. Los grandes usufructuarios de la riqueza de este país no pobre, pero injusto, rechazan este ascenso: “Para qué voy a ir a París, si me encuentro con mi portero” (una periodista de O Globo). “¿Aeropuerto o terminal de ómnibus?” (posteo de una profesora de Letras, con foto de un indeseable pasajero en ojotas y bermudas, en el Aeropuerto Santos Dumont de Rio de Janeiro). Y el PT corporiza la llegada a ámbitos impensables de los antes descamisados sociales.

De la mano del historiador Sergio Buarque de Hollanda (padre de Chico), Brasil se asumió a sí mismo como un pueblo de “índole cordial”. El Carnaval era el rito en el que ricos y pobres confluían –tal como en la canción de Joan Manuel Serrat– para luego separarse el resto del año.

Al tiempo en que se refinaban (superando un proverbial mal gusto), los sectores pudientes vieron este gradual ascenso como la amenaza de extraños. La cordialidad desapareció, y dio lugar a reacciones defensivas e incluso agresivas. El PT se convirtió en el blanco de este resentimiento. Su base de apoyo migró súbitamente desde el sudeste desarrollado al nordeste siempre pobre.

El ensayo petista tuvo gruesos errores y limitaciones. Pero este proceso de ascenso social es seguramente una de las causas que motorizó la acumulación política que derroca ilegalmente a Dilma Rousseff. Las posturas que se han escuchado empalidecen a las expresiones más conservadoras de nuestra derecha: un macartismo totalmente fuera de época, racismo, odio de clase, reivindicación del golpismo, machismo rampante.

No hay vuelta atrás en este proceso de ascenso social, sin embargo, porque en parte responde a cambios en condiciones objetivas: estabilización demográfica, reducción del analfabetismo, disminución de las migraciones rural-urbanas. Además, de ciertas vivencias no se vuelve. Ahí está la experiencia argentina, con los efectos irreversibles del radicalismo primero, y del peronismo después.

Pero se avizora un período duro y complejo. La derecha desarrollista de Brasil, que se encarnó en los gobiernos militares, era incomparablemente más lúcida que los impresentables diputados que aprobaron el juicio a Dilma. Antonio Delfim Netto, ministro de Planeamiento del gobierno del general Joao Baptista Figueredo, ha sido crítico de las políticas económicas del PT por izquierda. La Federación de Industriales de San Pablo, que aplaude abiertamente este semi-golpe de Estado, tuvo hace 30 años como asesor nada menos que a Luis Gonzaga Mello Belluzzo, un prominente teórico marxista de la Universidad de Campinas.

Si la derecha que ha tomado el poder no alcanza esta lucidez, pero logra conservarlo por algún tiempo, Brasil estará en manos de conducciones retrógradas y estúpidas, carentes de sabiduría política, y que solo generarán más y más profundos conflictos. Esto llevará a sucesivas crisis políticas, y al progresivo desdibujamiento del país. Un grueso fracaso, del que habrá que trabajar sobre todo para indicar cómo se gestó y quiénes lo hicieron.

* CESPA-FCE-UBA
Publicado originalmente en: Cash. Página/12.

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