El último round / Pero yo me lo merezco

melomerezco

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Más de una vez, durante mi niñez, fui testigo del mismo debate: mamá defendía la necesidad de aprender a establecer prioridades y ahorrar, papá insistía en lo breve que es la vida y lo poco que nos llevamos a la tumba. Aunque a veces se cambiaban los papeles y mi padre pasaba, en palabras de mi vieja, a ser “el pichirre”. Al tiempo yo supe que esta diatriba solo existía en las casas de nosotros, los pelabolas, y entendí que el discurso de mi madre tenía más de una razón de ser.

Con el pasar de los años ellos también unificaron algunos criterios que yo intenté, sin éxito alguno, obedecer: “Tienes que cargar siempre una caletica en algún rinconcito de la cartera, por si acaso”; o la célebre: “Guarda alguito de plata porque si te llegas a enfermar ¿qué vas a hacer?”. Es decir, el típico dolor de cabeza de los pobres, sin seguro, y con experiencia en hospitales. Aunque a esto último he de confesar que mi vieja le agregaba un plus comiquísimo: el deber de dormir con ropa interior porque “¿y si a mitad de madrugada hay que correr contigo a un hospital?”.

Justo por estos días, me monté en un carrito por puesto para descubrir, al llegar a mi destino, que no tenía ni un centavo encima, los pocos billetes en mi haber debían estar reposando, junto al ticket del metro, en alguno de los bolsillos del pantalón que usé el día anterior. Cada vez que esto me sucede, más a menudo de lo que desearía, termino pensando: “Esto me pasa por no tener caletica”.

Sin embargo, el ahorro, en diminuto, solía serme un poquito más fácil: yo pertenezco a esa rara fauna que odia profundamente comprar, lo que sea, al precio que sea. No hay marketing que pueda con eso. De carajita, cuando mi vieja me pedía acompañarla a parir la larga y absurda lista escolar, yo solía escoger todos los cuadernos igualitos, cualquier cosa “horrible” que se me atravesara de primero, para irme rápido. La escena se ha repetido, por muchos años, con la ropa: par de franelitas de algodón igualitas, pero de diferente color y unos pantalones, “sin adornos raros”, en un árabe cualquiera.

Tal vez por eso me reí tanto cuando escuché a Chávez, en mayo de 2008, pidiéndole a los trabajadores que ahorrasen, así fuese “en un cochinito”. “Ahorren lo que puedan, un bolivítar, ahórrenlo, piense cada quien en el futuro, no salgamos desbocados a gastar todo, a caer en las trampas del sistema, por ahí uno ve en el comercio que colocan: Pague 1 y lleve 2. No seamos pendejos, estamos pagando los 2 de todos modos y a veces hasta 3 y 4 o: Gran rebaja, remate, 999,99. Le están rebajando el 0,1 y le meten por otro lado, es decir, las modas, que si a veces se pone de moda el color tal, el color cual, nos meten el veneno de la publicidad y mucha gente gasta lo que no debería gastar”, decía con seriedad en medio de las risas del público.

Hoy, en medio de la situación económica que atravesamos, a los asalariados se nos hace imposible ahorrar “el bolivítar”. Sin embargo, ha agarrado mucho más valor la facultad de saber discernir entre las necesidades ficticias y las reales, o lo verdaderamente importante.

Pero, hay días de días, y hace unas cuantas quincenas, al salir de la oficina, frente a una inmensa cafetería, le dije a una compañera: “Marica… un pedazo de torta, un café, nos hemos partido el culo todo el mes, lo merecemos, además Wilde decía que la única manera de liberarse de la tentación es ceder ante ella”, la pana se cagó de la risa, y entró de primera al localcito. Con cada bocado un orgasmo, pero en el metro llegó la culpa que persigue al pobre cuando descuadra sus cuentas y empieza a buscar en cada recoveco de su cerebro cómo solventar la cosa.

Pero la verdadera lección llegó un día después, mientras hacía la colita para cancelar un par de verduritas en el abasto, y un niño le pedía a su mamá, entre llanto, que le comprase algo. La señora insistía en su negativa, con argumentos netamente económicos. De golpe recordé las muchas veces que mi mamá se negó a mis peticiones por las mismas razones monetarias, pero por primera vez me pregunté: ¿Cómo se sentirá una madre cuando tiene que negarle una vaina a su hijo, única y exclusivamente por falta de plata? ¿Qué le enseña esto a ella, que le dejó esto a él?

El sistema nos diría: “Tú tienes derecho a tu torta, el carajito merece su petición, ella debería poder hacer feliz a su chamo”, mientras hace todo lo posible para que eso jamás sea así, pero la sola idea nos movilice. Yo misma lo suelo pensar en medio de la frustración. Luego, una entiende que los tiros no van por ahí. En ese momento se pasa del llorón “¿por qué coño no me puedo comer una torta si trabajo 24/7, bla bla bla?”, a las realidades mucho más complejas que me rodean, al aquí y al ahora, a la posición histórica que nos asignaron en este tablero de ajedrez, a la disciplina requerida para resistir ciertos momentos, al cuero que necesitamos para hacerle frente a la economía de guerra con la determinación y fuerza que esconde el instinto de supervivencia individual, familiar, colectivo.

Entonces decidí establecer cierto juego mental donde constantemente me pruebo a mí misma estas capacidades y celebro en mis adentros hasta la más mínima victoria de todos aquellos que hoy somos los verdaderos expertos en economía, aunque las calculadoras insistan en mostrarnos todos los saldos en contra.

4 Comentarios en El último round / Pero yo me lo merezco

  1. Qué vaina tan cierta. El pobre es experto en economía. El rico es experto en derroche, despilfarro y daños colaterales. Desde hace mucho pienso que, contrario a la creencia generalizada, el rico no lo es debido a sus grandes capacidades, destrezas y trabajo, sino a una serie de privilegios de los que muchas veces ni siquiera es consciente de haber disfrutado o prefiere negarlos para no caer en cuenta que su riqueza en realidad no le pertenece o cuando menos a la final no es para nada el fruto de su esfuerzo personal. Desde el manejo de información privilegiada, hasta el soborno a funcionarios para obtener permisologías, la riqueza en este sistema de mercado, de compra-venta universal, depende cada vez menos de la verdadera economía, de la economía real, del HOMO OECONOMICUS, y cada vez más de la lotería, del casino, de la apuesta financiera en que se ha convertido la civilización humana.

  2. Me acordé de lo que soy!

    Buen escrito jessica, buen escrito.

    A mi me duele mucho la trampa del sistema de los sueldos minimos y ver a los padres (o como tio que soy) negarle cosas a mi familia por PELABOLA (me acordaste lo que soy). Lo triste es la trampa de los sueldos, y del sistema capitalista que te empuja a comprar para ser feliz e igual (serializar los gustos) a los otros. Y el dolor que me da es precisamente ese “que piensan los padres” (o el dolor hasta en la última fibra) de no poder comprarles medias zapatos cremas dentales lapices colores etc etc etc.

    Yo soy de esa fauna que no compra nada aunque esté en ganga. Sencillamente por convicción por terco por necio por reaccionario y por creer que todo lo que no sea comida es innecesario. Hasta los interiores para dormir son innecesarios: llueve tiemble o relampaguee. Llueve tiemble o relampaguee!

    pd: cada bocada un orgasmo = un orgasmo culinario o gastronómico los llamo yo 😎

    • Gracias. Nos duele a todos los que nos encontramos, a sabiendas, en este raro laberinto. Que lo necesario sea el rescate de esos instintos básicos, pues. Un beso.

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