Edgardo Lander, Esopo y el betancourismo nostálgico

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Por: Luis Salas Rodríguez

Poco se recuerda que cuando Arturo Uslar Pietri escribió su célebre editorial “La siembra petrolera en 1936”, utilizó para ilustrar su punto una fábula de Esopo: la de la hormiga y la chicharra.

La fábula va más o menos así: la hormiga, que trabaja duro y ahorra víveres para los tiempos difíciles, advierte a su amiga la chicharra que haga lo mismo antes de que llegue el invierno. Y sin embargo, esta, indolente, se dedica únicamente a bailar y a cantar como si los buenos tiempos fueran a durar para siempre. Después llega el invierno y pone a cada quien en su sitio. La hormiga ahorrativa sobrevive, mientras que la irresponsable chicharra sucumbe.

El punto que quería ilustrar Pietri era el carácter destructor y despilfarrador de la economía venezolana. Y con su texto inauguró una de las tradiciones intelectuales más arraigadas de la vida política e intelectual nacional: la crítica al rentismo.

Luego de ese artículo y tras la prematura muerte de Alberto Adriani, Pietri se convertiría en el referente ideológico del gobierno de Medina Angarita, el único de todo el siglo XX que se propuso realmente sembrar el petróleo y superar el modelo de acumulación postizo-parasitario (así lo llamaron los medinistas, lo que hoy otros llaman el “capitalismo rentístico”), no para sustituirlo por un modelo socialista ni nada parecido, sino por un capitalismo normal, de base reproductiva industrialista, tal y como queda claro en la jerga oficialista de la época. No obstante, Medina será derrocado por una coalición formada por adecos, Fedecámaras y militares de la derecha, en octubre de 1945.

Es por esta razón que cuando se revisan los textos de aquellos años, suscritos por esa burguesía industrialista enemiga del rentismo, salta a la vista que esta limitaba su crítica del parasitismo al otro sector de la burguesía, es decir, aquella centrada en el comercio y los servicios, en el sector terciario especulativo. Sin embargo, con el paso del tiempo y tras la derrota político-militar de la primera por la segunda, la crítica del rentismo se fue haciendo más ambigua, siendo que del seno de la burguesía que se había acomodado gracias a este empezó a surgir una crítica del rentismo de nuevo tipo, donde ya el blanco de acusación no era la burguesía parasitaria reunida en torno a Fedecámaras, sino el pueblo “de a pie”, los pobres y flojos, compradas sus conciencias por gobiernos populistas y asistencialistas.

La historia de esta transformación de la crítica al rentismo es bastante singular. De un lado, fue impulsada por sectores intelectuales ganados ya desde los ‘70 al discurso neoliberal-tecnocrático y que tenían como objetivo apoderarse directamente de la conducción del Estado, fin para el cual la crítica del rentismo –como una versión venezolana del populismo latinoamericano– les resultaba funcional. Pero también contó con los servicios de cierta intelectualidad “progresista”, incluso alguna surgida del seno mismo de AD, tal y como fue el caso de Luis Lander padre, que como intelectual estrella del betancourismo (si bien para los años ‘70 ya había formalmente roto con AD para ser parte del MEP) enfiló sus dardos contra CAP y todo lo que representó su “Venezuela Saudita”.

Luis Lander es el padre de Edgardo y Luis Lander. Y en razón de lo mismo, suegro de Margarita López Maya. Entre otras cosas, coordinó la escritura de un libro llamado CAP 5 años: un juicio crítico, del cual formaron parte sus hijos, su nuera y el también adeco Carlos Blanco (entre otros). Es un libro brillante, realmente sin desperdicio. Del cual lo único que se puede criticar es que fue escrito más con el ánimo revanchista de la vendetta interna adeca que para desnudar la obscena presidencia de CAP y sus secuaces.

Para entender este asunto, hay que tener presente que tras llegarle el otoño político a Betancourt, se le planteó inevitablemente el dilema de la sucesión. No obstante, terminó ocurriendo que su favorito más que darle continuidad a su “obra” acabó por disputarle el liderazgo. Este fue CAP, su esbirro de confianza durante los años de la guerra sucia contra la guerrilla, quien no solo tuvo el atrevimiento de disputarle el control del partido, sino que además se puso a la cabeza de una camada emergente de “empresarios” y funcionarios en extremo ambiciosos y corruptos, dados a la tarea de abrirse paso a toda costa para ocupar la cúpula del poder económico nacional hasta entonces controlada por el mismo grupo de familias que desde el siglo XIX y tras el betancourismo se hicieron fuertes. Fueron los famosos Doce Apóstoles comandados por CAP y Pedro Tinoco, del cual formaron parte, entre otros, Carmelo Lauría, Gustavo Cisneros, Gumersindo Rodríguez (el papá del actual Francisco Rodríguez del Bank of American y economista estrella de la derecha criolla) y el mini-CAP, Diego Arria.

Así las cosas, la primera presidencia de CAP ahondará tanto como la segunda y por razones similares la división de AD. La historia de la ruptura entre Betancourt y CAP la contaron Pedro Duno y Domingo Alberto Rangel en un gran pequeño libro titulado La pipa rota, por lo que no ahondaremos en los detalles de ese tema acá. Lo que nos interesa destacar en cualquier caso es que fiel a su estilo, Betancourt no se fue sin dar pelea. Y entre las formas que encontró de darla, estuvo la de convertirse en crítico implacable del gobierno de su exdelfín.

La crítica la hizo él mismo, aunque básicamente a lo interno, para guardar las apariencias, mientras que a lo externo delegó ese trabajo en Luis Piñerúa Ordaz, candidato adeco a las elecciones del 78, que en buena medida hizo campaña contra CAP –del que había sido ministro– más que contra sus contrincantes directos. A esta labor se sumó Lander padre, no necesariamente mandado por Betancourt como por el ánimo de rescatar el pasado “glorioso” del otrora “partido del pueblo”, condenando la “desviación” del dinámico caudillo de Rubio.

De tal suerte, los hijos de Luis Lander y su nuera, comenzaron a formar una tendencia dentro del betancourismo tardío, bastante singular. Valiéndose de sus credenciales académicas se dieron a la tarea de limpiar el pasado adeco –el de los tiempos de Betancourt– cayéndole con todo al adequismo post-CAP. La estrategia fue similar a la desarrollada por el ala “ilustrada” proveniente del “empresariado” criollo (tipo Marcel Granier). Habiendo identificado problemas concretos reales (corrupción, exclusión social, violencia, etc.) adoptaron ante los mismos un tono crítico bastante convincente, solo para meter tras la validación por esto dada una carga de pensamiento retrógrado que –en el menos malo de los casos, desmoviliza–, y en el peor –y más común– acaba por convertir a quienes se ven atraídos por el mismo en conservadores indie. Esto es: una especie que parece a primera vista ser crítica de las corrientes dominantes, independientes y alternativas, pero que tan solo es una forma díscola de presentación de las mismas. Para decirlo de modo simple: su obra es el equivalente académico de Por estas calles, que capturando y reflejando momentos de verdad, se concibió como una vía para vender el neoliberalismo por otros medios, para popularizarlo y hasta darle un toque izquierdoso.

El libro de López Maya sobre el derrocamiento de Gallegos es un buen ejemplo de esta tendencia crítica de los “excesos” del puntofijismo, pero admiradora y devota del mismo: un texto escrito con el único fin concreto de “demostrar” que era falso que la embajada norteamericana estuvo tras los golpes del 45 y el 48, culpando exclusivamente a los militares perezjimenistas (según Maya, además, Betancourt tampoco fue un golpista en 1945, solo un demócrata que iba pasando por ahí y respondió al llamado de la Patria). Y aunque no se cuenta en este grupo, habría que agregar en la lista a El Estado Mágico, escrito por el sobrino de Sofía Imber, Fernando Coronil Imber, con el fin de abonar en el mito de que el problema del rentismo es el “Estado populista” y no la burguesía o el capitalismo. Por eso esta obra gusta a los IESA boys y a los neoliberales en términos amplios, tanto como a la izquierda universitaria: calza perfectamente con la tesis del Estado mínimo y las privatizaciones… pero por “izquierda” y apelando al desencanto.

Todo esto viene a cuento por la sorpresa que ha causado en algunos y algunas, las declaraciones ofrecidas por Edgardo Lander en una entrevista para Prodavinci en la cual más allá de despacharse contra el chavismo –lo que no tendría nada de raro– hace una defensa muy poco disimulada del puntofijismo, aunque de manera especial de su “época dorada”: la de los gobiernos de Betancourt y Leoni.

A mi modo de ver, esta sorpresa solo se justifica si se desconoce esta historia, lo que en un país con tan mala y selectiva memoria como el nuestro es lo más corriente. O sea, la historia –para decirlo en los mismos términos de Esopo, usados por Pietri– de cómo en tiempos cuando las chicharras ya consolidadas en el poder tras el betancourismo se vieron amenazadas por una oleada de chicharras más violentas y ambiciosas –si bien provenientes del mismo tronco familiar–, aquellas reacomodaron el mito fundacional de la crítica al rentismo apareciendo ya no como las villanas sino como héroes e inclusive como sus víctimas atormentadas. Por lo demás, y este es un problema distinto pero estrechamente relacionado, dicho reacomodo fue la manera que encontró cierta intelectualidad de ser adeca sin parecerlo, incluso pareciendo antiadeca. Estrategia que hoy día, y este es el punto, es revivida por quienes han optado por compartir criterios y tribunas con la MUD sin parecerlo, y aun, pareciendo enemigos de la MUD.

A este respecto Lander lo que hace es abonar a la idea adeca claramente vociferada por Ramos Allup de nostalgia por la Cuarta, solo que como Ramos Allup pertenece al AD de la decadencia post CAP de la cual Lander no se siente parte, e inclusive odia en lo personal, se diferencia de este en el hecho de que enfoca su nostalgia a los primeros tiempos del AD “progresista”. Sin embargo, y aunque desde luego existen muchas y notorias diferencias entre Ramos Allup y Lander, lo más paradójico de este asunto es que así como CAP fue el resultado de Betancourt, la decadencia cuartorrepublicana representada por el actual jefe de la MUD fue consecuencia directa del “paraíso perdido” en el cual crecieron los Lander como vástagos privilegiados.

Nada de esto lo decimos con el ánimo de sumarnos a ese mal hábito tan extendido en los círculos intelectuales criollos de dar palo a las personas más que debatir sus ideas, lo que por lo demás es el síntoma más notorio de la pobreza de intelecto que en realidad caracteriza a dichos círculos. Particularmente pienso, por ejemplo, que el tema del Arco Minero merece un tratamiento mucho más serio del que se ha dado, al tiempo que es obvio que lo de la “minería ecológica” exige una explicación más convincente, por decir lo menos. Y así una serie de temas. Ahora bien, algo que aprendimos los estudiantes de la Escuela de Sociología de la UCV de los años 90, que crecimos leyendo (entre otros) a Lander (si bien nunca vi clases con él), es que los discursos hay que contextualizarlos, hacer evidentes los intereses y estrategias no discursivas latentes, de las que casi nunca son conscientes los receptores de dichos discursos, y en no pocos casos tampoco lo son algunos emisores. Eso es en gran medida lo que intentamos hacer aquí, todo con el mejor ánimo de contribuir a la honestidad y transparencia intelectual, una de las cosas que más escasean en estos tiempos de escasez.

2 Comentarios en Edgardo Lander, Esopo y el betancourismo nostálgico

  1. Interesante artìculo porque permite, entre otras, afianzar el`anàlisis de las posturas polìticas de grupos emergentes izquierdistas, merece ampliar su divulgaciòh

  2. Imposible entender este país sin conocer la historia de AD. Urdimbre que condicionó muchas de nuestras prácticas sociales.

    No conozco su obra, pero he leído con atención las últimas entrevistas que le han hecho a Lander. Por la parte final de tu artículo, entiendo que no es un ataque Ad hominen; sería una suerte de advertencia a quienes los lean. Te cito: «Es que los discursos hay que contextualizarlos, hacer evidentes los intereses y estrategias no discursivas latentes, de las que casi nunca son conscientes los receptores de dichos discursos, y en no pocos casos tampoco lo son algunos emisores». Eso aplicaría también para cualquier artículo, incluyendo éste.

    ¿Cambió en algo mi juicio ante las ideas que él planteaba en esas entrevistas luego de leer tu artículo? Los vuelvo a leer y te cuento.

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