Desandar el éxodo

exodo

Por: Caribay Delgado Medina

El Zulia ha sido desde la época colonial sitio, por excelencia, para el cultivo de plátano y cacao, entre otros. Junto al comercio, la agricultura era en la región la actividad económica más importante, eso hasta el boom petrolero. Datos como estos se pueden encontrar rápidamente en un libro de historia, del liceo. De la misma manera, no tuve que preguntar mucho para saber, desde pequeña, que todos mis bisabuelos maternos provenían del campo: unos de La Cañada, otros de Santa Bárbara. Mi abuela nace en las afueras de Maracaibo, y mi abuelo llega allí para trabajar como obrero en una compañía petrolera. Pese a tener múltiples oficios a lo largo de su vida, mi abuelo materno nunca se desvinculó por completo de la agricultura, y a inicios de los 2000 muere a causa de una enfermedad asociada a la exposición a los pesticidas.

Considerando que para 1936 el 61,7% de la población en nuestro país provenía de áreas rurales, la mayoría de nosotros debería poder contar al menos un campesino entre sus ancestros, entonces, el éxodo campesino no debería ser el fenómeno tan lejano que pintan los libros de texto.

En 1940 la población rural solo se había reducido en un 1% respecto de 1936. Tras más de un siglo de guerras, y pese a algunos esfuerzos reformistas de Cipriano Castro, durante el gobierno de Juan Vicente Gómez se reforzó el proceso violento de latifundio (su familia era dueña de un tercio de las tierras en Venezuela), esta usurpación de las tierras de los campesinos dio paso al desplazamiento de estos grupos desposeídos hacia la ciudad. Asimismo, luego de su muerte en 1935, las empresas extranjeras, a quienes Gómez tanto favoreció durante su gobierno, habían llegado a expandirse hasta requerir de la mano de obra local, siendo esta una oportunidad para los habitantes del campo. Había iniciado un proceso de modernización en infraestructura, comunicación y servicios que estas transnacionales habían procurado, a través del gobierno nacional, por ser condición necesaria para expandir sus actividades en el país, ahora los venezolanos hundidos en la miseria del campo podrían disfrutar de sus beneficios. Esto era un negocio de ganar-ganar ¿no? Algo así, porque en 1950 la población rural se había disminuido hasta llegar a un 52,6%.

El abastecimiento de alimentos de las ciudades venezolanas pasa de ser suministrado totalmente por el campo venezolano, a depender de importaciones que las transnacionales extranjeras en asociación con la burguesía tradicional, antiguamente latifundista. No es necesario explotar la tierra, o sea, invertir en un negocio más riesgoso que la importación, si se tiene el monopolio de los alimentos y si se conservan ociosas y propias las enormes extensiones de tierra existen todavía menos posibilidades de competencia. Luego del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, en 1958, los gobiernos de AD y COPEI realizan en Venezuela un pseudoimpulso industrial que en la práctica representó créditos y facilidades a las burguesías comercializadoras que deseaban incursionar tardíamente en el proceso industrial de producción de alimentos. Para el año 1961, el censo anuncia una población rural del 37,9 %.

Ciertamente las condiciones en la ciudad eran muy distintas a las del campo: en 1981 del 19,7% de venezolanos que habitaban en zonas rurales, 76,8% vivía en condiciones de pobreza, la mitad era pobreza extrema, esto contrastaba con el 34% de pobreza en las zonas urbanas (los datos de 1990 simplemente no hacen distinción entre pobreza rural y urbana… ya se imaginarán la situación).

No es sorpresa el apoyo de los campesinos al comandante Chávez, oriundo de Sabaneta y orgulloso pregonero de las consignas de Zamora. Comienza con su gobierno un amplio debate acerca del tema de tenencia de tierras y producción agrícola básica, que desemboca en la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario promulgada el 10 de diciembre de 2001 bajo el mecanismo de Ley Habilitante. Este instrumento legal pretendía sumar lo que quedaba del campesinado al proceso productivo nacional; recuperar todas las tierras ociosas (públicas y privadas) para ponerlas productivas, precisamente con esos campesinos sin tierras; y finalmente transformar legalmente conceptos como el de latifundio, el cual ya no se definiría exclusivamente por la cantidad de hectáreas de extensión de tierras, sino por el grado de uso de las mismas con fines productivos. El gobierno del comandante Chávez realizó grandes esfuerzos políticos y financieros por la reactivación de la producción básica en el campo y la industria.

Miles de créditos agrícolas, financiamientos de maquinarias agrícolas, expropiación y ocupación de industrias golpistas o abandonadas, creación de consejos de trabajadores, sindicatos, y orientaciones constantes del presidente no fueron suficientes: el presidente Nicolás Maduro recibió la Presidencia de la República con una cifra alarmante, más del 85% de los alimentos que se consumen en Venezuela dependen de importaciones y apenas 7% de la población ocupada trabaja en actividades agrícolas (y sigue en descenso). A la vez, su elección coincidió con la caída más grande en los ingresos petroleros de todos los años de la Revolución. Esto se traduce en menos cantidad de dólares para importar alimentos.

La larga historia de las pretensiones de las burguesías extranjeras y nacionales ya expuestas (principalmente la de esta última convertir a Venezuela en un país que engorde sus bolsillos a través de la demanda y consumo de las importaciones de alimentos que ella monopoliza) pone de manifiesto la necesidad de romper con estas manipulaciones y tomar las riendas de la producción de los alimentos que consumimos. A medida que podamos satisfacer nuestras necesidades al margen del mercado capitalista, de sus presiones y exigencias, ya no podemos ser controlados directa o indirectamente para actuar en contra de nuestros propios intereses de clase.

En estas circunstancias volcarnos hacia la producción agropecuaria es un acto revolucionario: hay que tomar parte de la transformación de las relaciones de producción de este sector; organizar estructuras realmente colectivas y autogestionadas como los consejos campesinos o participar en los que existen, ocupar tierras ociosas y conquistarlas para la producción, dejar de depender de las tecnologías extranjeras (a las cuales tenemos acceso limitado a causa del bloqueo actual) y hacer surgir desde el saber popular tecnologías propias adaptadas a nuestras condiciones.

De la misma manera en que la inyección de dinero en el sector agropecuario no es suficiente para romper la manía importadora, tampoco hemos tenido éxito para contrarrestar décadas del adoctrinamiento al que hemos estado sometidos quienes vivimos en las ciudades. La estigmatización del campo está más viva que nunca… es más: por mucho que nos esforcemos la agricultura urbana, casi por definición, no puede igualar al conuco en términos de suplir las necesidades de subsistencia. Simplemente parece que los citadinos (y me dirijo en particular a los camaradas) aunque estemos en la carraplana, pegaos y haciendo cola para todo, en ningún momento consideramos la posibilidad de ir —o más bien de volver— a trabajar en el campo. El alcance de los programas sociales en materia de salud, educación, comunicaciones, infraestructura etc., ahora sí llega hasta allá ¡y no solamente de la boca para afuera! La revolución ha transformado el medio rural en muchos aspectos, y campesinas y campesinos, mostrando una tenacidad y organización inimaginable en muchos entornos urbanos, son vanguardia del desarrollo comunal. El campo venezolano ya no es el mismo que el de mis abuelos y no es puro jipismo lo que me hace pensar seriamente si ir a desandar sus pasos.

Bibliografía:

  • VII censo agrícola nacional. Ministerio de Agricultura y Tierras. 2007-2008.
    La transición demográfica en la república Bolivariana de Venezuela 2000-2050. Instituto Nacional de Estadística. 2013.
  • Dinámica demográfica y pobreza. Censo 2011. Instituto Nacional de Estadística. 2013.
  • Encuesta de hogares por muestreo. Población de 15 años y mas ocupada, según sector empleador y rama de actividad económica, 1989-1er semestre 2015. Instituto Nacional de Estadística. 2015.
  • Síntesis estadística de pobreza e indicadores de desigualdad. 1er semestre 1997-1er semestre 2011. Instituto Nacional de Estadística. 2011.
  • Condiciones de vida: la pobreza en Venezuela. Unicef. 2004.
    Armando Martel. “La pobreza rural en Venezuela”. Revista Venezolana de Análisis de Coyuntura, Nº1. 1995. pp. 162-172.
  • Erasmo Ramírez. La población en Venezuela. Citado por Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad de los Andes. Disponible en: http://iies.faces.ula.ve/censo/urb_rur.htm

1 Trackbacks & Pingbacks

  1. Desandar el éxodo | Ecosocialismo | Sco...

Deja un comentario

Tu email no será publicado.


*