Chávez y Nicolás, el timón, el barco y las tormentas

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Por: Luis Salas Rodríguez

Primera Ley de Lerner:
En economía, uno nunca debe comprometer sus principios,
sin importar los problemas que otros tengan para comprenderlos.

Parte de la mítica del golpe de timón se funda sobre una fatalidad: la temprana muerte de Chávez frustró para siempre la posibilidad de ver traducida por él mismo su metáfora en la práctica. Sin embargo, por más que todo ejercicio fundado en el “pudo haber sido” tenga siempre algo de retórico, igual existen indicios que nos permiten levantar una suerte de cartografía de la ruta planteada en aquella célebre alocución.

No me refiero necesariamente a lo dicho por él ese día, de lo que tanto se ha escrito. Sino al carácter y la naturaleza de sus giros de timón previos. Si nos ponemos a ver, Chávez llegó a ser Chávez justamente por los giros de timón que supo dar no tanto a su trayectoria dentro de los rumbos de lo posible, sino al abrir nuevos rumbos en medio de lo que parecía imposible hacer o tan siquiera pensar.

Veamos: cuando ya nadie lo intentaba, a tres años de la caída del Muro de Berlín, apenas a uno de la invasión a Irak y en medio del triunfo del Pensamiento Único y el fin de las Utopías, Chávez encabezó un levantamiento militar para cambiar el rumbo de su país.

Años después, luego de pagar cárcel por tal acción, cuando nadie creía en la política, y menos en las elecciones, se lanzó a presidente y, contra todo pronóstico, ganó.

Luego, ya electo, hizo exactamente lo contrario de lo que tantos, antes y después de él, han hecho: traicionar y desmentir lo que ofertaron. Por el contrario, convocó una constituyente, impulsó una nueva constitución, enterró una República y fundo otra, en solo dos años.

Acto seguido, fue a visitar a Saddam Hussein. Luego de cruzar el desierto por tierra, dado el bloqueo aéreo sobre Irak, rescató, refundó y relanzó la OPEP. El mundo todo cambió con esto, pues los célebres términos del intercambio de finales del siglo XX, bajo los cuales la pobreza de la periferia subsidiaba el neoliberalismo de los países del capitalismo central, se revirtieron inmediatamente: de la década perdida pasamos a la ganada, casi sin darnos cuenta.

Chávez criticó el bombardeo criminal a Afganistán, la muerte masiva de niños y niñas en manos de la OTAN y los Estados Unidos, cuando todo el mundo bajaba la cabeza frente a los mismos. También se opuso al ALCA cuando todos daban por descontada su vigencia. Y pagó caro por eso: le dieron un golpe de Estado, le hicieron un sabotaje petrolero, lo llamaron loco y a la larga puede que eso le haya costado la vida.

Chávez también obsesivamente buscó aliarse a China y a Rusia, mucho antes de que se pusiera de moda la primera, y de que todo el mundo reconociera en Putin el papel protagónico que hoy tiene. Fue el primero en hablar de integración regional, de nueva arquitectura financiera, de la necesidad de desdolarizar el comercio internacional. Fue el primero que se atrevió a hablar de socialismo cuando ya nadie daba nada por esta palabra.

En tiempos cuando el “no hay alternativas” neoliberal se volvió la pauta mundial, Chávez dio un giro de timón contra la corriente dominante. Planteó, de hecho, una alternativa distinta, demostró que se podían hacer las cosas de otro modo. Y fue así como a través de una combinación exitosa de medidas heterodoxas, planteó y demostró que contrario a lo que reza el dogma dominante, la condición para el crecimiento económico es una distribución más justa de la riqueza y no al revés, pues como ha quedado evidenciado en el caso del austericidio europeo actual o el de otros países más cercanos, es falso que para repartir mejor la riqueza primero haya que crecer. Y es falso por dos razones: la primera porque en líneas generales no se crece, pues la pobreza y exclusión se convierten en un contrapeso. Y en el caso de crecer, nunca ocurre que la riqueza se distribuya luego más equitativamente, que derrame, como dice la famosa teoría. Pasa exactamente lo contrario. Basta leer los informes de OXFAM para darse cuenta de lo que estamos hablando.

De tal suerte, como mencionaba en una nota pasada en este mismo portal, el proceso de inclusión masiva de la población al ejercicio efectivo de sus derechos socioeconómicos (traducido en el acceso a la educación, la salud y la seguridad social, y por esa vía, a la tenencia de empleos y, por tanto, de adquisición y/o mejora del poder adquisitivo), de ser una práctica o meta de justicia social, terminó transformando estructuralmente esta economía en al menos uno de sus aspectos: el de la superación parcial de la restricción interna causada por la existencia de mercados “pequeños”, condición que no derivaba de un hecho demográfico (tener una población pequeña) sino de economía política: la exclusión social, la existencia de altas tasas de empleo precario y de desigual distribución del ingreso.

Frente a la tormenta global que arrancó en el año 2008, Chávez volvió a mostrar que lo mejor era navegar a contracorriente. De esta manera, mientras prácticamente todos los países se sumaron a la guerra monetaria, a los recortes y ajustes, su gobierno –o más bien él, pues tal y como supimos y hemos sufrido, después su histórico ministro de economía nunca estuvo de acuerdo con nada de esto– apostó por la inversión e intervención del Estado. Y Venezuela pudo sortear mejor la tormenta de lo que lo hizo el resto de países, a excepción de otros pocos que siguieron también la ruta heterodoxa (Ecuador, Bolivia, Argentina). Mientras el mundo entero caía o se estancaba a cuatro años del crack de las bolsas financieras, Venezuela creció más del doble del promedio mundial.

Claro que nada de esto se hizo sin dejar de suponer tensiones o efectos secundarios. Y uno fue el de las tensiones generadas en el frente externo, tanto al utilizar el tipo de cambio como ancla para evitar el contagio de la crisis global, como por efecto de la caída de las reservas internacionales en divisas. Caída generada, en primer lugar, por la virtual paralización del comercio mundial, pero también por la aplicación salvaje de precios de transferencia por parte de las multinacionales importadoras. Solo más tarde vendría la violenta caída de los precios petroleros. La fuga de capitales privados más la corrupción en las instancias de “control”, harían el resto.

Se puede discutir si tales tensiones o efectos secundarios se podían haber evitado. Es un largo debate, pero en el fondo lo que parece cierto es que, como pasa en la medicina, los riesgos de esta “terapia” alternativa resultaban preferibles a los males evidentes de las recetas convencionales. Quizás se pudieron haber suavizado con medidas complementarias o alternativas, y de hecho hubiera sido mejor que así se hiciera porque la persistencia de esos efectos secundarios podía terminar minando el objetivo principal de mantener el nivel de actividad, empleo y bienestar. Una medida complementaria que se pudo haber tomado, por ejemplo, era promover el ahorro en moneda nacional y no en divisas –como optaron hacerlo Pdvsa y el BCV– lo cual puso más tensión en el frente externo. Y alguna vez quedará claro para las mayorías nacionales que el problema real del control cambiario, paradójicamente, no fue su rigidez sino su laxitud y su no adaptación a los métodos de desfalco siempre innovadores del capital especulativo parasitario.

Pero como quiera que sea, lo cierto es que al 20 de octubre de 2012, Chávez había logrado la tarea de mantener el barco a flote, con alguna abolladura y partes que ajustar, pero con saldo positivo en el balance general de daños. Y todo indica que se aprestaba no solo a reparar lo que había que reparar, sino a poner el barco a tono ante los nuevos huracanes que se estaban gestando. Tal vez por esto nunca paraba de hablar de la sostenibilidad de lo alcanzado, de la necesidad de cruzar y superar el punto de no retorno, de hacer irreversible la marcha ante las corrientes retrogradistas que se estaban gestando. En resumen, todo eso de lo cual habló en su célebre Golpe de Timón.

Lo que ha venido después hasta el sol de hoy lo podemos resumir de la siguiente manera: la economía del fraude (inocente y no tanto) a la que Chávez pudo derrotar tantas veces, ante su ausencia, se levantó para vengarse. Y lo hizo en manos de sus enemigos, evidentemente, criollos y foráneos, pero también de más de un enano de espíritu que estando a su lado o entorno, aprovecharon su ausencia para sacar a relucir sus frustraciones, complejos, y resentimiento, cuando no intereses. Pero más allá de las personalizaciones circunstanciales que puedan y deban hacerse, lo que regresó para vengarse fue un modelo, una forma de vida.

Maquiavelo dijo en alguna parte, que aquellos que quisieran cambiar el mundo se ganarían el odio de los que se benefician del mundo tal cual está. Pero también la aversión de quienes les da miedo la tarea, así como de aquellos que no siendo beneficiados del orden de cosas vigentes, simplemente se habituaron al mismo. Está claro que eso le pasó a Chávez. Y está claro igualmente que eso le pasa a Nicolás Maduro. No solo son todas las fuerzas del viejo orden los que se han unido como en una Santa Cruzada (para parafrasear la famosa frase) de manera de evitar la continuidad del trabajo encomendado por Chávez, sino también todos los pequeños miserables que prefieren sacrificar a todo un país, bien por comodidad, por avaricia, por miedo, o bien por cualquier otra pasión aún más triste.

Tal vez por eso mismo el Golpe de Timón nunca hizo referencia exclusiva a un gobierno, en el sentido convencional del término. Lo hizo y mucho, dejando importantes tareas en ese sentido legadas al ahora presidente Maduro. Pero también hizo referencia a un Pueblo, como una potencia que tiene que activarse y organizarse para ser protagonista de su propio proceso de liberación, por más tormentas que esto le suponga, porque necesariamente se las supondrá. De hecho, en un mundo como el que vivimos, la opción real no es entre tormenta o no tormenta. La única opción real es si la enfrentamos activamente y juntos o la padecemos pasivamente en solitario.

3 Comentarios en Chávez y Nicolás, el timón, el barco y las tormentas

  1. Estimado Luis, comparto plenamente tus criterios expresados en este artículo. Solo añadiría que, evidentemente, si la Guerra Económica puede definirse como la Economía del Fraude, no es entonces con recetas económicas como se va a ganar esa guerra, sino con la ESTRICTA Y SEVERA APLICACIÓN DE LAS LEYES Y EL EJERCICIO DE LA AUTORIDAD. Como tantas veces he insistido: el problema de la economía venezolana no es económico, sino criminológico y, por lo tanto, se requiere de la Criminalística para poderlo combatir y resolver. Y ya todos sabemos muy bien quiénes son los delincuentes: la burguesía de gran capital transnacional y nacional encabezan la lista, seguida muy de cerca por una camarilla de funcionarios corruptos que han vendido su alma al Diablo. La gran pregunta es entonces: ¿A qué esperamos?

  2. No deja de sorprenderme la calidad y claridad de los escritos exhibidos en este portal, a propósito de comentar este de Luis Salas: todos los artículos reflejan una destacada estatura intelectual en su forma y, sobre todo, en su fondo, con argumentos sólidos expuestos en un estilo educado y asertivo, bien fundamentados. Por ello, insisto en que los mismos editores de este sitio deberían ampliar el rango de influencia elevando la capacidad de comunicación hacia medios audiovisuales, abriendo las posibilidades de debatir cara a cara con intelectuales de la derecha. Parafraseando a Bolívar, sería un componente formidable en la Artillería del Pesamiento

  3. Dejaste por fuera tal vez el acto más importante, significativo e irreverente del Comandante Chávez: firmar con reservas el documento final de la III Cumbre de las Américas en Quebec, argumentando que no puede acompañar el concepto de “democracia representativa” porque en la nueva constitución de la república el pueblo ya había aprobado la noción de “democracia participativa y protagónica”.

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