El último round / El camino de vuelta a la esperanza

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Por: Jessica Dos Santos Jardim

Este fin de semana estuve “trabajando” en la previa al Lanzamiento de la Red Juvenil de Agricultura Urbana en el Parque Bosque Macuto de Barquisimeto, con centenares de jóvenes provenientes de seis estados del país (Lara, Falcón, Yaracuy, Portuguesa, Aragua y Distrito Capital).

Se supone que yo debía encargarme de activar y direccionar el debate de un “espacio productivo temático” llamado “cosechando vida en la ciudad”, y cumplir toda una serie de objetivos a través de una interesante, aunque limitante, metodología.

Pero la verdadera historia surgió cuando todo eso empezó a resultar innecesario, y la supuesta encargada con “conocimiento y habilidad para interactuar” (yo), decidió tomar la más sabia decisión: escuchar y aprender.

Aquel grupo, repleto de inmensas potencialidades, se dividía en dos batallones dentro de un mismo y único bando: el que sinceramente espera, porque cree que es necesaria, una respuesta eficiente y oportuna por parte del Estado venezolano y se desilusiona profundamente ante la ausencia de la misma; y el otro, el que está absolutamente convencido de su inmenso poderío y capacidad creadora.

Para percibirlo bastaron unos pocos minutos: “El problema es que las instituciones no funcionan, Agropatria es una clara muestra de eso”, expresó uno de los jóvenes, quien minutos después, recibía el apoyo de otro: “Nosotros queremos producir, pero las condiciones no están dadas. Yo criaba cochinos, y dejé de hacerlo porque el alimento concentrado se tornó muy costoso, y nadie nos ayuda con eso”.

Hasta que el segundo batallón dio un paso al frente: “Hermano, si Agropatria no funciona pues no vayamos a Agropatria. Tenemos que encontrar la manera de resolver sin depender de nadie, o dependiendo solo de nosotros mismos, como comunidad organizada”. En mis adentros temí que aquel carajito, de 17 años y que “gracias a Dios se acababa de graduar de bachiller”, fuese apabullado por la frustración imperante.

Pero no, el pelaíto no estaba solo en la idea: “Tú no tenías que dejar de criar cochinos sino empezar a generar alimentos alternativos. Yo a mis gallinas les doy bledo, árnica. Y a los cochinos se les hace un ensilaje con hojas de batata, auyama, mata ratón, morera. También uno puede convertir un kilo de maíz en 7 kilos de alimento para cerdo. Nosotros hicimos un curso de eso, porque igual ¿y si Agropatria deja de existir?”. “Así no vamos a lograr la industrialización que necesitamos”, dijeron los primeros. “Nosotros lo que necesitamos es comida”, respondieron los segundos.

Acto seguido explicaron, con una frescura capaz de apaciguar la calurosa noche larense, como el agronegocio controla a nivel mundial la mayoría de las tierras existentes, especialmente las de mayor calidad, pero es gracias a la agricultura familiar (explotaciones agrícolas pequeñas, sustentadas con mano de obra de familiar/comunal: parcelas, pequeños predios, conucos, huertos) que disponemos de comida, pues para el primero es más rentable usar la tierra para la producción de drogas, combustibles y forrajes.

Yo intenté mantenerme imparcial, para lograr, más allá del método, una propuesta sólida, donde lo antagónico se aferrase a las coincidencias existentes. Mientras, tomaba nota, además de las mil y un recetas de cocina, que iban surgiendo a mitad de cada cuestionamiento sobre nuestro absurdo e impuesto patrón alimenticio.

Después de hora y media de debate, se subieron a la palestra los frecuentes robos que se sufren en las plantaciones del país: “¿Dónde está la GNB?”, se preguntaron los primeros. “¿Dónde estamos nosotros? ¿Por qué no montamos guardias grupales? Al final a la Guardia tampoco le duele eso”, respondieron los segundos. “Si es por eso a la gente solo le duele el dinero, el bolsillo”, dijo una tercera. “No vale, chama, a la gente le duele lo que ha cuidado”.

La afirmación despertó en mí al duende. Al final, nada en la vida nos duele más que nuestros hijos, nuestras querencias. A uno no le duele no tener plata, sino no tener plata para comprarle tal vaina a los chamos, ayudar a nuestra familia, salvarle la patria a un amigo. Así que, en ese instante, me ganó la afinidad discursiva: “De dónde vienen ustedes, ¿vale?”, “De jóvenes del barrio, mami”.

¿Cuántos debates de este tipo, reflejo del accionar de quienes inventan sin temor al errar, se dan, en actos gubernamental o no, en cualquier rincón del país, sin que nadie lo sepa?, me pregunté. Hoy es menester contar estas historias, sencillas, contradictorias, aleccionadoras, capaces de erizar la piel, de trazarle el camino de vuelta a la esperanza. Tras el encuentro, no sé qué propuestas se concretarán y cuáles no, pero de algo sí estoy segura: ninguna nota de prensa pudo reflejar lo que realmente ocurrió allí.

La esencia, el trasfondo de ese montón de peladitos, poquitísimos años por debajo o por encima de la mayoría de edad, con sus “caras de culpables”, y sus verbos irreverentes, unos “mal hablados” repletos de contenido, capaces de mandar al carajo a la Real Academia Española en cuestión de segundos, y sin que nadie la extrañe. El verdadero espíritu emancipador, el Estado comunal en gestación, el golpe de timón consolidado.

Quizás la generación de los ministros más jóvenes han sido la transición, lo que no termina de morir ni de nacer, pero estos carajitos, la generación que esta crisis está alumbrando, los obligados a parirse a sí mismos una y otra vez, serán quienes revolucionen absolutamente todos los cimientos. Hoy estoy totalmente convencida de eso.

 

“Ustedes no pueden fallar, que falle un viejo,

ah bueno, se le partió el cardán, se le reventó la máquina,

está bien, qué vamos a hacer pues,

pero ustedes, no, no pueden fallar”.

Hugo Chávez, 06/12/2009

 

6 Comentarios en El último round / El camino de vuelta a la esperanza

    • Sin gobierno NO estamos perdidos. Sin teoría política, SÍ.

      La autoridad NO es necesaria para la organización. Entendiendo autoridad como la facultad de imponer la propia voluntad a los demás. De hecho, la autoridad —así entendida— no solo NO es un pre-requisito para la organización, sino que también obstaculiza su evolución. Esto ha quedado demostrado una y otra vez y hoy lo vemos en Venezuela: la lucha por el poder ejecutivo, por el control del Estado, desgasta y retrasa el avance. Lo que nosotros debemos hacer es dejar de mirar para arriba: la clase gobernante que haga lo que tenga que hacer. Tiene los medios para defenderse. Si no lo hace es asunto suyo. No le pidas a la clase gobernante lo que solo puede venir de nosotros mismos. De hecho, lo que veo reflejado en este artículo es esa confianza en nosotros mismos. Este sí es un pre-requisito para la organización.

      Por otro lado, el capitalismo en su esencia sigue siendo el mismo: para abordar un problema debemos conocer sus causas, es así como podemos transformar la realidad. Sea parir la teoría nosotros mismos desde la ignorancia o estudiando el sistema que queremos destruir (la experiencia de la clase trabajadora, sus avances y fracasos, de estos útimos 150 años, es una excelente guía), como sea que lo hagamos: una teoría política es indespensable.

      Yo propongo el anarquismo. Salud [@Diggereg]

      • Si no creemos y nos salvamos entre nosotros, desde la idea colectiva, claro, nadie más lo hará. Yo confío plenamente en nuestros poderes creadores, aun con sus “desaciertos”. Salud!!!

  1. Estimada Jessica. Quiero primero felicitarte porque captaste la esencia del evento de jóvenes. Que tiene que ver con esa irreverencia, esas alternativas, esa visión optimista de los jóvenes de la Patria. Luego mencionarte, que quizás había pocos jóvenes del “campo” pero si habían muchos chamos con buenas prácticas agrícolas, con buenas ideas y experiencias productivas, es decir, no sólo con ganas sino con hechos contundentes de esta generación hijos de la revolución, quienes garantizan la sostenibilidad de este proceso y del genuino Poder Popular, que además deben tener nuestras Instituciones. Gracias!

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