Crisis, democracia y desarrollo: el tránsito hacia la Casa Blanca

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Por: Angerlin Rangel

Mañana martes 8 de noviembre tendrá lugar las elecciones presidenciales estadounidenses y el evento revela un acontecimiento político menos reciente que la campaña por la presidencia. Este tiene que ver con la latente crisis de representatividad que se evidencia en una sociedad que comenzó a ver alternativas fuera de los partidos tradicionales.

Las encuestadoras y los principales medios de comunicación muestran un proceso que se ha llevado a cabo de forma convencional, vislumbrando un esfuerzo gigantesco para que todos tengan la sensación de que se está frente al “ejercicio libre” de la “democracia representativa”.

Ahora bien, la postura sobre temas como: narcotráfico, libre comercio, migración, relaciones con Cuba, Bolivia y Venezuela, marcan la agenda del devenir diplomático del gigante del Norte hacia la región, y por el momento las fuerzas políticas tienen como piedra angular la intolerancia y la radicalización. Por un lado, se opta entre el aislacionismo y el músculo militar; y por el otro, por una radicalización y política más agresiva en el plano internacional.

Las tendencias y brechas electorales otorgan la victoria al partido Republicano “como una suerte de Brexit: algo inesperado, impredecible, inquietante”. En definitiva, subyace una postura de lugares comunes entre los candidatos republicanos y demócratas, cuyo enfrentamiento político ha servido para ocultar los problemas de fondo de una sociedad con 323 millones de norteamericanos que revelan el agotamiento de un sistema.

Lo anterior fue más evidente tras la exitosa candidatura de Bernie Sanders en la medida en que esta logró concentrar una importante fuerza juvenil, gracias a la propuesta de extender decretos como el Deferred Action for Childhood Arrivals (DACA) que otorga un permiso de dos años de trabajo renovable para jóvenes migrantes indocumentados. La radicalización de su discurso incorporó una línea inclusiva que al mismo tiempo apostaba a reivindicaciones sociales y señalaban la educación y la salud como asuntos de primer orden a corregir.

Evidentemente y bajo estas premisas, el candidato socialista no significó la opción más atractiva para el establishment estadounidense. Aunque la deuda social indica que aún hay tarea por hacer, el presidente Obama ha manifestado que Clinton posee una agenda para abordarlos. En este punto cabe destacar que existe una disparidad de ingresos entre ricos, clase media, y pobres que agudiza la recesión actual, pero en inicio le hereda a la candidata demócrata una agenda con tinte social que se perfila a “cerrar” las brechas entre ricos y pobres y a mejorar la educación y la sanidad.

Si bien es cierto que su campaña no ha mostrado claros indicios de que sus principales ejes de acción sean los sociales, ni exista certeza sobre un margen de maniobra similar al de Sanders, también es cierto que los demócratas están conscientes de la escalada con raíces profundas que logró el discurso del candidato socialista, quien finalmente aceptó acompañar en campaña a Clinton con la intención de convencer a sus seguidores sobre el menor mal que puede significar para la sociedad estadounidense que ella ganara.

Lo cierto es que será muy difícil lograr una participación masiva a este respecto. De hecho, algunas encuestadoras proyectan que tan solo un 50% de la gente joven que apoyó a Sanders ha manifestado una intención de voto favorable a Clinton. Inclusive, el pronóstico sobre el llamado “voto temprano” tan estilado en este tipo de comicios, alerta sobre la tendencia de que el voto en la mañana sea por Clinton, para hacer visible el porcentaje de abstención, y al mismo tiempo, justificar una respuesta a todas luces clara: en realidad la mayoría de las personas no quiere la guerra y es a esa gente a la que le da lo mismo que ganen republicanos o demócratas.

Sin ánimos de entrar en una discusión sobre la crisis bipartidista en este país, existen al menos dos elementos que merecen una oportuna mención. Lo primero es lo que sucede a lo interno del Partido Demócrata, cuya corrupción ha podrido el corazón de un partido que en la historia norteamericana representa la democracia, el liberalismo y, con ello, la aceptación de la mayoría. Todo lo cual le ha abierto una puerta a la derecha radical representada en el Partido Republicano, permitiéndole dar un paso hacia la toma del poder.

Lo segundo y como consecuencia de lo anterior, tiene que ver con el hecho de que el partido conservador también está en crisis. La principal prueba de esto: que su candidato no surge de las filas del propio partido. Esta realidad revela la crisis partidaria, pero también presenta a una derecha que, aunque no cree en los partidos, ha encontrado oportunidad en este hueco de la política para lanzar una carta impredecible: Donald Trump. Claramente apuntando a un electorado blanco, antiinmigrante y racista.

En este sentido, crecen las expectativas geopolíticas para la región, no solo por un discurso que asusta y que ha sido bastante auspiciado por los medios hegemónicos, sino además porque presenciamos la conclusión de un gobierno que nació con grandes propósitos sociales y que, finalmente, sofocó la autonomía periférica, en términos de política interna e internacional.

A la luz de la contienda electoral donde los factores estructurales confirman la crisis bipartidista que atraviesa ese país, las encuestadoras abonan a un ambiente de escepticismos y proyecciones catastróficas para la región y el mundo en general.

Posiblemente los porcentajes que presentan a Trump como ganador se conviertan en un hecho y esto pueda encontrar respuesta en una estrategia de agudizar la crisis para forzar la limpieza del proceso. En otras palabras, pensamos que lo que está pasando representa la oportunidad. Está sucediendo una opción que empezó con el cuestionamiento de la sociedad desde adentro. Es decir, la principal oposición al sistema representativo y neoliberal tiene cuna en el pueblo norteamericano y hoy somos testigos del rechazo, cada vez mayor, del pueblo estadounidense hacia la política tradicional. En la contienda se presentan dos candidatos que en realidad a nadie gustan.

Como si no fuera suficiente, otro riesgo que se evidenció trajo consigo una escalada de guerra electrónica, lo que a su vez hizo visible la vulnerabilidad de un sistema y las veces que se ha puesto en peligro la seguridad nacional de ese país. En este punto es inevitable mencionar el papel que ha jugado Wikileaks. Sin ánimos de desentramar un debate que incline la balanza hacia los derechos a la información, corrupción o simplemente de violación de derechos humanos, una vez aparecidas las revelaciones que originaron privación de libertad y exilio.

En todo caso, está ocurriendo algo a lo interno de EE.UU. que invita a reflexionar sobre el concepto de democracia, con el entendido de que se trata de un concepto polisémico sobre lo que ya mucho se ha escrito, pero sobre lo que lo más seguro es, que en adelante mucho se siga escribiendo. La fenomenología que se ha tejido alrededor de la crisis global así como la hermandad entre democracia y desarrollo vista desde los EE.UU., alertan además sobre los próximos ensayos geopolíticos hacia Latinoamérica y el Caribe.

Coincidencialmente lo que está ocurriendo en EE.UU. se presenta cuando en América Latina hay un reverso de las tendencias progresistas, esto indica que el mundo está hablando y que eso no va a cambiar aunque las posiciones más radicales vuelvan al poder. Vivimos una primavera política, (utilizando los términos de Dussel) en donde no se trata de individuos sino de estructuras, y donde la dialéctica de la historia nos impide hablar del triunfo de la reacción. La verdad es que la mayoría de la gente tiene (y ha expresado) la emergencia del cambio y esto a su vez plantea en los Estados la necesidad de adecuar sus escudos monetarios y fiscales a fin de frenar el impacto del terremoto financiero que se avecina.

Ciertamente el alboroto por retomar el unilateralismo no ha tenido mayor éxito y mucho menos pretendo desmeritar el papel de China, India o Rusia en el escenario mundial. Desde luego tampoco pretendo poner en tela de juicio la influencia de EE.UU. en el mundo, sobre todo porque la historia democrática de este país demuestra que su modelo ha sido funcional a las exigencias dominantes, gracias a lo cual un siglo y medio después de su independencia este país tomó la bandera del sistema capitalista mundial y pasó a ser un fenómeno influyente que se consolidó sobre todo después de la I Guerra Mundial.

No olvidemos que el liderazgo progresivo de EE.UU. en el contexto internacional se basó en la exportación del lema “un mundo libre” y en la defensa de los principios democráticos occidentales. Fue esta la manera en la que también justificó sus intervenciones en otros países, y luego en el contexto de la Guerra Fría se presentó como defensor de la democracia representativa neoliberal que se exportó al mundo.

Los países asumieron las categorías neoliberales como política y ello les permitió enfatizar en la reducción del papel del Estado, la progresiva desrregulación de mercados, particularmente el financiero, la liberalización y privatización configuraron el cuadro de la globalización en el aura del siglo XXI y fue esta, la locomotora imperial, el arma que hoy demuestra su doble filo.

Por su parte, la existencia en la periferia de recursos naturales superiores a los existentes en EE.UU. marcó el protagonismo de la presencia estadounidense en la geopolítica mundial. Un panorama que ha obligado a los Estados a replantearse continuamente sus agendas de desarrollo en un escenario protagonizado por los lobbies corporativos, quienes también juegan un rol importante en la agenda de “libre comercio” promovida históricamente por republicanos y demócratas.

La situación va a cambiar, pero no mañana ni pasado. Este pequeño trozo de la historia sirve para explicar por qué las encuestas de opinión actuales muestran una tendencia a la abstención, y es un momento donde cerrar el juego electoral no tiene mucho sentido para una sociedad que demanda cambios internos.

Aunque sus objetivos están concentrados en las elecciones internas, también es cierto que EE.UU. ha ido siempre innovando sus prácticas a fin de detener la emergencia de las voces progresistas. No obstante, un brote de violencia en cualquier país latinoamericano no le aporta a sus objetivos actuales. Bajo este supuesto, es posible que la activación del diálogo en Venezuela y el abandono (momentáneo) de la vía violenta por parte de la oposición venezolana haya sido influenciado más de lo que imaginamos, entre muchas otras cosas, por la visita de Thomas Shannon al país.

A fuerza de repetir tendencias, encendemos las alarmas en torno a los próximos resultados electorales de EE.UU., moviendo la lupa hacia el porcentaje que desprecia el establishment y que aunque no gane, marcará la tendencia hacia el futuro.

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