El último round / Entre víctimas y victimarios

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Por: Jessica Dos Santos Jardim

A mí, joven, mujer, consciente de mi estatus de clase obrera, militante por unas relaciones cada vez más horizontales, y con serios problemas para mantener a margen las emociones, me ha tocado, más de una vez, ser jefa, o hasta eso que mientan “personal de confianza”.

Las personas como yo mayormente fracasamos en este rol, no por falta de capacidad, conocimiento, liderazgo, etc., sino porque nos toca, con más fuerza, hacer cosas que no nos gustan, que no se parecen, ni de lejos, a nosotros.

Por ejemplo, ser vocera de las estúpidas ideas, argumentos, o instrucciones de un “superior” (dueños, aunque a veces no de capitales, sino de un cargo tan grande como transitorio) ante el resto de los compañeros (que sí se parecen más a mí).

“Te amonesto porque llegaste 5 minutos tarde…” aunque yo, que sí uso el metro y no tengo chofer, sepa que tu retraso se debe a la inclemencia de la línea 1, aunque yo, que sí conozco tu trabajo, entienda que tú en 2 horas haces más y mejores cosas que los más puntuales trabajadores en 8. “No te darán el ascenso porque aún no tienes el título universitario…” de la academia con la que jamás he comulgado. “No te van a subir el sueldo porque…” son unos hijos de puta, perdón, porque “la partida presupuestaria señala que…”.

Así, terminamos llevando palo por todos los costados. Nos golpea el “superior” por nuestra “rebeldía” y “desobediencia”, nos odia el “inferior” porque “se la aplicamos”, y una ahí, incomprendida, pensando en dónde quedaron las relaciones horizontales en las que tanto dice militar, y sufriendo porque, una vez más, mezclo todo y “coño, ahora esta pana me mira feo, qué cagada”.

Pensaba en eso mientras caminaba de mi oficina a la panadería, donde de pronto me vi peleando ferozmente con un vendedor, por el excesivo precio del café y la existencia de pan dulce pero no salado, hasta que me cayó la locha: esos trabajadores, por muy desclasados que algunos sean, no fueron quienes decidieron el precio o el accionar de ese comercio. Así como yo no quise amonestar ni negarle el aumento salarial (¡que tanto necesito!) a nadie.

Por eso con el tiempo dejó de alegrarme (al punto que ya hasta me genera un poco de asco) cuando en los operativos contra el acaparamiento, la especulación, etc., terminan presos los cajeros, los vendedores, los supervisores o gerentes de tal o cual área, los pendejos asalariados de siempre. Ni un solo pez realmente gordo, ni el primero, ni el segundo, en la cadena de perversión que padecemos.

Pero de repente otro capítulo me hizo entender que quizás “la clase obrera” no somos únicamente los asalariados, sino también algunos propietarios, pero no precisamente de los medios de producción (ni del “súper cargo”): viernes en la mañana, entré en la tienda que está en la última bomba a la salida de La Rinconada, antes de comenzar la subida de Tazón, a comprar café y algunos ponqués. El dueño (porque era el dueño) me dijo el monto total, cancelé con mi tarjeta de débito, y cuando ya iba saliendo, el señor salió corriendo a detenerme para devolverme mil Bs. en efectivo, pues se dio cuenta que los ponqués que me había vendido eran de una caja anterior y no de la última que vino “a precio nuevo”, por ende, él “me estaba robando”. Le sonreí, creo que, con ternura, mientras susurraba que no podía creer eso. El viejo esgrimió “a algunos nos sigue pareciendo importante poder dormir tranquilos”. Quizás por la necesidad de dormir tranquila es que más de una vez he renunciado a todo… incluyendo a ser jefa. Quizás por la necesidad de comer (si al menos no tranquila, al menos comer) es que más de una vez no he podido hacerlo.

El dilema me recordó también la pregunta detonadora que les lanzo a mis estudiantes de periodismo al inicio de cada trimestre: “En algún punto del camino ustedes descubrirán que la objetividad no existe, que los trabajadores poco o nada tenemos que ver con la línea editorial fijada en cada medio de comunicación, y que los dueños (sean quienes sean) deforman o distorsionan las informaciones según su conveniencia. Entonces ¿Qué harán?”.
Algunos responden que “renunciarán”. Mientras otros esgrimen “en todos lados será igual, hasta en los medios supuestamente ‘independientes’, porque en el fondo siempre dependen económicamente de alguien, y entonces, de renunciadera en renunciadera, ¿qué comeremos?. ¿dónde trabajaremos?, ¿para qué estudiamos esta vaina?”.

Yo, pese a que entiendo a la perfección la complejidad de la situación, opto por joderlos un poquito más, y siempre les increpo con una sonrisa: “Entonces ¿serán cómplices de algo con lo que no comulgan?”. Hasta que alguno siempre estalla: “No somos cómplices, somos víctimas”.

¿Existirá una línea real que divida a las víctimas y a esta especie de victimarios laborales y económicos? En los casos de violencia doméstica, por ejemplo, los victimarios (el hombre que golpe a su pareja) también son víctimas, y el verdadero culpable es el sistema que los generó, las estructuras familiares, educativas, religiosas, sociales, totalmente machistas, que hoy imperan. Aunque esto no sea razón para justificarlos. Quizás lo mismo ocurre con nosotros, y más de un vendedor o pequeño comerciante.

De repente recordé a Gabriel Barrios, un pequeño comerciante de la provincia de Neuquén, Argentina, quien colocó en su librería (“suya de su propiedad”) un cartel que rezaba: “Este pequeño comercio de barrio familiar está en contra de los especuladores de la economía, acá no aumentamos nada, tampoco le compramos a quienes nos aumentan, por eso esperamos que sepan entender lo que falta y valorar el esfuerzo”. A los días, cuando la expresidenta Cristina Fernández lo mencionó, los medios de comunicación corrieron a buscarlo. Entonces, Gabriel, un chamo de apenas 30 años, les explicó lo siguiente: “Yo estoy todos los días detrás de este mostrador, viendo las mismas caras, los mismos vecinos, desde hace muchísimo tiempo, y yo sé que esta escalada de especulación disparada y desmedida, no significa que a ellos les aumenta el sueldo en la misma proporción, y transmitirles estos aumentos directamente a ellos me parecía un abuso, me cansé de repetirles el discursito que mis proveedores me decían a mí (el dólar, las importaciones). No quería ser parte de esta cadena. Empecé a traer otras marcas, otros productos, más y nuevas opciones para que a mi vecino la plata le rinda y yo pueda seguir ganando”.

¿Pudieran todos nuestros comerciantes, pequeños propietarios, etc., actuar así? ¿O existen quienes no pueden darse el lujo de tomar estas decisiones porque sus condiciones objetivas no se lo permiten? Por ejemplo, a mí me encantaban los “menús ejecutivos”, buenos y baratos, de una pequeña taguara al oeste de la ciudad. Hoy no sé si mantienen la primera cualidad, pero la segunda desapareció por completo. Sus viejos dueños me explicaron, y yo les creo, que todo (arroz, pasta, aceite, harinas, azúcar, etc.) lo consiguen bachaqueado, a precios excesivamente costosos, y por vías que hasta podrían tornarse peligrosas. En la sumatoria final: ese sobreprecio (y la constante subida del alquiler del local a la que viven expuestos) recae sobre el cliente. “Es eso o cerrar”, me dijeron. Para ellos, cambiar de “proveedor”, de rama (teniendo toda una infraestructura y un equipamiento: cocinas, cavas, ollas, etc.), de menú, etc., parece ser un poquito más complicado que para Gabriel.

Pero, ¿existirán alternativas más sensatas?, ¿tendremos nosotros el valor y la astucia necesarios para hallarlas? Yo creo que sí. Amanecerá y veremos.

3 Comentarios en El último round / Entre víctimas y victimarios

  1. Aplaudo tu honestidad. Con respecto a ser jefe (por obligación porque el sistema está diseñado así: para que unos manden y otros obedezcan),
    se sentirá mal aquel que desarrolló una conciencia social sea porque trabaja directamente con sus subalternos o porque surgió de allí.
    Es decir, que no es un capitalista que invirtió, por ejemplo, en una panadería ya establecida y delega todos los asuntos del personal a un gerente.

    El capitalista frío y liberal, se ha dado cuenta (o le han enseñado) de que tener empatía es perder. Es la razón por la cual muchos dueños no
    comparten con los trabajadores, sino que colocan a un gerente y se dirigen directamente a éste para tratar cuestiones del personal.
    Es el miedo a tener empatía con los trabajadores porque lo consideran debilidad.

    ¿qué demuestra tu experiencia? que el capitalismo y sus valores: egoísmo, competencia y lucro, son contrarios a nuestra naturaleza humana.
    Todos estamois obligados por el sistema económico capitalista a oprimir y aplastar a iguales para trepar posiciones.

    Es lo que hace difícil la organización y la unión entre les trabajadores: jefes (pequeños capitalistas y trabajadores intelectuales) y trabajador manual (obrero asalariado y campesino).

    Los capitalistas saben que sin esta unión, la revolución social es imposible (no confundir con revolución política).

    Fue el error que cometieron los bolcheviques al principio de la Revolución Rusa: pusieron al trabajador manual y campesino en contra del intelectual, luego costó mucho revertir eso. Ese error es cometido muchas veces cuando la revolución es política. Ejemplo acá en Venezuela: la falsa dicotomía chavistas-escuálidos funcionó para ganar elecciones pero a un costo muy alto: la división de los trabajadores. Costará años revertir este odio alimentado por los medios.

    De esa falsa dicotomía sólo el capital puede salir favorecido. El capitalismo no solo prospera con la división del trabajo, sino por la división de les trabajadores. La fuerza de los capitalistas descansa en la desunión: el trabajor intelectual necesita del trabajador manual y viceversa. Si éstos se odian entre sí, los intereses de los banqueros y capitalistas seguirán estando asegurados.

    Esta es la explicación de la famosa frase: “cuando la clase media anda mal, vota bien, pero cuando está bien vota mal”. Esa actitud, de la llamada clase media, es simplemente expresión de esta división.

    ¿Alternativa? cambiar esas ideas en la sociedad, empezando por la educación de les niñes.

    Salud.
    [diggereg]

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