Fidel, parado en esta esquina

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Por: Jessica Dos Santos Jardim

Hace muchos años, un viejo amigo me presto el libro Cien horas con Fidel. Días antes, un profesor de historia contemporánea había intentado desarmarme con algún rebuscado alegato sobre el Fidel hombre. Yo, empeñada, como lo sigo estando, en que el devenir del tiempo no depende de un solo ser, preferí callar.

Pero, ¿era Fidel un burgués?, ¿habría traicionado al Che?, ¿a cuánta gente fusiló?, ¿por qué lo hizo?, ¿cuál era su problema con los homosexuales?, ¿por qué la religión era una limitante para alistarse en su partido? Intenté ver si las aguadas preguntas de Ignacio Ramonet, quien para mi desgracia años después escribió Hugo Chávez, mi primera vida, me traían las respuestas.

Afortunadamente, Fidel se contaba y defendía solo. Él aspiraba que todos fuesen “como el Che, un hombre que pertenece a los tiempos futuros (…) sin una sola mancha en su conducta”. Mientras criticaba, con fuerza, a Joseph Stalin, “sobre él cae la responsabilidad, a mi juicio, de que ese país hubiese sido invadido en 1941 por la poderosa maquinaria bélica de Hitler, sin que las fuerzas soviéticas hayan recibido la orden de alarma de combate. Stalin abusó del poder y cometió muchas arbitrariedades (…) uno de sus peores errores fue purgar al Ejército Rojo en virtud de una intriga, con lo que debilitó militarmente a la URSS, en vísperas del zarpazo fascista”, decía.

Pero entonces, ¿de qué iban los supuestos fusilamientos de Fidel? Esa historia se dividía en dos: “La justicia revolucionaria”, que, según el Comandante, fue aplicada “solo en casos de traición” a integrantes del ejército rebelde que robaron los cultivos y las crías de los campesinos, en la Sierra. Y “Los tribunales revolucionarios”, que aparecieron al concretarse la revolución, para juzgar a los integrantes del aparato represivo del dictador Fulgencio Batista. Al respecto, Fidel reconoció que “hubo errores en la forma en que se realizaron esos juicios, utilizando lugares públicos donde podían reunirse numerosas personas (…) Eso chocó, evidentemente chocó, con nuestra propia concepción de la justicia. Además, fue muy explotado por los EE.UU. No tardamos en rectificar lo que sin duda fue un error (…) La gente cree que los esbirros que cometen crímenes monstruosos deben ser sancionados severamente, pero cuando llega el momento, hay quienes reaccionan con dolor e incluso con lástima (…) Uno mismo ve a un hombre que está siendo juzgado ante miles de personas y aunque sea el peor de los asesinos, tiende a apiadarse de él”.

Y con los homosexuales, ¿cuál era el argumento? “Acá no hubo nunca persecución contra los homosexuales, ni campos de internamiento para ellos (…) Nosotros, por aquellos primeros años, recibimos muchos ataques: guerra sucia, invasión de Girón, crisis de octubre. Se creó, por eso, el servicio militar obligatorio (…) y los homosexuales no fueron convocados, porque había problemas fuertes de resistencia contra los homosexuales en el ejército, al principio de la revolución, en esa etapa, el elemento machista estaba muy presente en nuestra sociedad, entonces, no se les llamó, y eso creó una doble irritación, en ellos por ser excluidos de tan duro sacrificio, y en los demás, que se apoyaron en esa decisión para criticarlos aún más (…) Para ellos, y otros sectores excluidos, se crearon las unidades militares de ayuda a la producción, que realizaban actividades de trabajo, mayormente vinculadas a la agricultura, y algunos inventaron que esas unidades eran de castigo; al contrario, se buscó levantar la moral de todos”.

Y con los creyentes, ¿qué pasaba? “El partido adoptó la drástica medida de no admitir creyentes en sus filas. Yo tuve mucha responsabilidad, porque temí el riesgo de un posible conflicto de lealtades, es que al principio hubo muchos conflictos entre la revolución y algunas iglesias, y yo me preguntaba ¿los católicos revolucionarios que escogerían? (…) Luego, entendí que era necesario abrirnos. Además, entré en contacto con la Teología de la Liberación”.

Así, Fidel iba explicándome sus decisiones, admitiendo con franqueza sus errores y con orgullo sus aciertos, demostrándome que Galeano tenía razón y “esa revolución, crecida en el castigo, era lo que pudo ser y no lo que quiso ser”. Hasta que un día, mi madre, vio aquel mamotreto de 784 páginas, que yo escondía religiosa y torpemente, bajo el colchón de la cama, colocando par de almohadas sobre el tuyuyo que formaba, y el disco no tardó en hacer play: “que este tipo es un dictador, que hasta cuándo tú apoyando a estos asesinos, que yo no sé qué voy a hacer contigo, pero mientras tú vivas en esta casa Jessica Dos Santos, bla bla bla”.

En los días posteriores yo solo podía pensar en dos cosas. Uno, lo duro que ha de ser el proceso de aceptación de los padres cuando sus hijos no resultan ser lo que ellos siempre anhelaron. Lo decía Fidel, además, en las últimas líneas que alcancé a leer. Su padre, don Ángel, de origen gallego, fue un ser pudiente que tuvo alrededor de once mil hectáreas de tierra, entre propias y arrendadas, explotó enormes extensiones de pinares, y entre la caña y el ganado su patrimonio crecía cada vez más. Mientras que su madre, cubana, con ascendencia canaria, pobre, analfabeta, y heredera de aquellas tierras, aceptó sin amargura la reforma agraria y el reparto de aquellas propiedades. Pero, sufrió muchísimo con la revolución que impulsó su hijo, por ser sumamente religiosa, y por todo aquello que no lograba comprender, hasta que, tres años y medio después, murió.

Dos, qué carajo iba a hacer yo para devolver aquel libro. Para esto tracé la mejor de mis estrategias: robarme uno debajo del puente de las Fuerzas Armadas. Así fue. Pero mi pana, evidentemente, notó que ese no era su libro. Entre lágrimas, por mucho tiempo apresadas, le conté mi “desgracia”: la pérdida del libro y lo que se escondía tras ella. El compa, no sé si por cariño, lástima, o temor a verse inmiscuido en mi leve hurto, sacó un bolígrafo y escribió en la primera página: “Para la mujer más increíble que he conocido”.

Yo resguardé mi crimen confeso en la casa de mi mejor amiga, pero las oportunidades de ojearlo disminuyeron. Con el paso de los años noté que Fidel escribía bien y le gustaba hacerlo. Adquirí su táctica maestra de preguntar sobre cosas que ya sabe, solo para confirmar sus datos, o evaluar al otro. Y admiré cómo jamás se rehusó a contestar ninguna pregunta, por provocadora que esta fuese.

En abril de 2015 viajé por primera vez a Cuba. En ese momento mis cuatro años de relación amorosa se estaban yendo a la mierda, yo estaba enferma, y me habían intentado desalojar, una vez más, de mi casa. Le pregunté absolutamente a todos por Fidel, por Raúl, por el período especial, por sus familiares en Miami. Hurgué en historias complejas de entender, como el país mismo. Me sumergí en el centro de diagnóstico y orientación, el de investigaciones médico quirúrgicas, el de inmunoensayo, presencié las clases en la Escuela Vilma Espín y en la Universidad de La Habana, visité los barrios y conversé con los llamados Comités de la Revolución, jugué dominó en algún suburbio y perdí porque me cambiaron las reglas, había 28 fichas, en vez de 55, y los valores iban desde el doble blanco hasta el doble nueve.

También conocí algunas plantaciones urbanas. Una, de moringa, le llamó la atención a algunos venezolanos, integrantes del segundo vuelo de la Solidaridad Bolívar-Martí, que se encontraban en la isla, no tanto por los árboles, que ya se han hecho sumamente conocidos, sino por el alboroto que formaron los niños que se encontraban en las cercanías del lugar al ver al comandante Fidel Castro supervisando aquel sembradío. Ahí estaba, con un short blanco, unas medias oscuras hasta las rodillas, su chaqueta Adidas color azul marino, y una vieja gorra negra. En la calle, los cubanos lo llamaban “Fidel”, lo rodeaban sin riesgos, lo tuteaban, le discutían, lo contradecían, le reclamaban.

A los días caminé tranquila, a las 3 de la madrugada, por el Malecón de La Habana. En ese instante poco importaba ya, desde mi visión, que el acceso a los hoteles de Varadero no fuesen igual para todos, que hubiese locales y productos impensables para algunos, etc. Yo solo pensaba en lo importante de tener “lo básico”, lo realmente necesario, lo nunca valorado. Y mi mente volvía, una y otra vez, a mis peos personales. ‎Me desahogué con una jinetera. Ella decía tener todo “lo básico”, pero querer “muchos dólares”. Aquella mujer tal vez no se amaba. En aquel momento… yo tampoco lo hacía. Antes de irme le pedí al autobús que parase en la Plaza de la Revolución, ahí prometí cambiar mi vida a la vuelta, y sentí ganas de quedarme un poquito más. Miro atrás y sé que lo hice, que me fui, que me quedé, que volví, que todo cambió. Para mí Cuba fue y es la posible sanación, el poder de quien quiere y, contra todo pronóstico, puede.

Incluso, me obsesione en conocer a profundidad el programa especial para tratar la adicción a las drogas del Centro de Salud La Pradera. El plan consistía en “activar el poder de voluntad del ser humano” en tan solo 97 días. El tratamiento incluía la evocación de algo que los doctores llamaban “la imagen neutralizadora”, es decir, un recuerdo que los ayudase a mantenerse firmes en su convicción de salir del agujero, en su valiente “pa’ lante es pa’ allá” y más nada. Las “imágenes neutralizadoras” de aquellos pacientes estaban compuestas por una “extraña” mezcolanza de miedo con amor: el temor a que sus pareja dejasen de quererlos, a que sus hijos los odiasen, a que sus madres no los quisieran recibir una vez más. Nadie, en el lado oscuro de la vida, al borde del más allá, se aferra a la casa, ni al carro, ni a la cuenta bancaria, ni al puestico laboral. Todos aquellos que decidimos no entregarnos a la muerte, ganarle (sin importar el resultado final de la batalla) a través de la resistencia, lo hacemos porque hay seres a quienes no queremos defraudar ni dejar “solos”. A los seres humanos nos sostiene el amor, por muy cursi que esto suene.

Tal vez por eso, hace días, al enterarme de la muerte de Fidel, corrí a buscar el cuaderno de apuntes en donde, yo misma, me colocaba tareas, a medida que avanzaba en la lectura de aquellas Cien horas con Fidel. En las últimas líneas escribí: “Buscar la novela de Hemingway: Por quién doblan las campanas. Al parecer, ese fue el libro que inspiró a Fidel y sus tropas en la Sierra Maestra.

Esta semana, tarde, pero segura, cumpliré con aquella autoasignación, y por el resto de mis días defenderé aquella isla, distinta a lo que todos dicen de ella, pero también a lo que yo tanto me había imaginado. Diré, burlándome de Rick Blaine, que nosotros “siempre tendremos Cuba” y me imaginaré a Fidel ahí, en alguna esquina, porque cuando Gabriel García Márquez le preguntó qué era lo que más quería hacer en este mundo, él contestó de inmediato: “Pararme en una esquina”. Hasta la vuelta, entonces, guerrillero de este y todos los tiempos.

19 Comentarios en Fidel, parado en esta esquina

  1. ¡Luminoso! Gracias Jessica, muchísimas gracias por publicarlo. A mi me vendieron otra historia sobre Cuba y me la creí, ahora estoy viendo las cosas desde otra perspectiva. Un abrazo caraqueño ¿Tienes tuiter? Me gustaría seguirte.

    • Gracias a ti por tu comentario. A todos nos venden, siempre, otras historias. Hay que hurgar un poquito más. Abrazo de vuelta! Twitter: @Jessidossantos

  2. Jessica, muy bueno tu artículo, no te conozco, pero desde Ciudad Guayana te saludo y decirte que leí con mucho agrado tu artículo. saludos y hasta la victoria siempre. y con el Che, Chávez y Fidel seguiremos buscando el socialismo

  3. Gracias Jessica por reafirmar mi amor por Cuba Y FIdel, visite la Isla solo 10 dias y mi alma se encripto de sus codigos misteriosos. Gracias!!!!!!!!!

  4. Me gustaría ir a Cuba. Pero ni pasaporte tengo. Aunque a una hija sincera de Bolívar, Martí y Chávez tal vez no le haga falta. Gracias x tu texto y compartirlo con tod@s nosotr@s! Abrazo!

    • Ah pero sacarse un pasaporte ahorita es mucho más fácil, es el pasito 1. Igual, los amorosos viajamos con la imaginación y el uso asertivo de los sentidos. Un beso.

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