Víctor, el emprendedor del IESA que extraña los precios justos (un cuento de Navidad)

sinceramiento

Víctor es eso que llaman “un emprendedor”. Hijo de comerciantes, un buen día decidió que lo suyo no era la academia sino “la vida misma”, hacer negocios. Sin embargo, igual acudió a la universidad. Se graduó de ingeniero en la Simón Bolívar e hizo el famoso master en Negocios del IESA.

Víctor vivió toda su adolescencia y primeros años de adultez dentro del chavismo. Tenía apenas diez años en 1998, así que del “antes de Chávez” solo posee algunos vagos recuerdos de infancia e historias de sus familiares. También lo que los medios le contaron, sus profesores de la universidad le mencionaron y los del IESA “le explicaron”.

De tal suerte, Víctor creció convencido de que ser “un emprendedor” en un país de “vagos mantenidos por un gobierno populista e interventor de la economía, que la controla con leyes y reglamentos”, no solo era una especie de odisea digna de un predestinado, sino también un acto de rebeldía.

A Víctor le explicaron y él lo entendió muy pronto, la versión técnica del viejo chiste según el cual, Venezuela era un país bendecido, con todo lo posible y lo imposible para desarrollarse, pero al que Dios puso como contrapeso un único mal: los venezolanos. Al mismo tiempo, le dijeron que él y sus iguales eran los llamados a superar ese atavismo. Por lo demás, sus antepasados europeos en el país estaban allí para comprobar que era verdad lo de la superación personal, que se puede pasar de ser pobre a rico siempre y cuando uno se esfuerce, y si los pobres lo siguen siendo, es porque no se esfuerzan y por ende no se lo merecen.

No obstante, los profes del IESA también le enseñaron que el secreto de los negocios está en concentrarse en aquellas actividades de lucro inmediato, con menor riesgo y mayores recompensas, con la menor inversión posible. Esto, sobre todo, en un país de riesgo político e incertidumbre tan grande, donde es tan difícil planificar a mediano y largo plazo. Además, nunca se le borró de la mente aquella clase donde le explicaron que Adam Smith decía que no es la benevolencia lo que mueve al hombre de negocios sino el egoísmo, que no es el bien común sino el individual lo que hace a la historia.

Por esta razón, Víctor, el emprendedor, lejos de dedicarse a producir algo, pues, optó por el camino más fácil y seguro: vender cosas hechas. Hasta que una navidad, hace varios años, consiguió el negocio perfecto: vender pinos canadienses en Las Mercedes, la famosa zona fiestera y comercial de Caracas, otrora zona exclusiva para clase media alta, y alta, a la cual la promiscuidad social promovida por el chavismo al movilizar hacia arriba a los sectores populares, antes excluidos, la hacía todavía más rentable. “Aunque también le restó glamour”, pensaba Víctor en sus adentros, pero no se puede negar que las ganancias de los “petro-salarios” (término académico posicionado en sus adentros) eran demasiado grandes para despreciarlas por unos pequeñitos desacuerdos raciales.

A lo que Víctor estaba asistiendo, aunque nunca lo comprendió porque nunca se lo explicaron, sino como una extravagancia populista, era nada más y nada menos que a la demostración del principio básico según el cual el estímulo público a la demanda estimula la economía y empuja el crecimiento económico vía efecto multiplicador, sobre todo cuando este se planifica como parte de una política de Estado y no “por la mano invisible”. Fue lo que funcionó en Europa y Estados Unidos luego de la Segunda Guerra, en Japón, Corea del Sur y los otros “tigres” que tanto admiraba. Pero no obstante, ya para Víctor era demasiado tarde pese a su imperante juventud. Contra toda evidencia empírica lo habían convencido, entre horas de clases “magistrales” y programas de opinión matutinos, que ese era el camino errado, que lo que hacía funcionar la economía era la libre iniciativa privada y no el “populismo asistencialista”.

Víctor siempre lamentó no haber sido adulto en el año 2002 para poder sumarse al golpe de Estado y al “paro cívico”, pero, por fin, la vida le estaba dando la oportunidad de tener su revancha. Primero lo intentó en 2012 cuando las presidenciales. No solo se enroló en la campaña de Capriles sino que empezó a militar contra cosas concretas. Por ejemplo, le aterrorizaba la reforma de la Ley del Trabajo y la Ley de Precios Justos: la primera porque alteraba la disciplina de los trabajadores y suponía erogar más por conceptos remunerativos. Y la segunda porque, después de todo, ¿quién era el gobierno para decirle a cuánto debe vender sus pinos?, que eran suyos porque fue él y no el gobierno quien los compró, por más que haya sido con divisas preferenciales provenientes de esa renta petrolera tan odiosa.

Ese intento no funcionó, pero la muerte del “mico-mandante” y la posterior llegada a la presidencia de un chofer de autobús, lo convencieron de que había que echar el resto. Se aprendió un “nuevo” término: “sinceración”. Así se convenció y empezó a convencer a los suyos de que había que “sincerar” la economía, empezando con el tipo de cambio, luego los precios y por último, aunque no menos importante, los salarios. Contra toda lógica, él, vendedor de pinos importados, se convenció que había que liberar el tipo de cambio y “sincerarlo”, lo cual implicaba devaluar el bolívar fuerte “que no servía para nada”; para hacer lo mismo luego con los precios, incluyendo el de sus pinos, pues no es posible que los estemos regalando nada más para que el gobierno corrupto se mantenga por la vía del consumismo asistencialista. Y por último, pero otra vez no menos importante, había que eliminar la inamovilidad laboral y desrregular el mercado de trabajo, sincerando los salarios a la “productividad real” de los trabajadores. El nuevo término, también usado por otros expertos economistas le sonaba no solo obvio, sino hasta atractivo para animar la rebelión capitalista en ciernes.

Por esta vía, y luego de cuatro años, llegaron las navidades del año 2016 y tomaron a Víctor deprimido porque su rebelión no había funcionado. Maduro y los chavistas seguían allí. Y él, que tanto había dado por la causa, se estaba arruinando. Y es que durante un tiempo al menos la rebelión era rentable, pues gracias a la manipulación de precios, no solo se “oponía” al gobierno y lo saboteaba sino que acumulaba más. Pero de un tiempo a esta parte eso ya no estaba pasando, pues la gente –ni siquiera los sifrinos– estaba comprando aquellos pinos. Los más ricos, por lo demás, nunca los habían comprado realmente, ellos los encargaban directo de Canadá o Noruega. El resultado: tuvo que botar sus preciados pinos al río Guaire –después de intentar rematarlos varias veces a menos de su precio original– para evitar, además, que los pobretones se los llevaran gratis del basurero a sus casas.

Pero lo que Víctor no sabe, y tal vez nunca sabrá o será incapaz de reconocer, es que en realidad no estaba asistiendo al fracaso de su causa, ni se estaba arruinando por no haber triunfado. Al contrario: a lo que Víctor estaba asistiendo era precisamente al triunfo del “sinceramiento”, el cual, tal vez, no se había logrado por la vía clásica de hacerlo de derecho y oficial por parte del propio gobierno (que levantara los controles, derogara la ley de precios justos, etc.), pero sí por la del desacato. Se trató de un “sinceramiento” de facto, ayudado por la debilidad, contradicción y en algunos casos hasta la falta de convicción institucional: los comerciantes y “productores” nacionales y transnacionales, simplemente dejaron de acatar las leyes de precios justos y todas las disposiciones cambiarias y por ese camino implementaron la “sinceración”. Los salarios no resistieron, las ventas se resintieron y las ganancias cayeron, al mismo ritmo que crecieron sus gastos pues los otros “Víctores” estaban haciendo lo mismo que él y la especulación se convirtió en un juego suma cero.

Víctor, que nunca dejó de burlarse de los chavistas con aquello de que “tenemos patria pero no papel tualé”, a veces se pone melancólico y ya no sabe qué decir. Por momentos, como le pasó en la noche de Navidad, donde ya no había whisky como otrora, extraña los precios justos e incluso el control de cambio. Pero entonces hace lo que mejor sabe hacer: sintoniza la tele o se mete en portales de economía donde le explican que el problema es que el “sinceramiento” no ha sido total, que aún le falta. Víctor se pregunta si lo mismo aplicará para el caso argentino donde vive una prima suya que “se fue demasiado” y el gobierno de Mauricio Macri ha “sincerado” la economía oficial y completamente con los mismos nefastos resultados. Pero bueno, “esta gente sabe”, se repite a sí mismo, “y nosotros los predestinados no podemos estar tan equivocados”.

3 Comentarios en Víctor, el emprendedor del IESA que extraña los precios justos (un cuento de Navidad)

  1. “reflexiones ”

    Y lo que falta por que no quieren salir de alli estan en un atolladero que ellos mismos se metieron…. Resultados muchos negocios cerrados grandes y pequeños.. los compradores tembiem aprediendo ya no compran tan compulsivamente pero falta mucho todavia….

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