Julio Borges en la AN: Welcome to the jungle

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Por:  Luis Salas Rodríguez

…todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual cada hombre es enemigo de los demás, es natural también en el tiempo en que los hombres viven sin otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, primitiva, embrutecida y breve.

Thomas Hobbes [1]

Desde el chavismo siempre se ha dicho que el oposicionismo no tiene proyecto de país. Y eso es verdad, pero a medias. Pues que no tenga proyecto de país no significa que no tenga proyecto.

Claro que es muy difícil dentro de la variopinta fauna de intereses que habitan en el seno del oposicionismo venezolano, identificar cuál. Y en ese sentido quizás es mejor hablar de proyectos en plural que en singular. Sin embargo, hay al menos dos puntos en los cuales todos esos proyectos puntuales, y no pocos dispares, parecen coincidir. El primero, el más obvio, la animadversión y odio por el chavismo, la necesidad casi ya endocrina por borrarlo de la faz de la Tierra. Y el segundo, menos obvio en apariencia, pero que resulta evidente para quien observe con un poco de detenimiento las cosas, y lo que creo es al mismo tiempo tanto causa como consecuencia de lo anterior, la necesidad tal vez ya endocrina también de borrar la faz de la Tierra misma.

Puede parecer exagerado, pero no es nada que ya no haya pasado antes en esta y otras latitudes, y que es propio del devenir fascista de ciertos movimientos políticos. Esa ha sido la evolución del fundamentalismo islámico, el cual en Siria, por ejemplo, ha querido repetir lo hecho en Libia, arrasar no solo con sus enemigos sino con el suelo mismo que pisan sus enemigos, convirtiéndolo en un campo estéril de caos, destrucción y muerte. Y le pasó a grupos de izquierda en Europa en los años 70, que devinieron terroristas tras el fracaso de sus proyectos de cambio de una década antes.

Pero el caso más extremo y por tanto mas emblemático de esto, muy probablemente haya sido el de los nazis, cuando ya convencidos de haber perdido la guerra asociaron sus esfuerzos al de sus enemigos destruyendo ellos mismos los últimos recursos de su hábitat, reservas de agua potable, comida, combustible, etc. De tal suerte, las últimas víctimas de la política de tierra arrasada propias del avance nazi, fueron los nazis mismos de mano de sí mismos una vez derrotados.

Como han señalado varios autores, hay en esto último algo más que la entendible lógica de dejar inútil cualquier recurso que pudiera ser usado por el enemigo. Lo que privó pareciera ser otra cosa, una suerte de pasión de abolición que terminó acabando con todo en una especie de suicidio-asesinato de masas.

Cuando se escuchan discursos como el de Julio Borges en la toma de posesión del mando de la Asamblea Nacional –como quiera que ocurre sobre el marco de una instancia en sí misma institucionalmente abolida por la propia torpeza y envalentonamiento de la dirigencia oposicionista, y se compara con los que otras figuras de la derecha dan, particularmente los casos de los dirigentes de Voluntad Popular y Primero Justicia, pero del que también hizo gala el defenestrado Ramos Allup, así como del de muchos militante rasos de estos mismos partidos– uno termina concluyendo que esa misma demencia ya se incubó de tal modo en el ADN tras años de exposición intensiva a un predicamento que oscila entre la euforia y lo nihil y que no encuentra otro sentido de realización que no sea llevarse todo por delante.

Esto no es nuevo, como decía, en la historia del mundo, y de hecho, más allá de todo lo que puede discutirse a estas alturas en torno al origen de las sociedades, está visto que de alguna manera la institucionalidad es una condición para que la vida humana no transcurra en un matarse mutuamente ni impere la ley del más fuerte. Claro está que la institucionalidad en cuanto tal no garantiza que estas cosas no ocurran. También es verdad aquello de que la política y por tanto la institucionalidad,  son la continuación de la guerra por otros medios y que en muchos casos las leyes son la expresión de los intereses de los más fuertes. Pero también lo es que puede evitar el pasaje al acto que hace inviable la vida en sociedad, es procurar mantenerse dentro de ciertos márgenes institucionales que se pueden (y hasta deben) modificar e incluso cambiar con el paso del tiempo, pero que no pueden suprimirse ni manejarse a voluntad del más guapo, sino garantizarse en nombre del bien común. Eso más o menos es lo que suele llamase civilización. O para decirlo hobbseanamente, el estado de la vida en sociedad. El estado de la guerra de todos contra todos es justo lo contrario.

Al final de Batman Inicia, la primera parte de la trilogía de Chis Nolan sobre Batman, el comisionado Gordon hablando con este le hace mención a su actuación como justiciero al margen y por encima de la ley, y a cómo su éxito en golpear a los mafiosos por esa vía naturalmente terminará traduciéndose en que estos últimos redoblen la apuesta y regresen con métodos menos convencionales y más violentos, obligando a Batman a hacer lo mismo desencadenándose un espiral sin fin de muerte y mutua destrucción. Las llegadas del Joker en la segunda parte y la banda de Bane y Miranda Tate en la tercera, son la confirmación de las preocupaciones de Gordon. Y eso es más o menos lo que vemos en Siria, luego de la actuación de los sanguinarios grupos terroristas soltados sobre ese país con ese propósito. O en Colombia, donde el modelo de muerte paramilitar utilizado por los grupos poderosos se ha naturalizado de tal forma que ya es casi normal que un hombre rico de las “mejores familias” de Colombia viole, torture y mate a una niña pobre de siete años simplemente porque le provocó. Y es lo que de un tiempo a esta parte viene sucediendo acá, luego de la importación de dicho modelo de violencia sevicia del cual Robert Serra y Otaiza han sido las víctimas más relevantes y Liana Hergueta la prueba de que los promotores de tales salvajismos no se escapan de ellos. De tal suerte, cabe preguntarle a Julio Borges y compañía hasta dónde están dispuestos a llegar, si están dispuestos a cruzar la línea hacia la no-sociedad en la que todos y todas –y no solo los chavistas– nos veremos envueltos en un espiral vicioso.

Por último, cabe considerar también que este estado de no sociedad y caída en la barbarie del salvajismo, no es solo producto de una suerte de tánatos inoculado sobre nuestras sociedades, sino que también es funcional a los grupos de poder que en medio del mismo se benefician. Así las cosas, la famosa anomia venezolana, la célebre viveza criolla, no ha sido otra cosa que prácticas colectivas que históricamente expresan el estado de cosas donde a los corruptos, especuladores y malandros grandes y pequeños, ricos y pobres, mejor operan. De la misma manera, en la medida en que sujetos como Borges y otros, abierta o solapadamente, promueven el caos, la incertidumbre y el todo contra todos como forma de vida, los especuladores pueden especular más y mejor, los corruptos robar más y mejor, los contrabandistas contrabandear más y mejor, los secuestradores secuestrar más y mejor y así sucesivamente. La declaración de guerra con que comienza el 2017 la “nueva” Asamblea Nacional,  más allá de su evidentísimo riesgo político, es a su vez la promoción de la acumulación delictiva de capital, improductiva y especulativa como es, actuando a sus anchas y al extremo.

[1] “De la condición natural del género humano, en lo que concierne a su felicidad y a su miseria”. Leviatán. 1651.

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