Brzezinski, Donald Trump, el sistema-mundo y Venezuela

Donald Trump amenaza el gobierno de Nicolás Maduro y Cuba

El mundo se prepara para uno de los traspasos de mando más significativos de la historia política gringa: el “progre” Obama, Premio Nobel de la Paz, cede el lugar al “retrógrado” Trump. Se esperan grandes cambios, sin embargo, como suele suceder en estos casos y a semejantes alturas, los contrastes marcados no siempre son tales, y más bien en más de un aspecto seguramente nos encontramos ante el mismo musiú con diferente cachimbo, como dice el sabio refrán popular. Juan Romero nos lo cuenta para 15 y Último.

Por: Juan Eduardo Romero

Mucho se habla de los EE.UU. y su geopolítica, pero también es mucho lo que se ignora de las bases conceptuales y los denominados “tanques pensantes” que nutren las posiciones extremas de los presidentes del coloso del Norte. Quizás uno de los casos más emblemáticos es el de Zbigniew Brzezinski, polaco-norteamericano que ha sido connotado asesor de diversos presidentes de EE.UU., desde Jimmy Carter, hasta Barak Obama y todo parece indicar una notoria influencia en diversos postulados emitidos por el presidente electo, Donald Trump.

Pero, ¿cuáles son las tesis geopolíticas sostenidas por este intelectual norteamericano? En primer lugar, ha sostenido desde hace años la posibilidad de una convergencia entre los EE.UU. y Rusia, en función de constituirse como hegemones mundiales o, en las tesis de Immanuel Wallerstein, imperios-mundos. Ese planteamiento le ha acarreado notorias resistencias entre otros tanques pensantes neoconservadores, pero se basa en considerar que la capacidad tecnológica, militar y sobre todo económica de los EE.UU. no puede por sí sola dominar el mundo en lo que resta del siglo XXI. El creciente gasto acarreado por la estrategia militar del unilateralismo globalizante, llevado adelante por las gestiones de George Bush (padre e hijo), Bill Clinton y Barak Obama, queda demostrado en el hecho de que ese rubro representaba un 2,9% del PIB en el año 2000, para 2010 alcanzó 4,66%, y para 2016 representó un 2,8%. La disposición de enormes recursos para mantener el aparato militar y así mantener la supremacía hegemónica, ha generado un debate ante el fracaso de esa meta unilateral. Es ese el principal argumento esgrimido por Brzezinski, y reproducido en el discurso presidencial de Trump, durante la campaña electoral.

Para este teórico norteamericano es necesaria una política de contención no confrontacional con Rusia, con el objeto de evitar a toda costa una asociación entre este y China, que resultaría en una pérdida total de la hegemonía siempre anhelada por el “Destino Manifiesto” de EE.UU. Las políticas implementadas por el unilateralismo globalizante, desde 1991 hasta 2016, no han hecho sino acercar a las otras grandes potencias, quienes han sumado otros países poderosos, tanto en términos militares (Sudáfrica, India, Pakistán) como económicos (Brasil), pero más preocupante aún es que en términos geográficos esa asociación ha significado una gran influencia en Eurasia y Asia Suroccidental. En la práctica (la real politik), EEU.U. ha perdido terreno por su esfuerzo de concretar las tesis de Mackinder sobre el Heartland (Eurasia), cuestión que no han logrado y, además, ha perdido influencia en lo que han considerado su “patio trasero”: Nuestra América.

No es coincidencia que el discurso de Trump sobre la recuperación de la grandeza de EE.UU. confluya con las tesis geopolíticas de Brzezinski, que insisten en la necesaria creación de un consenso con Rusia y la recuperación de la influencia en su área o espacio vital. Todo lo recientemente ocurrido en Eurasia, representado en los esfuerzos de la OTAN (y EE.UU.) por desestabilizar el gobierno de Erdogan en Turquía, el retroceso de ISIS ante la alianza Rusia-Irán-Turquía, el incremento del aislacionismo de Israel y la radicalización de la represión en Palestina, así como el incremento del poderío militar de China en su área de influencia, aunado a los gobiernos no adheridos a las líneas estratégicas del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano (PNSA) en Sudamérica, han permitido un debate sobre el decaimiento de EE.UU. y el impacto sobre la sociedad occidental. Por eso la insistencia de Trump en su eslogan de campaña: “Hagamos América grande de nuevo”.

En términos de la geopolítica, la división (y debilidad) de Europa se constituye en un obstáculo para las tesis de dominio concretadas a través de uno de los vehículos creados por el teórico norteamericano, la Trilateral: EE.UU., Unión Europea y Japón. Las decisiones que llevaron a Inglaterra al Brexit, terminaron de mostrar la imposibilidad de que esa alianza (bajo la cual actuaron los expresidentes Bush –padre e hijo– así como Clinton y Obama) perdurara en el tiempo, y abrieron los ojos a la posibilidad de un tipo de asociación no confrontacional, bien con Rusia o China. Hay, sin dudas, resistencias en los valores que representan el conservadurismo norteamericano y su “tesis del Destino Manifiesto”, ante la posibilidad de un entendimiento con Vladimir Putin, pero lo cierto es que se trata de evitar a toda costa que se produzca la asociación firme y concreta de los acuerdos –ya adelantados– de apoyo recíproco entre Rusia y China, tanto en términos monetarios –el impulso del Yen– como en lo que respecta a la asistencia militar.

Eso significa que posiblemente Trump adelante el acercamiento diplomático, en vez de seguir optando por el cerco militar a través de la OTAN, que ya ha llevado a la incorporación de varias exrepúblicas de la extinta URSS (Georgia, por ejemplo) o algunos de los países del denominado “socialismo real”, como Polonia, Hungría, República Checa (parte de la ex Checoslovaquia) y que ha generado, en respuesta, una expansión de la capacidad militar de Rusia que ha mostrado su nuevo poderío en las acciones implementadas en Siria. Es notorio el avance lento, pero firme, de la Rusia de Putin, por recobrar el carácter de potencia que tuvo en algún momento la desaparecida URSS. En ese esfuerzo se produce una preocupación adicional para los intereses estratégicos de EE.UU., determinado por el acercamiento, en términos económicos y militares, que tanto Rusia como China han tenido en Nuestra América.

Los convenios de venta de armas y asesoría militar firmados con Rusia y Venezuela, así como la asociación (y presencia) de capitales chinos en diversas partes del considerado “patio trasero” de EE.UU., así como la posibilidad de construcción de un nuevo canal (más amplio) en Nicaragua, derivando en una pérdida de influencia sobre Panamá, han activado las alarmas en los grupos de poder y las superélites ligadas al tema económico y militar, que gravitan tanto en torno al Pentágono, como en el Departamento de Defensa. Esto puede traducirse en diversos escenarios, pero todos definitivamente conflictivos para las denominadas “democracias radicales” (Bolivia, Ecuador, Venezuela y Nicaragua).

Los esfuerzos de Trump, parecen marcados por las tesis del politólogo norteamericano, y ello se traducirá en esfuerzos por bajar la intensidad de la actual confrontación con Rusia, buscando con ello establecer una alianza estratégica interpotencias que tendría un doble efecto: por un lado, disminuir las amenazas que han surgido ante el fracaso de EE.UU. y sus acciones militares en Eurasia; al mismo tiempo, lograr disminuir los apoyos estratégicos y militares de Rusia en Nuestra América, facilitando así las acciones (encubiertas o no) de los diversos organismos de inteligencia de EE.UU., así como el desenvolvimiento de la OTAN.

Es este marco el que debe ser entendido para interpretar el accionar de EE.UU. y los imperialismos colectivos en el desequilibrio de la alianza entre Argentina, Brasil y Venezuela, construida en las gestiones de los presidentes Néstor Kichner, Lula da Silva y Hugo Chávez. La campaña de desprestigio, que en el caso de Argentina y Brasil terminaron en la derrota de las fuerzas sucesoras de los liderazgos de los Kichner y de Lula, ha permitido un reacomodo geopolítico momentáneo, pero que ha sido eficaz para aumentar la –ya de por sí– gran presión sobre Venezuela. Las acciones que han emprendido los gobiernos de Macri y Temer contra Venezuela en el Mercosur, así como los movimientos que han generado para debilitar la Unasur, al mismo tiempo que se acercan a la Alianza del Pacífico, muestran la validez de este análisis.

Como si no fuera suficiente, EE.UU. y los imperialismos colectivos incrementan su acción de cerco militar sobre Sudamérica a través de los acuerdos ya firmados por el presidente Mauricio Macri, que autorizan la instalación de bases militares en Ushuaia y la triple frontera. Con ello, pasarían EE.UU. y la OTAN a controlar una parte de los estratégicos recursos de agua, disponibles tanto en la Antártida como en los acuíferos guaraníes, un elemento de debilidad que está presente en el juego geopolítico, pues sus reservas de agua potable se han reducido con la actividad depredadora del medio ambiente, pero con estas bases pasarían a ejercer un dominio hegemónico sobre esas zonas. Asimismo, completarían el control geopolítico de esas bases con la, ya de por sí incómoda, presencia inglesa en las Islas Malvinas, dominando en términos de presencia todo el acceso en el Atlántico Sur.

No pueden obviarse los anuncios sobre acuerdos entre Colombia y la OTAN, que terminarían de cerrar el círculo envolvente sobre el espacio vital de Sudamérica, en donde se encuentran las mayores reservas energéticas del mundo, conformadas por los casi 2 billones de barriles extraíbles de Venezuela (750.000 millones en la zona marítima reclamada a Guyana, 515.000 millones de la Faja Hugo Chávez y los 540.000 millones en el Golfo de Venezuela), así como las más importantes fuentes de agua potable (casi 18.000 Km3) y la mayor biodiversidad, ubicada en el Amazonas.

Todo ello para apoyar las acciones encubiertas, planteadas en el Manual de Guerra No Convencional del Departamento de Guerra de EE.UU. y el desarrollo de lo que el teórico geopolítico Brzezinski denomina “caos constructivo”, que consiste en la generación de divisiones y fraccionamientos que conduzcan a caos o desórdenes que permitan alegar la existencia de “Estados forajidos” o violadores del derecho Internacional, por ser además “Estados fallidos”, incapaces de satisfacer las necesidades de su población, y de esa forma alegar una posible intervención humanitaria, como ya ha sucedido en Haití.

Este escenario es especialmente preferido para el caso Venezuela. Las acciones que adelanta la Asamblea Nacional de Venezuela (ANV), tanto con su anterior presidente –Henry Ramos Allup, de Acción Democrática (AD)–, como del actual –Julio Borges de Primero Justicia (PJ)–, se encuentran dentro de las hipótesis de “caos constructivo” que propicie situaciones de alta conflictividad, basadas en una agenda trasgresora que puede recurrir tanto a acciones de calle como a alteraciones violentas del “orden institucional”. La decisión de la ANV de declarar el “abandono de funciones” del presidente Maduro, inexistente en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, busca la creación de desorden y alteración, y con ello generar un pronunciamiento de organismos internacionales que en última instancia pudiera terminar en una acción militar conjunta, a efectos de evitar un desequilibrio en la subrregión, tal como lo han manifestado ya en el papel de trabajo publicado por Robert Ellis, denominado “La Implosión en Venezuela y las consecuencias para EE.UU”. Las tesis del teórico norteamericano, asesor de Inteligencia de Obama, y ahora de Trump, son una verdadera amenaza para la estabilidad de la región y, en general, del mundo. Esperemos el desenvolvimiento de la próxima presidencia de EE.UU., y veremos la consecuencias para el sistema-mundo.

7 Comentarios en Brzezinski, Donald Trump, el sistema-mundo y Venezuela

    • Seria interesante que contra- argumentará, para poder discutir, pero no es una opinión si quiera, pues no hay elemento probatorio en su estructura discursiva

  1. El tema presenta una serie de incognitas en base al tipo de politica norteamericana, quienes nunca se han interesado por el bienestar del ser humano, en este tiempo por su avaricia de poder, practicamente es imposible integrarse en la paz del Mundo.

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