Orlando Araujo y el estrangulamiento de la economía venezolana

Estrangulamiento-Economia-venezolana

Por: Luis Salas Rodríguez

El presidente Maduro en su alocución de memoria y cuenta 2016 ante el TSJ, hizo mención a un problema de la economía y la sociedad venezolana identificado por el economista venezolano Orlando Araujo. Mención que no debería perderse en medio del anecdotario y la vorágine de temas secundarios que tanto tiempo consumen del necesario debate nacional. Pues en la resolución del problema planteado por Araujo se encuentra la clave del principio de solución de los graves problemas de nuestra actualidad.

En un trabajo de investigación publicado junto al economista argentino Jorge Hernández en 2015, Nuevas pautas del consumo democratizado en América Latina, disponible en la web de CELAG, dábamos cuenta de este tema, siendo lo que sigue más o menos un resumen de lo allí planteado. Dicho problema es el estrangulamiento del cuál es víctima el desarrollo nacional. Estrangulamiento que se expresa en una paradoja que constituye la base de nuestra tragedia (por más de comedia que también tenga) presente. Esta paradoja no pasó desapercibida por Chávez, y aunque tal vez no haya sido del todo conciente, su gran mérito histórico fue crear las condiciones objetivas y subjetivas para su superación.

Cuando el tamaño sí importa

La hipótesis de la mayoría de los economistas convencionales con respecto al problema del estrangulamiento de la economía venezolana, siempre decantó por el lado del supuesto tamaño del mercado. Es una hipótesis altamente conocida, cuyo razonamiento básico es que el tamaño pequeño del mercado nacional resulta insuficiente para acomodar el número de empresas necesarias para que se dé un grado significativo de competencia, que redunde en una ampliación de la oferta disponible.

Para ilustrarlo con un ejemplo simple, supongamos que en nuestro mercado el consumo total anual de determinado producto es de 10 millones de unidades. Y, dada la tecnología disponible, supongamos que, para  cubrir los costos de producción del mismo y tener un margen de rentabilidad, una empresa necesita vender a determinado precio al menos cinco millones de unidades. Eso significa que en nuestro país “no caben” más de dos empresas fabricantes de dicho producto, lo cual resulta sustancialmente menor al cupo que ofrecen  otras economías con mercados más grandes.

Siguiendo este razonamiento, la baja inversión de los sectores privados, la alta capacidad instalada ociosa, la escasez recurrente e incluso la especulación y el desempleo, son consecuencia de la estrechez de los mercados. Asimismo, resulta que los altos niveles de concentración empresarial no se deben a malas prácticas como la competencia desleal o la cartelización, sino que surgen como efectos no deseados y fatalmente inevitables de nuestros mercados pequeños. De tal suerte, nuestro país no se desarrolla porque no puede, ya que al ser muy poquitos los venezolanos y las venezolanas, no sumamos lo suficiente como para constituir un mercado interno lo suficientemente dinámico como para hacer posible una industrialización a escala.

Sin embargo, el genio de Araujo, planteado por primera vez en Situación Industrial de Venezuela, es haber descubierto la falacia detrás de este argumento tan superficialmente impecable desde el punto de vista técnico, demostrando que el célebre “tamaño pequeño” del mercado venezolano no se debe a factores demográficos, es decir, porque exista una población pequeña. La verdadera causa ha sido el carácter desigual y excluyente del desarrollo económico del capitalismo dependiente, basado en la economía portuaria y enclave, la apropiación de la renta petrolera para el mantenimiento de un mercado restringido tanto en lo social, lo  demográfico, e  incluso en lo geográfico, un modelo de concentración de la tierra hasta no hace mucho prácticamente intacto desde la colonia, y por el crecimiento desproporcionado de un sector comercial residual especulativo que, por su propia naturaleza, excluye cualquier tipo de desarrollo de base industrial reproductiva. O, lo que es lo mismo: la gran verdad del mercado pequeño no se debe a que la población venezolana haya sido pequeña en el sentido demográfico del término. Se debe a la exclusión que por décadas sufrió la población venezolana, cuya mayor parte se encontraba por fuera del mundo laboral o precariamente participando del mismo, careciendo así de ingresos regulares que le permitiera contar como demanda de mercado.

Las cifras y conclusiones históricas de instituciones como el Banco Central de Venezuela, del Instituto Nacional de Estadísticas, de célebres estudios como La miseria en Venezuela, de Michel Chussudovsky (1977) o Bases cuantitativas de la economía venezolana, de Asdrúbal Baptista (2006), dan cuenta de esta realidad. De tal suerte, cuando se revisan las cifras de la última mitad del siglo XX venezolano (es decir, de las postrimerías de la Cuarta República, el llamado puntofijismo, cuando según el imaginario oposicionista éramos felices y no lo sabíamos), en promedio, menos de la tercera parte de la población era perceptora de ingresos fijos: en rigor, solo la cuarta parte aparece percibiendo ingresos, lo que significa  que el 75% restante de los venezolanos dependía de aquel 25%.

Sin embargo, incluso dentro de esta reducida proporción de perceptores de ingresos, resultaban notables las disparidades. Así, el 45% de los perceptores recibían el 9% del ingreso, mientras que el 49% se concentraba en el 12% de los receptores. Y el 88% del total de perceptores recibían la mitad del ingreso total, mientras que solo 250.000 perceptores, el 12%, concentraban la otra mitad. Al relacionar las disparidades de la distribución personal con los contrastes de la distribución regional entre áreas rurales y urbanas y, dentro de estas últimas, entre áreas de mayor y de menor densidad de población, observamos que en Caracas, por ejemplo, donde se concentraba el 17% de los perceptores, se percibía el 40% del ingreso, mientras que el 60% restante se atomizaba entre el 83% restante de los perceptores ‒con el agravante de que el fenómeno de concentración regía también para estos últimos, ya que, en el extremo final de la serie, es decir, en las áreas y poblaciones rurales inferiores a los 500 habitantes, en las cuales se disemina y vegeta el 38% de perceptores, solo tenían acceso al 9% del ingreso.

Chávez y la superación de la estrechez del mercado

En este mapa de distribución desigual del ingreso ‒manifestación y síntoma de las deformaciones tradicionales de economías como la venezolana‒ es donde hay que buscar la razón de fondo de la “estrechez” clásica del mercado, que no reside evidentemente en el volumen de la población, sino en la baja escala de perceptores de ingresos y en los agudos contrastes de la distribución de los mismos. Pero el caso venezolano pone en evidencia también otra cosa: que esta marcada exclusión y desigualdad ha convivido con la existencia de pequeños grupos de alta concentración de ingresos y de baja propensión a invertir, que son en buena medida los causantes de la deformación igualmente histórica de las formas y componentes de la demanda y de no pocos desequilibrios. Como señala Orlando Araujo, y como lo supo ver décadas después su paisano de Sabaneta, esta es la gran paradoja y tragedia de nuestra no-industrialización:  “(…) hay una cita de Orlando Araujo que es extraordinariamente útil. (…) Leo: ‘Todo el problema del llamado estrangulamiento del sector manufacturero, (estrangulamiento) reside en que dentro del mercado interno quienes tienen hambre y necesitan vestir y vivir mejor, no tienen cómo adquirir los bienes esenciales y quienes tienen con qué adquirirlos, ya no los necesitan o los demandan solo en una proporción mínima en relación con la magnitud de sus ingresos’, y termino la cita, porque nosotros tenemos que, entender, repito, más bien visualizar, el problema completo, la ecuación completa, y entonces viene la otra parte del problema, el poder adquisitivo del pueblo”.

El proceso de inclusión masiva de la población históricamente excluida social, política, cultural y económicamente ‒llevada a cabo durante 2003 y, así como de reinclusión de aquella población que estando otrora incluida padeció el proceso de precarización y movilidad social descendente de la época neoliberal y las décadas pérdidas (80-90)‒ echó por tierra la explicación ortodoxa sobre la industrialización y el tamaño de los mercados en América Latina. Pues, la incorporación masiva de la población y el ejercicio efectivo de sus derechos socio-económicos ‒traducidos en el acceso a la educación, la salud y la seguridad social, y por esa vía, a la tenencia de empleos y, por tanto, de adquisición y/o mejora del poder adquisitivo‒, de ser una práctica o meta de justicia social, terminó transformando estructuralmente la economía venezolana en la medida en que superó parcialmente la restricción interna causada por la existencia de mercados “pequeños”, condición que  no derivaba, como hemos dicho, de un hecho demográfico, sino de economía política: la exclusión social, la existencia de altas tasas de empleo precario y de desigual distribución del ingreso. El problema actual radica en que la superación parcial de dicha restricción interna se hizo sin que los aparatos productivos locales se adecuaran a esta nueva realidad, o lo hicieran solo en parte y hasta cierto punto convirtiéndose más bien en una traba que genera cuellos de botella y un efecto inercial. Lo que no deja de ser paradójico en sí mismo también, cuando se toma en cuenta que han sido especialmente beneficiados de la misma y, por la misma razón, especialmente perjudicados cuando se ponen en práctica las políticas restrictivas y regresivas que fanáticamente defienden, tal y como estamos siendo testigos.

El aparato “productivo” privado como traba del desarrollo nacional

De este modo, la democratización del consumo como vía para hacer efectivo el ejercicio de los derechos socioeconómicos de los ciudadanos y ciudadanas de nuestro país se enfrenta  con la inercia ‒cuando no franca oposición‒ de los sectores privados. Ello  hace más difícil superar los cuellos de botella que causa todo proceso de esta naturaleza, generando tensiones y conflictos de no fácil resolución. Según las cifras oficiales, las políticas de redistribución del ingreso, inclusión social, ampliación de la seguridad social y defensa del derecho al trabajo, el salario digno y los precios justos, supuso que la razón entre el porcentaje de ingresos del 20% más rico y el 20% más pobre que era de 13 veces en 1998, se ubicara en 7,3 veces al cierre de 2013, siendo por tanto que la brecha de ingresos entre el 20% más rico y más pobre se redujo 5,7 veces en dicho lapso de tiempo. El desempleo pasó de 10,6% a 5,5% en el mismo período; los ocupados en el sector formal representan en la actualidad el 60% de la masa trabajadora (antes representaban menos del 50%). Los pensionados del seguro social pasaron a ser más de tres millones, lo que no incluye a madres en condiciones especiales, discapacitados y otras categorías vulnerables que también son objeto de protección social por parte del Estado. Además, la pobreza se redujo del 44%, mientras la extrema pasó de 17% a 6%. Así fue que Venezuela pasó bajo el mandato de Chávez a formar parte del exclusivo club de países en alcanzar las metas del milenio y, según la FAO, donde más efectiva ha sido la política de erradicación del hambre.

Esto trajo como consecuencia que el consumo por hogar se duplicara. Entre 1999 y 2013 la demanda global creció 118%. Sin embargo, la base productiva y de comercialización heredada de décadas anteriores fue incapaz de responder a este crecimiento, siendo que entre 2003 y 2013 el crecimiento de la manufactura fue de 47,8%; buena parte de este crecimiento se debió a la iniciativa del propio Estado, tanto por la vía del financiamiento como de la participación directa en la producción. Así las cosas, el problema de nuestra economía no pasa por el lado de un “exceso de demanda”, como mayoritariamente afirman los ortodoxos, sino por un estrangulamiento causado por la estrechez de oferta de un aparato “productivo” cuyo ADN fue concebido pensando en pocos, sin importarle la suerte de los muchos que quedaban por fuera.

Está visto que la democratización del consumo para sostenerse y profundizarse debe acompañarse de una democratización del hecho productivo y comercial. Y este es un hecho muy importante, pues ante la escasez o los cuellos de botella la única respuesta no puede ser aumentar la productividad con los mismos actores monopólicos de siempre, si el producir más no implica la entrada de nuevos actores que funcionen bajo otras lógicas que las mercantiles tradicionales, lo que es patológico en el caso de nuestras “burguesías” rentistas. De más está decir que la concentración, el monopolio, la cartelización, etc., no solo son mecanismos muy efectivos para captar tasas extraordinarias de ganancia y picar adelante en la puja distributiva, sino también y, sobre todo, de presión y chantaje usados por los poderes económicos para hacer valer sus intereses por encima del resto de la sociedad.

5 Comentarios en Orlando Araujo y el estrangulamiento de la economía venezolana

  1. Excelente artículo. Muy acertado análisis de la economía nacional. Me gustaría ponerme en contacto para discutir una idea que tengo sobre la “municipalización” de la inversión del estado en el aparato productivo pues no soy experto en economía.

  2. Hay que tener en cuenta que ahora con la inclusión social hay más demanda, antes el pobre con los gobiernos de otrora tenía menos poder adquisitivo, lo otro ha crecido la población y no se produce lo suficiente para cubrir las necesidades de todo el pueblo.Aun con las importaciones que se hacen, sin mencionar la guerra económica que han impuesto las elites monopólicas y los mal llamados bachaqueros.

  3. hay que darle una oportunidad a nuevos actores mas compremetido con el pais y innovar en la distribucion, no es un secreto para nadien que la mayoria de los importadores de mercancia vitales para el aparato productivo han dirvirtuado su exencia y han hecho padecer al pueblo por sus avaricia. es demas decir que necesitamos un nuevo aparto productor en nuestro pais.

  4. Excelente! es totalmente un error tratar de elevar el aparato productivo con quienes históricamente han tenido esa responsabilidad otorgada (o exigida por este grupo) por los padres de la democracia
    dando como resultado: Una burguesía parásita,monopólica,chantajista y muy aberrada. su lógica desde hace rato no es la producción es expoliar la renta petrolera,porque si se eleva la producción hay menos excusas para solicitar los dolares que los hace cada vez mas rico y ademas que importar y revender (Especular) se ha convertido en el negocio redondo donde TODOS comen menos el PUEBLO. La salida es compleja pero es política.Las nuevas fuerzas productivas hay que crearlas o fortalecerlas en las bases del pueblo.

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