Alfredo Maneiro: teórico y militante revolucionario

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Por: Juan Romero

La construcción de una alternativa a las formas de control económico e institucional del capitalismo, reflejada en la preponderancia del denominado modelo de democracia liberal, no es un proceso fácil. Desde Marx, pasando por Rosa Luxemburgo, el propio León Trosky, hasta V. I. Lenin, Joseph Stalin y Antonio Gramsci, la preocupación en torno al partido revolucionario, ha sido una constante.

En Venezuela ese debate agrega nombres como Gustavo y Eduardo Machado, Salvador de La Plaza, la famosa discusión entre estos y Rómulo Betancourt, a raíz de la formulación del Plan de Barranquilla, son solo algunos ejemplos propios de esta deliberación. Más recientemente, sobre todo a partir de la derrota de la insurgencia guerrillera de la década de los años 60 del pasado siglo XX, se generó un debate que tuvo dos matrices, que fueron el resultado de la escisión del Partido Comunista Venezolano (PCV). Me refiero a las posturas del Movimiento al Socialismo (MAS) y de la Causa radical (Causa R). Nos interesa, abrir un debate-homenaje al fundador e ideólogo de este último movimiento: Alfredo Maneiro, que cumpliría 80 años este 30 de enero.

Maneiro fue una figura interesante, surgida en el movido contexto de la resistencia a la dictadura de Pérez Jiménez. En ese momento tan coyuntural, jugó un papel importante en las estructuras estudiantiles incorporadas en apoyo a la Junta Patriótica (JP), establecida como una iniciativa conjunta del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el partido Unión Repúblicana Democrática (URD), a través de las figuras de Guillermo García Ponce y Fabricio Ojeda, respectivamente. Su incorporación a los movimientos insurgentes guerrilleros fue solo una continuación de la actividad política iniciada con la resistencia a Pérez Jiménez. Cuando la guerrilla es pacificada con el gobierno de Rafael Caldera (1968-1972) –con la excepción de Douglas Bravo y otros sectores que siguieron en combate activo– Maneiro funda el partido Causa Radical (Causa R).

Las ideas y consideraciones elaboradas por este pensador y militante activo, son dignas de ser rescatadas en el debate difícil que se encuentra el Partido Socialista de Venezuela (PSUV). Es, sin duda, un homenaje a uno de los hombres más lúcidos, en términos de compromiso político y capacidad organizativa.

Maneiro tiene la especificidad de plantear el análisis del partido, en su historicidad concreta. Asume el partido como una unidad orgánica con el todo social. Por ello, al referirnos a su idea de partido, hay que definirlo como un partido-movimiento. Su concepción abrió un espacio a la denominada sociedad civil, más allá del planteamiento de partido de “elegidos”, característico del enfoque marxista-leninista. La idea de establecer una relación directa con la gente, sin intermediación de la nomenclatura del partido, contrasta significativamente con la estructura de “cuadros” y jerarquía que caracteriza a todos los partidos modernos en Venezuela, sin excepciones.

Para este pensador revolucionario no era suficiente la toma del Gobierno, y advertía que si bien su idea de calidad revolucionaria estaba asociada “a un esfuerzo dirigido a la transformación de la sociedad, a la creación de un nuevo sistema de valores humanos”, este debía plantearse desde antes de la toma del poder, pero cuya ejecución era el norte de la acción de ejercicio del poder. En este punto, hay que establecer una analogía con los esfuerzos teóricos, planteados por el propio Chávez en torno al documento el Libro Azul (1991 y reeditado recientemente por el Gobierno de Nicolás Maduro). En ese texto, sugería –sin duda influenciado por las lecturas de Maneiro– una posición similar. Chávez afirmaba sobre que (es)… “el pueblo como depositario concreto de la soberanía (el que) debe mantener su fuerza potencial lista para ser empleada en cualquier momento y en cualquier segmento del tejido político” (Libro Azul, 2013: 77).

Es central esta idea. Maneiro asume el partido no como un simple instrumento de poder, sino como un fenómeno político en una relación tensa con la estructura del Estado liberal dominante, al cual está fijado en su alteración. Sin embargo, advierte que al estar ese objetivo surcado por la toma del poder, se corre el riesgo del “secuestro” de la estructura del partido y el establecimiento de subclases (¿nuevas clases?) que intenten tomar para sí mismas las conquistas alcanzadas. Dice Maneiro: “En realidad, abundan modelos organizativos que, no importa sus reclamos ideológicos, devienen modelos en escala reducida del mismo ‘sistema’ a cuya destrucción dicen aspirar. En realidad, existen organizaciones revolucionarias que parecen solo preparadas para adueñarse del aparato del Estado existente, para ponerlo ‘en marcha para sus propios fines’”. (Notas sobre organización política, 1971: pag 83).

Sin duda, parece una preocupación muy vigente. Se debe recordar al propio Chávez, en su intervención conocida Golpe de Timón: “Estamos tocando puntos clave de este proyecto, que si no lo entendemos bien y lo asumimos bien, pudiéramos estar haciendo cosas buenas, pero no exactamente lo necesario para ir dejando atrás de manera progresiva y firme el modelo de explotación capitalista…” (2015, p.3). La reflexión de ambos actores políticos es esencial para avanzar en un proceso de superación de las condiciones culturales y económicas, que permiten el mantenimiento de las lógicas del capital. Hemos señalado con anterioridad que el problema de una alternativa al capitalismo recorre el camino de superar lo que Michel Foucault denominó la gubernamentalidad liberal, que es el régimen del poder, introducido en el siglo XVIII, que tiene por blanco la población, mediante el control de la economía política a través de los denominados “dispositivos de seguridad”. La gubernamentalidad sería una tecnología del poder, a través de la cual se facilita el control sobre la población, utilizando técnicas de gobierno que permiten la aceptación de este.

El objetivo histórico de un partido revolucionario (y en eso coinciden Gramsci, Maneiro y Chávez) no puede ser solo alcanzar la toma del poder, sino que desde esa acción política se debe avanzar inclementemente en el desmontaje de la estructura de ese Estado liberal, que domina, moldea y asimila todo espíritu de transformación. Pensaba el fundador de la Causa Radical –tan pérdida en términos históricos en la actualidad– que si bien la toma del poder era un objetivo de alto alcance, no era suficiente, y que para poder avanzar era necesaria una vanguardia revolucionaria, crítica, lúcida, agregaríamos con cualidad ética –que está extraviada en estos momentos– que indique la praxis y se nutra de las experiencias colectivas.

Un verdadero partido-movimiento. Insistimos, el peligro del poder es que envilece a quien no tiene cualidad ética y por eso señalaba Alfredo Maneiro: “¿Por qué, un activista político está condenado, para que su acción tenga significado, a terminar militando en estructuras que íntimamente rechaza, con estilos, mentalidades y prácticas que no concitan su entusiasmo?. En este sentido, la tarea de construcción de una vanguardia, genéticamente ligada al movimiento de masas, que se quiere surgida de su práctica y de su experiencia, es también una tarea de construcción ideológica” (Notas sobre la organización política, 1971: p. 64-66).

Sus reflexiones sobre los peligros asumidos por los partidos modernos, de caer en el aislacionismo con las masas, en la reproducción de parcelas de poder, en el silencio cómplice, parecen pensadas en el entorno crítico del funcionamiento actual del PSUV. Las tensiones, entre quienes militan activamente, luchan estoicamente contra los efectos del debilitamiento ideológico, y se oponen al pragmatismo característico de una parte de la nomenclatura del PSUV, están reflejadas en algunas de sus consideraciones, vigentes al máximo en estos momentos: “…Y en la propia fundación (del partido) damos todo tan acabado y resuelto que, al movimiento de masas, y a la militancia de filas, en un alarde de participación a la moda… le garantizamos que podrá influir en la elaboración de nuestra política (de la estructura del partido), pero cuidándonos de que no pueda participar… un mecanismo de esta clase creemos que conduce fatalmente a la recomposición de las roscas internas, al fortalecimiento del espíritu y de la práctica de círculos innominados y vergonzantes” (Notas sobre la organización política, 1971: p.64).

En esta etapa del proyecto bolivariano, en que nos encontramos en el borde de un “punto de quiebre” del sentido revolucionario de la utopía política surgida en el marco del 4F/1992, eso que el vicepresidente de Bolivia denomina “empate catastrófico”, debe ser propicia la ocasión para rescatar el alcance de su pensamiento político y abrir un debate sobre el funcionamiento ético de la estructura dirigencial del PSUV, de los cuadros con responsabilidad en las instituciones del Estado, del papel que han jugado en la pérdida de la condición de vanguardia y en los riesgos que eso supone para los logros alcanzados desde la aprobación de la constitución de 1999.

No puede perderse la capacidad democrática alcanzada con tanto esfuerzo. Concluimos con otra cita de Alfredo: “… no se trata estrictamente de darle un contenido social a la forma democrática, sino de una reformulación de la forma democrática misma… No veo por qué un revolucionario no puede ser en la teoría y en la política el más demócrata de los ciudadanos, el más interesado en la profundización y en la ampliación de las condiciones formales  democráticas” (Escrito con la izquierda, 1977: 207-209).

El debate sobre nuestro hacer es más necesario que nunca. Los riesgos de ser absorbidos por la gubernamentalidad liberal, la “seducción” del poder económico, es una amenaza latente a este proyecto emancipador. Hay muchos militantes comprometidos en una lucha sin cuartel contra aquellos, que escudados en las relaciones de poder, en los “amiguismo”, hacen moralmente criticable el esfuerzo constructor y liberador encabezado en su momento por Hugo Chávez, y que seguro serán los primeros, ante un escenario de colapso, en asumir posiciones tránsfugas sin ningún remordimiento. ¡¡Actuemos antes que sea tarde!!

1 Comentario en Alfredo Maneiro: teórico y militante revolucionario

  1. Interesantes, aun más, importantes y pertinentes, estas reflexiones sobre el pensamiento político revolucionario de Maneiro, cuyas ideas deben ser difundidas y discutidas en el seno de los cuadros revolucionarios, donde quiera estos existan y funcionen como tales.

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