El último round / Arrepentirse jamás

Jamas

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Hace unos meses, en medio de un extraño y aun incompleto proceso de mudanza, “decidí”, entre mi corto abanico de opciones, comprarme un colchón usado: era matrimonial (¡el sueño de toda mujer soltera!), estaba baratísimo, y tenía los resortes más o menos en su lugar, pero… estaba sucio, bastante sucio, y se puso peor cuando, como buena pobre, opté por trasladarlo encima de un carrito particular, que, en medio de la más feroz de las colas, fue “bendecido” por la lluvia.

Como era de esperarse, mi pequeña desgracia fue convertida, en cuestión de minutos, en el chiste “rompe hielo” de todos los panas que me acompañaban en la proeza y, posteriormente, en uno de los tantos chalequeos grupales en torno a “mi mala suerte”.

Sin embargo, en medio del acontecimiento, algunos diálogos llamaron mi atención. Desde la amiga “mística” que me cuestionó que en ese colchón aún habitaba la energía amorosa de quienes lo usaron con anterioridad (porque a los hoteles a donde ella va no hay de eso, supongo) hasta el jodedor que al verlo me dijo “coño, hasta los que uno veía botados en la basura estaban más limpios”, y ahí radica el meollo del cuento.

Las estadísticas señalan que un tercio de los alimentos que se producen en el mundo, en el mismo mundo donde alrededor de ochocientos millones de personas sufren de hambre y desnutrición crónica, van a parar a la basura. Pero, no se han tipificado las otras miles de cosas, totalmente útiles, que han tenido exactamente el mismo destino. En especial, en las calles caraqueñas durante los recientes años de bonanza petrolera.

De hecho, mi expareja acostumbraba a burlarse de mí porque cada vez que andábamos en su moto, y pasábamos cerca de un letrero de “no bote la basura aquí” rodeado de kilos y kilos de “basura”, yo solía gritarle “ya va, párate, párate”, y él, con su tono de divertido hastío, zumbaba su “¿y ahora que viste, negrita?, ¿otro adorno pa’ la sala?”, pues cientos de corotos han sido reparados y reutilizados una y mil veces por mí, ante la mirada despectiva de los discípulos del último modelo, el cero kilómetros, y el “esto ya no sirve”.

Nosotros, sin importa nuestra clase social, llegamos a ser la gente que botaba cualquier pantalón porque “le cayó una manchita”, los zapatos que solo usamos una vez, el celular que ya cumplió 6 meses, y la cocina a la que se le jodió una hornilla (aunque tuviese 4). No importaba cuánto costaba repararlo, nunca sacamos la diferencia entre eso y uno nuevo, porque al final y al cabo, teníamos la plata para el nuevo.

Sin embargo, hoy somos cada vez más vendedores y compradores de cosas de segunda mano, “como nuevas”, buenas, bonitas, y baratas. Cada vez son más y más las calles de la ciudad que se llenan de cachivaches usados, así como la proliferación de ferias y redes sociales destinadas a la “venta de garaje”, la misma yuca pero con una guasacaca más sifrina. De repente, la que jamás hubiese repetido el mismo vestidito en distintas fiestas, hoy anda comprando uno usado.

Por eso, este es, de una u otra forma, el momento de darnos cuenta de todo aquello que alguna vez adquirimos, pero jamás necesitamos; y de las cosas que hoy realmente requerimos y no podemos, aunque queramos, comprar.

Pero, además, percibimos la cantidad de emociones que cada una de esas cosas nos robaron. Por ejemplo, en mi remate prosobrevivencia, hallé entre mis cosas una costosa filmadora que solo usé una vez en la vida, pero por la cual recuerdo que me pegué al mostrador tarde tras tarde, lloré, padecí, y me desgarré las vestiduras.

También, en la casa de mi madre, reposa un orbitrek que se ha transformado en una especie de acuerdo silente, en el tendedero de todos y todo. Pero, ¿por qué si yo amo trotar al aire libre me compré semejante mamotreto?, ¿quién y cómo me convencieron de que yo “no tenía tiempo” para los rayos del sol o la luna, para acercarme a un parque, para que al mover mi cuerpo el paisaje se fuese modificando a mi paso?

Aún así, no me arrepiento de ninguna de esas compras, porque hoy me hacen caer en cuenta de esto, de la que fui, de la que soy, de las pequeñas pero profundas diferencias reinantes. ¿Me pasará lo mismo con la política? ¿Me las habré jugado o me la estaré jugando sin necesidad? ¿Supe y sabré qué hacer con todo aquello que tanto me/nos costó obtener? No lo sé, pero poseo una única convicción: jamás me arrepentiré de lo hecho, sino de las cosas que pude hacer y sin embargo no hice, por eso, intento ser “de esos que no se están quietos ni un minuto”, como diría Fidel, de los “infatigables”, aunque se fatiguen una y otra vez.

Porque, al fin y al cabo, Bolívar tenía razón, y debemos esperar mucho del tiempo porque “su inmenso vientre contiene más esperanzas que sucesos pasados y los acontecimientos futuros han de ser superiores a los pretéritos”… siempre.

5 Comentarios en El último round / Arrepentirse jamás

  1. “reflexiones”
    Interesante articulo para la reflexion ,no te imaginas cuantas veces busque libros sencillos para aprender a reparar cosas sobre todo relacionados con mecanica latoneria y pintura electricidad, construccion albañileria, comida, y un poquito relacionado con la madera, siempre en forma basica pero ayuda mucho es importante la perseverancia, insistir sobre manera…

  2. Creo que en estas reflexiones nos reencontramos todos, una gran mayoria, a menos que alguno este desmemoriado y se crea burgues… Estos tiempos son de aprendizaje y de mucha cola, que no se pierda la esencia.

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