Premisas compartidas sobre la inmigración

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Por: Angerlin Rangel

Desde siempre los seres humanos se han mudado alrededor de la Tierra, aún y antes de que existieran países con fronteras, iban de región en región buscando una vida mejor. Los historiadores han identificado unos picos en la inmigración. Por ejemplo, a lo largo de un siglo y como consecuencia de la I Guerra Mundial, la comunidad internacional abrió sus puertas a la ola de desplazamientos provocados por esta. Posteriores eventos bélicos obligaron al mundo a entender la necesidad de proteger a aquellos que huían de la persecución por su raza, religión, nacionalidad u opiniones políticas.

Debates entre intelectuales, medios de comunicación, políticos y académicos impulsaron la falsa esperanza de que los años espléndidos de la economía mundial, en la década postguerra, serían eternos. Pero la globalización incrementó el número de personas con deseos y capacidad de trasladarse a otros lugares en búsqueda de nuevas condiciones de vida.

Es por ello que hoy, en plena era de movilidad, resulta insólita la capacidad para olvidar que, históricamente, el régimen internacional ha sido refugio de muchos. Aquellos que en medio de guerras, arriesgan sus vidas en búsqueda de un lugar seguro. La tragedia en Medio Oriente y África son un ejemplo claro. Las recientes medidas por el presidente de EE.UU., nos obliga a volver sobre esta cuestión, más aún de cara a la realidad mexicana.

Es preciso recordar que el pasado 25 de enero, el presidente Donald Trump a través de un par de órdenes ejecutivas, estableció su visión de frontera. Esta consiste fundamentalmente en: aumentar los esfuerzos destinados a deportar a los casi 11 millones de inmigrantes indocumentados y, construir un muro en la frontera con México bajo el argumento de controlar el flujo de migrantes que la cruzan de manera ilegal.

Estos primeros pasos muestran la ruptura con la política de Obama que planteaba una ruta hacia la ciudadanía de los indocumentados. El radicalismo de Trump describe a los inmigrantes como criminales que deben ser expulsados de Estados Unidos.

No es fortuito que la situación en las comunidades fronterizas con este país sea cada vez más abrumadora. Habría que evaluar todas las consecuencias que pudiera acarrear, como la sobrepoblación de los refugios y los niveles de desempleo que amenazan con elevarse.

Algunos expertos del tema indican que la forma en que México maneje la situación es el aspecto más preocupante, dejando entrever la capacidad limitada del gobierno mexicano para lidiar con el reto. Distintos datos demuestran las presiones migratorias que ya estaba enfrentando este país antes de que se hiciera pública la intención de Trump.

Muchos de los haitianos y centroamericanos que se dirigen al norte ya habían puesto a prueba la situación fronteriza mexicana, lo que aumentó la cantidad de personas que solicitan asilo en México a más del doble de 2015 a 2016. Muchos cubanos también terminaron atorados en México y Centroamérica este mes, después de que el gobierno de Obama dio fin a la política “pies secos, pies mojados”, que les favorecía.

Son muchas las razones por las que una persona decide migrar, por ello es muy difícil distinguir los motivos que propician dichos desplazamientos. Sin embargo, ACNUR sostiene que al menos la mitad de las personas que migran, huyen de la guerra y/o de la persecución. Bajo estos términos, el Derecho Internacional obliga a proteger a estas personas.

Es probable que en los próximos días haya que hablar de crisis de refugiados y reflexionar sobre el necesario deber de la solidaridad con quienes sufren, especialmente en un momento de tanta conflictividad a nivel global.

Es erróneo pensar que solo EE.UU. está sufriendo el peso de los desplazamientos forzosos ocasionados por conflictos de distinta índole. Muchas regiones del mundo sufren la latente situación de violencia, guerra o extrema fragilidad. La inestabilidad en el Norte de África y los diversos conflictos en el Medio Oriente son ejemplo de ello. Sin mencionar las tensiones en el seno del Brexit.

La situación mexicana nos interpela en un momento histórico decisivo. La tragedia interna en este país es producto de la violencia sembrada por las redes del narcotráfico y el crimen organizado que trabaja en equipo con la autoridad. Una relación interesante entre la corrupción y la inseguridad. Problemas que exigen más que una gestión de la crisis migratoria. Los ciudadanos demandan políticas públicas que garanticen su seguridad y una mejor calidad de vida.

En lugar de la expulsión, los estados deberían superar la disyuntiva entre cooperar para superar los conflictos y generar prosperidad o, perder la autoridad moral y política con acuerdos que denigren al ser humano y lo confinen a una vida de miseria y, con ella, la primacía de sociedades pobres y periféricas.

El caso mexicano es una crónica anunciada forzosamente resuelta por la orden de Trump, mediante la cual resuelve por esta vía el anhelado blanqueo de la sociedad pregonado desde su campaña, que exacerbó los sentimientos más radicales de esa nación.

Más allá de una decisión de partir o no a otras tierras,  o de recibir o no a los extranjeros, la mirada puede tener el prisma de la oportunidad. La tarea de los estados debe concentrarse en magnificar los aspectos positivos. Ganar-ganar. Compartir experiencias de beneficio mutuo, desarrollar ideas prácticas y establecer colaboraciones con miras al desarrollo social. Finalmente y en adelante, el debate tendrá mucho que ver con la relación entre migración versus desarrollo.

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