No lo digo yo…

dinero

Donde se cuenta cómo los adoradores del libre mercado se transforman en impulsores de la intervención del Estado. El miedo es grande. Tan grande que los neoliberales dudan hasta de su propia existencia. Y aquellos que trataban como primitivos populistas a Chávez o a los Kirchner, por querer regular los mercados, ahora claman que en sus países el Estado intervenga para salvarlos. Un nuevo texto de Luis Casado que resulta toda una postal de lo mal que están las cosas allí en el reino del modelo “exitoso”.  

Por: Luis Casado

Cada vez que Servidor lanzó una andanada contra el “modelo neoliberal” (título de mi primer libro), fue imposible evitar los comentarios despectivos de los renovados que usaban (y usan) la palabra “arcaico” como el oficial de los pelotones de ejecución usa su pistola después de un fusilamiento: para el tiro de gracia.

Hoy en día asistimos a un giro en 180 grados de la parte de algunos adoradores del libre mercado.

Conversión no por tardía menos espectacular y, como siempre, inexplicable e inexplicada. Si quienes queman lo que adoraron para venerar lo que condenaban tuviesen que justificar sus bamboleos… no habría políticos en el Parlamento, ni expertos en la televisión.

Guillaume Maujean, por ejemplo, redactor en jefe de la sección “Finanzas y mercados” del cotidiano financiero parisino Les Échos. Poco sospechoso de bolchevismo primario, he aquí que Maujean increpa a Donald Trump la redesregulación de los mercados financieros.

Bill Clinton –secundado en el disparate por Larry Summers, su consejero económico de julio 1999 a enero 2001– desreguló los mercados financieros aboliendo la Ley Glass-Steagal, aprobada en los años 1930 como una respuesta al desorden que llevó al crac de 1929 y a la Gran Depresión.

La desregulación de Clinton –por una vez en economía las mismas causas provocan los mismos efectos– generó las condiciones para la Gran Recesión, crisis gatillada por la estafa de los créditos subprime, de 2007 en adelante.

Barack Obama introdujo –penosamente– nuevas disposiciones regulatorias por medio de la Ley Dodd-Frank, y he aquí que Trump –aludiendo a las necesidades de sus “amigos” a los que les impiden ofrecer crédito (sic)– firmó una executive order para derogarla.

No sé si el hecho te interpela, pero leer a Maujean quejándose de la desregulación de los mercados financieros es como escuchar a Piñera criticando el lucro en la Educación…

Maujean califica el hecho de: “Increíble desaire, y una señal dramática enviada al mundo”. ¡Arrea!

El redactor en jefe de la sección “Finanzas y mercados” de Les Échos se permite reprocharle a Donald Trump su compadrazgo con el mundo de las finanzas:

“El mismo hombre que prosperó como candidato vituperando el establishment y las ‘élites mundializadas’, una vez instalado en la Casa Blanca recluta su personal en los gigantes bancarios y los hedge funds, y comienza por ponerles la alfombra roja”.

El hecho merece ser destacado: lo mismo hizo el socialista François Hollande en Francia y Maujean no se quejó. Hollande, mosqueado con Arnaud Montebourg, su ministro de Economía que propiciaba la protección de la producción francesa, lo sustituyó por el millonario y muy liberal Emmanuel Macron que fue a buscar al Banco Rotschild, símbolo del poder financiero del riquerío.

Maujean va mucho más allá, y su crítica a la libertad de los mercados financieros merece el viaje:

“El país que estuvo en el origen de la más grave crisis desde los años 1930 por no haber sabido controlar el desbocamiento de su mercado inmobiliario y la loca inventividad de Wall Street, es el primero en dar marcha atrás en materia de reglamentación financiera. La Ley Dodd-Franck, instaurada por Obama al cabo de millones de horas de negociación en el Congreso, estaba lejos de ser perfecta. Pero tenía el mérito de atacar los mercados más opacos, de reforzar la solidez de los bancos, de proteger mejor a los consumidores y de darle más medios a los fiscalizadores bursátiles.”

He aquí que la intervención del Estado en la economía es buena, que la libertad de los mercados financieros es caca, que los mercados son opacos, que los fiscalizadores son una suerte de 5º de Caballería… o sea exactamente lo contrario de lo que enseñan en las facultades de Economía y Finanzas del mundo entero.

Servidor tenía razón. No lo digo yo, lo dice Guillaume Maujean, redactor en jefe de la sección “Finanzas y mercados” de una reputada publicación financiera que, hasta ahora, defendía con dientes y muelas el libre mercado.

El lloriqueo de Maujean es patético y se convierte en una oración fúnebre para las “ambiciones de fortalecimiento de la estabilidad financiera en el mundo”. Maujean no es idiota, por eso me atrevo a decir que miente: ¿cómo puede soñar con “estabilidad financiera” si el alma de ese mercado es precisamente la inestabilidad?

¿De qué viven los hedge funds y en general todos los bancos si no es precisamente de los vaivenes –los economistas distinguidos dicen la “volatilidad”– de los mercados? Si todo fuese estable y estuviese en equilibrio… ¿de qué servirían los economistas, los “expertos”, las compañías de seguros y los bancos? Si el G20 busca la “estabilidad”, ¿porqué sus miembros lanzan guerras monetarias?

No puedo asegurar que el proverbio “a río revuelto ganancia de pescadores” haya sido inspirado por una crisis financiera, pero desde luego lo merecería.

La “estabilidad financiera” que el G20 buscaba desde su reunión de Londres, Maujean reconoce que fue: “Un proceso complejo, laborioso y jamás completamente logrado, (y que) ahora está caduco”.

Maujean no dice que todos obraron contra el intento de regulación y control de la banca y los mercados financieros: los bancos desde luego, pero también las compañías de seguros, los hedge funds, los fondos de inversión y las empresas de asesoría financiera, muchos partidos políticos, unos cuantos parlamentos y no pocos gobiernos.

Donald Trump no hace sino retomar el impulso desregulador que lanzó Bill Clinton, un demócrata (o sea un “progresista”), bajo la mirada indulgente de Alan Greenspan, el presidente de la FED nombrado por Ronald Reagan y confirmado en su cargo por… Bill Clinton.

Maujean se cura en salud, y previene que la movida de Trump es mal venida porque:

“…el sistema financiero sigue siendo vulnerable a nuevos impactos. Porque las políticas monetarias le hicieron perder sus puntos de referencia a los mercados. Porque la finanza de las sombras ha tomado un peso considerable. Porque los populistas amenazan el comercio y el crecimiento mundial”.

Lo que nos permite constatar hasta qué punto Guillaume Maujean, y en general los “expertos”, pueden ser de mala fe.

Las crisis recurrentes y la caída del crecimiento se produjeron cuando no había ningún “populista” a la vista y, por el contrario, los partidarios del neoliberalismo hacían nata. Confesar que el sistema financiero sigue siendo vulnerable a pesar de los billones (millones de millones) de dólares y euros lanzados por las ventanas de los bancos centrales, quiere decir que las políticas adoptadas hasta ahora han sido nulas, inútiles, costosas, ineficientes, incompetentes, ineptas e inaptas.

Reconocer el peso considerable y creciente de la “finanza de las sombras” es una patada en el hígado a la pretendida “transparencia de los mercados”. Criticar las políticas monetarias porque –pobrecitos ellos– los mercados omniscientes perdieron sus puntos de referencia y no saben ni siquiera dónde están parados, es liquidar la teoría que pretende que los mercados son todo, la sociedad nada, y tú, pobre atorrante pringado, sino un engranaje en este desastre generado para garantizarle el poder a una ínfima minoría que siempre sale ganando.

Monsieur Guillaume Maujean: Mil gracias, Merci beaucoup!, Thanks a lot!, Vielen danke, Muito obrigado, Grazie mille…

Gracias a Ud. y a su Editorial, muchos incautos que aún creen en Papá Noel y en la virginidad de María pudiesen recobrar la razón.

Publicado originalmente en Politik

Deja un comentario

Tu email no será publicado.


*