El último round / De la corrupción y otros demonios

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Las ideas de bien y de mal han cambiado tanto, de pueblo a pueblo, de siglo a siglo, que a veces hasta se contradicen abiertamente.

F. Engels

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Desde adolescente mi mente se ha debatido profundamente entre los conceptos impuestos del “bien” y del “mal”. La verdad, nunca he sabido qué tan malo es lo malo ni qué tan bueno es lo bueno. Quizás porque en principio mi cuerpo conectaba estos conceptos con las normas religiosas que tanto me hacían rabiar. Al fin y al cabo, yo sí había codiciado al hombre de mi prójimo y sus casas también, independientemente de lo que haya decidido hacer con mi “codicia”, porque, además, ¿quién dijo que los hombres y las mujeres le pertenecen, cual objeto, a alguien más? Y, ¿por qué otro tendría que tener una casa y yo no? ¡Quien escribió los mandamientos no tenía ni idea de lo jodido que es vivir alquilado! Y a todas estas, ¿qué coño era un “acto o pensamiento impuro”?, y ok, uno no va a robar, pero ¿da igual lo que me robe? ¿Y si robo a alguien que le robó a otro? ¿“Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”?

La gente se debatía en refranes. “Lo malo, tarde o temprano, se devuelve”, debemos “obrar bien para que nos vaya bien”, etc., etc., siempre a modo de justificación, amenaza o consuelo. Y yo ahí sin saber qué hacer. Entonces, intenté refugiarme en el lado filosófico del dilema, y me dio por leer a Aristóteles, Sócrates, Platón, Aristipo, Epicuro, Voltaire, Helvecio, Kant… y pare usted de contar. Pero, mis dudas solo cobraron más fuerza. Aunque, de una u otra forma, de eso se trata la magia de hurgar.

La vaina es que en aquel entonces yo estaba convencida de la necesidad de tener un cimiento al respecto, algo sobre lo cual sustentar mis propias posturas morales y que las mismas fuesen regias, definitivas. Para eso, empecé a buscar ejemplos cercanos. Pero, al parecer, para mis círculos, había cosas buenas únicamente si los favorecían a ellos y malas si los perjudicaban o favorecían a otro. “Lo que era bueno para el pavo no lo era tanto para la pava”. Era mala la corrupción gubernamental, pero la de ellos sí era chévere, porque era chiquitica, y “no perjudicaba al país”. Entonces yo, molesta, adquirí un absurdo tono de moralista indignada ante todo. Incluso, por aquellos días, al descubrir el plagio de uno de mis estudiantes, llegué al salón, cual histérica en potencia, a preguntarle públicamente: “¿Con qué bolas te quejas tú del gobierno si vienes y haces esto? Explícame”, aunque en el fondo no lo dejaría decirme absolutamente nada.

Hasta que la vida, porque esa sí que sabe medirte, puso ante mí pequeñas y grandes pruebas, y fuas: ¡Yo también resulté corruptible! Un día me hallé robándome un par de resmas de hojas de mi oficina para regalárselas a la comunidad totalmente autogestionada que hace el periódico comunero más hermoso que yo he conocido en mi vida. Del mismo modo, me vi marcando el número de teléfono de algún chivo con el único fin de pedirle una ayuda médica para la mamá de un compañero de trabajo, pese a saber que hay personas en peores circunstancias. Lo hice yo, la que una y mil veces ha maldecido que la gente chapee, que las palancas existan. Lo peor es que si me preguntan si lo volvería a hacer, respondería, sin dudarlo, que sí.

Entonces, intenté darme, yo misma, una cómplice palmadita en el hombro, mientras me susurraba: “Ya, marica, no te sientas mal, que es por una ‘buena’ causa”; “al menos no lo haces por ti. Es más, a ti te desalojaron de tu casa, estuviste en la calle, y jamás le pediste a nadie una casa”. Entonces, ¿aplica la lógica de Robin Hood?, ¿la corrupción era permisible o no dependiendo del contexto, de su tamaño, de su fin, de a quién beneficiaría? “Coño, Jessica, a este ritmo vas a terminar como el gobierno de Rumania, diciendo que robar está permitido siempre y cuando no nos pasemos de los 44.000 euros”, me recriminé.

Sin embargo, al rato volví a justificarme, pues empecé a hurgar en todos los posibles argumentos existentes, y terminé pensando fugazmente que los corruptos existen porque el sistema/contexto se presta para eso. Justo en medio de estas divagaciones apareció en la palestra pública el tema de los pasaportes y los gestores (para los cuales sí hay material, claro). A ver, ¿a quién coño le gusta regalarle los reales a un gestor? Si uno lo paga es porque se ha tornado casi imposible realizar los trámites por cuenta propia. Si voy a hacer la cola a las 3 a. m. me atracan, si pido permiso en el trabajo me botan, etc. Así como llamamos a “fulano de tal” porque los hospitales no dan la talla. “Qué bolas, Jessica. ¿Cómo vas a justificar esa vaina? Si sigues así vas a terminar entendiendo a quien revende los productos Haier solo porque la cosa está jodida”, me volví a interpelar.

El hecho me recordó a un viejo cuento personalísimo. La cosa va por acá: Yo provengo de una familia muy, pero muy, conservadora, donde jamás se habló de sexo, mucho menos de ginecología. Pero, un día, crecí, ingrese a la universidad, perdí la virginidad, empecé a trabajar y decidí, por cuenta y reales propios, ir a una consulta. “Más vale tarde que nunca”. En medio de la revisión de rutina, la doctora empezó a introducir su espéculo y mi cuerpo, nervioso hasta la pared de enfrente, tuvo una especie de movimiento reflejo. Entonces, la ginecóloga vociferó “cuando te lo estaban metiendo no hacías así, ¿verdad? Aguanta”. Yo, fosforito como siempre he sido, le volví mierda el consultorio y me fui, con el pantalón a medio abrochar y aconsejándoles a todas las pacientes que estaban en la sala de espera que se fueran de esa vaina porque esa tipa era una sádica. Años después, cuando le relataba el momento a un gran amigo, le dije: “A veces, una intenta hacer las vainas bien, pero los otros no ayudan, hermano”.

Hace unos días, en otro contexto, volví a tener aquella sensación. Resulta que yo me mudé y, en medio del proceso, decidí retirarme de mi viejo consejo comunal, donde desde hace muchos años yo era la reina del arroz con pollo, con voz y voto en absolutamente todo, para integrarme al nuevo. Lo hice porque me pareció lo más honesto y porque creo profundamente en la necesidad de fundirse con el territorio. De una u otra forma, yo estoy totalmente convencida de que nuestra calidad de vida y nuestra forma de relacionarnos como colectivo mejorarían profundamente si no tuviéramos la necesidad de movernos miles de kilómetros/horas todos los días para comprar, estudiar, trabajar, etc.

Entonces, aposté a lo que siempre apuesto: intentar hacer vida donde por las noches me entrego al sueño, caminar la zona, dar los buenos días/tardes/noches sin importar si recibo o no una respuesta, sujetar la puerta, esperar que el otro se monte en el ascensor, limpiar el pasillo conjunto, comprar en los alrededores, sonreír siempre que la espontaneidad lo permita.

Sin embargo, en el nuevo consejo comunal, donde asisto en completo anonimato, sabiéndome sin corona, sin arroz y sin pollo, aun no consigo ser incluida, porque, según sus líderes, “los censos ya cerraron y no se pueden volver a hacer” (da igual que usted tenga sus papeles, su llave, y su cuerpa paseando por esa calle todos los días a toda hora), “se necesitan enviar varias cartas y someter la solicitud a consulta”, donde quizás se pueda lograr el ingreso, pero… “¡olvídate de la caja de los CLAP… Y si aun no tienes el carnet de la patria… menos!”.

“Una intenta hacer las vainas bien, pero los otros no ayudan”, volví  a pensar. Con el paso de las semanas, y con la cocina vacía, me he cuestionado, “¿por qué coño te saliste de donde estabas? Si podías seguir yendo a buscar tu bolsa y ya, pajúa!”… De repente, pasé de hacer “lo más honesto” a ser la “pendeja” del año y, cual adolescente, pero en medio de una fuerte marejada política, vuelvo a desconocer dónde habita el bien y dónde reposa el mal.

13 Comentarios en El último round / De la corrupción y otros demonios

  1. Que triste y a la vez tranquila, identificarse en todo con alguien al que ni conozco…. Tienes la capacidad de escribir lo que muchos hemos sentido y no sabemos como expresar… Lo triste es que ni tú me puedes dar consejo para dejar de seguir en mis contradicciones internas

    • Yo no creo que sean malas tus contradicciones internas, ni las tuyas, ni las mías. Creo que peor sería no tenerlas, resignarse, acostarse en la zona de confort, dejar de cuestionarlo todo. Que las diatribas nos permitan seguir sintiéndonos vivas, aunque algunas nos jodan un poquito los adentros. Un abrazo, Sandra.

  2. ¿No estarás experimentando lo mismo que muchos rusos después de 1.924….a medida que se fué “STALINIZANDO” todo….?…¿si los censos cerraron y no se pueden volver a hacer,las mujeres de ese concejo comunal decidieron no parir mas?

  3. Esa es la historie de nunca acabar pero seguiremos insistiendo todos la sufrimos de una manera o de otra,, falta mucho para recuperar la forma de trabajar en forma solidaria y verdaderamente unida….

  4. Retomo las palabras del que me antecedió, de alguna u otra forma nos identificamos porque es como el pan nuestro…Pero igual no hay que abandonar la lucha!!

  5. Encontrarnos, a cada momento, ante un Sí o un No. Y lo habitual, lo ‘normal’, no será la norma. Y mi No, será el Sí de los que Heráclito llamaba ‘Los muchos’.

    Me gustó mucho tu artículo. Un Sí.

    Crecemos con los otros. Entre humanos. Rodeados de subjetividad. De ‘mano zurda’. De ‘inteligencia emocional’. Como decía Briceño Guerrero en El pequeño arquitecto del universo, inhibidos por consideraciones y respetos. Temerosos de herir, deseando agradar.

    Me gusta trabajar con computadoras porque siguen sistemas lógicos. El gran reto de la informática ha sido el poder programar para que las máquinas se nos parezcan.

    El ‘bien’ y el ‘mal’ sacándonos la lengua desde sus posmodernas comillas.

    Tengo treinta y siete años. Cinco hijos. Cómo han crecido en número y en peso cada uno de esos Sí y esos No a los que me debo enfrentar cada día. El balance que cada uno de mis hijos hará de mí cuando no esté.

    Todo el poder que se nos ha dado ha servido para probar nos. Las condiciones actuales; para vernos tal cual somos.

    Una revolución no puede ser una nube donde podemos tener certeza del centro pero no de los bordes.

    • Y a mi me gusto mucho tu comentario y a través de el recordar al creador del laberinto de los tres minotauros. La disputa entre los “si” y los “no” se intensifica con los años, con la llegada de grandes amores y también con las denominadas crisis, de uno u otro modo, de eso va la vida realmente vivida. Gracias por tus palabras. Y las energías mas bonitas para tus cinco chamxs. Saludos!

  6. ¡Qué buen artículo! Retrata muy bien mis contradicciones. A pesar de lo dramático del asunto, hoy duermo más feliz por toparme con este texto.

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