Chávez y los intentos de ahorcarle la cochina al pueblo

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Por: Jessica Dos Santos Jardim

Un 27F del 89, el pueblo venezolano se alzaba, sin éxito, contra los dictámenes del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Un par de años después, el 4F del 92, un hombre y su ejército lo volvieron a intentar. El pueblo fue masacrado y el hombre puesto tras las rejas. Pero, un 26 de marzo del 94 aquel tipo salió de la cárcel y 4 años después aquel pueblo lo hizo presidente.

A esas alturas, yo solo había leído, en un viejo cómic de Mafalda, que el Club de París era más poderoso que los jefes de Estado, y había escuchado, en un aburrido liceo, que “Venezuela era muy rica”, aunque yo fuese bastante pobre.

Profesor tras profesor vociferaba que “nuestra economía se sustentaba en el petróleo”. Yo aún no sabía qué era la economía ni para qué servía el petróleo, pero además si yo vivía de él ¿por qué nadie se dignaba a explicarme cómo funcionaba mi aparente oxígeno? Con el tiempo supe que algunos médicos tampoco nos cuentan el origen de nuestros males con el único fin de mantenernos enfermos. Más vale un cliente en mano que 100 sanos volando.

Entonces, empecé a hurgar. Supe que Simón Rodríguez quería que hiciéramos dos revoluciones: la política y la económica; y que a Bolívar aquello le pareció de lo más sensato, pues acaso, ¿podría una caminar sin la otra?

Así se lo cuestionó también Chávez, un 14 de diciembre del 94, en la Universidad de La Habana, y 4 años después, en abril del 98, durante su campaña electoral, y en una especie de celebre jugada maestra, explicó que había que refundar el Estado venezolano porque “el Banco Mundial dice que las economías necesitan Estados eficientes”. El otrora candidato había conseguido utilizar los argumentos del enemigo a su favor.

A los minutos, Chávez empezó a hablar de Juan Pablo Pérez Alfonzo, y cuando yo empezaba a perderme en su hilo discursivo, aún no tan pedagógico, el tipo agregó: “Mira, José Vicente, es como si ellos tuviesen 40 años jugando dominó, pero nada más ‘ahorcándole la cochina’ al pueblo”.

¡Vualá!

Con los años, observamos a un comandante intentando ganar la partida y hacerlo por “zapato”. Sin embargo, cualquier jugador de dominó sabe que, en su pareja y su capacidad de atención, radica buena parte de su potencial victoria. La dupla de Chávez éramos nosotros: el pueblo. Y por eso debíamos aprender a jugar.

Hugo se empeñó, día tras día, en enseñarnos las razones por las cuales durante años nos ganaron la partida, y nos dejó las herramientas para “adivinar” las piedras de nuestro contrincante. De hecho, entre las últimas alocuciones del presidente se encuentra una realizada en el Salón Néstor Kichner, donde, cual visionario, nos pedía instaurar “el viernes económico”.

En aquel entonces recuerdo haberme cagado de la risa: “¿Un viernes, Chávez? Falta que digas que viernes de quincena y a las 6:00 de la tarde”, le dije al monitor con mi mejor espíritu rochelero. Sin siquiera caer en cuenta de que era también la economía lo que permitía que mi actitud y mis planes rumberos fuesen posibles.

“Es muy importante que todos estudien el tema económico, el tema económico, el tema económico, la política económica, la economía política, y hay que alimentarnos con esto siempre, tratar de reflexionar sobre lo que significa la economía, desde la macroeconomía hasta la microeconomía, la economía, y sobre todo la economía en transición”, expresaba.

Él era un Chávez que ya no estaba en campaña ni debía usar los argumentos del enemigo a su favor. Pero yo seguía siendo tan ignorante y vulnerable como aquella pequeña del liceo.

“No se sientan mal por no saber. Nos eliminaron todo. Lo que fue economía política quedó como economía, ¿ves? Es la desviación economicista del neoliberalismo. ¡La eliminaron! ¿Cómo? A través del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, que para dar limosnas exigía cambiar hasta los pensum de estudio en las universidades; modificar leyes, etc., etc., etc. La economía no se puede separar de lo político: lo que hay son proyectos políticos, y luego un modelo económico que le sirve al proyecto político”, me consoló.

Sabemos cuál es nuestro proyecto político. ¿Poseemos realmente un modelo económico? ¿Será que en aquellos últimos discursos, Chávez se alejaba del futuro económico que soñaba, para también evaluar el que los poderosos nos querrían imponer apenas él partiese de este plano?

Hoy en mi casa reina una economía de guerra, y en mi país dicen que hay una guerra económica, y yo solo sé que estoy a merced de un mercado tan cambiante que quizás ya no hay argumentos económicos que lo expliquen… Ah, pero “la economía es política”, decía el comandante. Y siempre resta algo por hacer. Al fin y al cabo, eso fue lo único que le prometimos aquel 5 de marzo: agotar todas las opciones para mantener el barco a flote.

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