El recuento de los daños

NiUnaMenos

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Yo jamás he dado a luz, pero de una u otra forma soy una de las tantas víctimas de la violencia obstétrica en Venezuela. Un 13 de julio del 89 mi madre me paría, a mí y a mi hermano, en un decadente hospital caraqueño, donde la mala atención médica devino en la muerte, días después, de aquel anhelado morocho. Ninguna denuncia procedió. Nada pesa más que aquellas delicadas batas blancas. Las mismas que por años me trataron una deficiencia cardiaca originada por las mismas causas.

Entonces, yo fui criada por el miedo que reza: “Dios mío, que a ella no le vaya a pasar nada”. Un día, de carajita, recuerdo que agarré a golpes, mordiscos, y rasguños a un niñito que me besó a la fuerza. Nuestros representantes fueron citados. Mi madre, regia y ante la mirada atónita de la maestra, solo esgrimió: “Ustedes enséñenle a los niños a respetar y si no que se atengan a las consecuencias”, y se fue.

Al salir del colegio me lanzó un dictamen inolvidable: “Nunca dejes que nadie te obligue a hacer algo que no quieres, menos un tipo, ¿me escuchaste? ¡Dime si me escuchaste!”. Yo asentí, temerosa, sin entender mucho, preguntándome ¿por qué ella me obligaba a ir a clases? Si eso era algo que yo no quería.

Con el tiempo entendí el significado de aquella frase, pero también supe que mi vieja no era tan pro como parecía. En especial, por la enorme brecha que existía entre el trato que le brindaba a mi hermano mayor y el que obtenía yo. Sobre todo, cuando, tras otorgarle un permiso a él, me lo negaba a mí: “Tú eres mujer y eso es muy peligroso”. En medio de la incomprensión, un día le increpé: “Que pasaría si el tipo que obliga a alguien a hacer algo que no quiere fuese mi hermano?”. Entonces, sonaron los grillos.

Evidentemente, muchos fueron los tipos que lo intentaron. Mi primer noviecito universitario, unos cuantos años mayor que yo, un día me esperó a la salida de mi curso de inglés para reclamarme, sin ton ni son, que entre “el teacher” (pronunciado por sílabas, detalladamente, con la agresividad a flor de piel) y yo “pasaba algo”. El “reclamo” se postergó hasta la vía pública, en un tramo entre Chacaíto y La Solano, por donde aún (tantos años después) me sigue lastimando pasar. Cuando intenté tomar el autobús hacia mi casa, llegó el empujón, los dedos marcados, el momento donde me despojó de mi cartera, el instante exacto donde todos se hicieron los locos y caminar al módulo policial fue aún más humillante que quedarme. Recuerdo que me rescató una amiga, me dio cobijo en su casa, apagó mi celular y borró los 18 mensajes de voz repletos de insultos. Luego, el hombre llamó a mi casa para repetirle a mi madre que su hija “era una puta”. “La puta”, muerta de miedo, recurrió a eso que llaman “una orden de caución”. Durante las citaciones recibí la llamada de su madre para pedirme que “parase todo eso”, pues su hijo era “un buen hombre” y ya existían denuncias similares en su contra. Justo ahí me pregunté, ¿qué haría mi madre si ese fuese su hijo? También, en aquella época universitaria, acudí sola a mi primera consulta ginecológica. La ginecóloga, durante la citología y ante un acto reflejo de mi cuerpo, esgrimió: “Cuando te lo estaban metiendo no hacías así, ¿verdad? Entonces aguanta”.

De esta forma, mis ideas del amor y el sexo se fueron permeando de miedos y culpas, aun habiendo “superado” el sinfín de dictámenes, católicos y represivos, en torno a la primera vez, la virginidad y el matrimonio. Incluso mi responsabilidad ante el acto sexual también provenía de una especie de trauma: a meses de graduarme de bachiller, una gran amiga arribó a mi casa con una prueba de embarazo en la mano y el pánico en la mirada. El resultado era positivo, pero aquel embarazo no tendría feliz término. Así lo había decidido ella. Y a mí no me quedaba más que apoyarla. A las semanas y tras decenas de artimañas para encontrar la altísima cantidad de dinero que le solicitaron, nos dirigimos juntas a un bonito consultorio del Centro Perú, en pleno corazón de Chacao, para que ella fuese víctima de un aborto clandestino. Más que el proceso, yo recuerdo los días posteriores, su llanto, su culpa, sus recurrentes pesadillas, su incapacidad de “perdonarse”. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Qué habría pasado si ella no hubiese encontrado la plata? El destino volvía a demostrarme que el “problema” no era solo el género sino el estatus social.

Pero a las pobres también nos roban. En diciembre del año 2012 me atracaron mientras trotaba en el Waraira Repano. El delincuente me obligó a colocarme bocabajo con la pistola en mi nuca, mientras me revisaba los bolsillos del pantalón y vociferaba frases obscenas. Lo espantó el ruido de un gran grupo familiar que se acercaba al lugar. ¿Qué tan cerca habré estado de una violación?, nunca he podido dejar de preguntármelo. Al fin y al cabo, absolutamente todas crecemos y nos constituimos bajo esa amenaza. Pero, en mi terquedad, en mi afán de no normalizar lo aberrante, he seguido en las mismas: saliendo sola, viajando sola, viviendo sola. En estos días, por cierto, se me jodieron unas tuberías, y una compañera de trabajo me decía: “Pero Jessica ya búscate un marido”, y yo, con total naturalidad le esgrimí: “Marica, pero si yo lo que necesito es un plomero”. La oficina se llenó de risas, pero el espíritu del machismo siguió danzando.

Justamente en las oficinas, como subordinada, he sido enviada a cubrir un sinfín de pautas periodísticas bajo el argumento: “Como eres mujer, a ti el tipo sí te va a declarar”, seguida de una recomendación en torno al vestuario que tenía que usar y la forma precisa para abordarlo. Tampoco ha faltado quien cree que estoy en un lugar porque me acosté con alguien o que me acostaré con alguien para estar en un sitio distinto. Ahora, como jefa, un montón de veces me han desacreditado porque “seguro tiene la regla” o “¿hace cuánto que no se la cogen?” (porque para el machismo el acto sexual es así: al unísono). A veces les respondo, con sarcasmo, la cantidad de días exactos que llevo sin sexo. Otras tantas empiezo a describirles, con lujo de detalles, lo candente que fue mi noche, y paso, una vez más, de ser “la frígida” a ser “la puta”, que hace del “humor” un arma.

Pero, aun consciente de todo esto, cuando supe que mi expareja, tras un montón de años juntos, me había engañado con otra, casi salgo a matar a esa “zorraaaaa infelizzzz”, hasta que entre lágrimas entendí que la “zorra” no existía, que nunca existe, que el compromiso de lealtad era únicamente entre él y yo, y lo demás no importaba.

Así se nos va la vida, así llega cada 8 de marzo, turnándonos el papel de víctimas y victimarias, sin abrazarnos en la necesaria sororidad. Hoy estoy completamente segura de que cada una de ustedes tiene una historia que contar, y este texto es solo eso, un recuento de los daños, y una invitación a liberar sus relatos para liberarnos el alma, a contar nuestras historias para poder contarnos nosotras, a erradicar el machismo en y entre nosotras, a saber que somos muchas, que somos todas, que no queremos #NiUnaMenos, y que nos pararemos las veces que sean necesarias hasta detener este sistema que nos mata aún dejándonos vivas.

7 Comentarios en El recuento de los daños

  1. QUE MENSAJE TAN CONTUNDENTE, REAL Y BONITO… ME GUSTA MUCHO SU FORMA DE ESCRIBIR LLEGA AL PUEBLO LLANO, AL CORAZON Y A LA REFLEXION-ACCIO.

  2. Otro imperdible de nuestra Jessica Dos Santos, con el que me identifico y el cual me saco unas lagrimas de malos recuerdos; pero que al final también me fortalecieron.

    • Los malos recuerdos son también grandes aprendizajes y que estén ahí, en la memoria, en el pasado, son señal de nuestra bonita capacidad de trascender sobre lo malo. Un abrazo Isa!

  3. Primera vez que te leo; me encanto tu manera natural de redactar tan especiales experiencias, la visión desde el punto de vista de infante es espectacular, tienes razón cuando dices que cada una de nosotras nos podemos ver reflejadas en algunos de tus relatos, a mí como a muchas me pasó, le paisaje en la oficina es el día a día y mucho más si es un sitio “repleto” de féminas. La verdad y con mucho optimismo pienso que ojala seamos muchas las que nos reflejemos en tus escritos eso hablaría o por lo menos nos daría una esperanza del incremento en la conciencia de los daños del machismo en la sociedad.
    Me lo disfrute muchísimo, sigue educando Jessica. Y espero que hayas encontrado al plomero, porque eres de las pocas que saben identificar el problema.

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