Mujeres del siglo XXI: del resistir al producir

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Por: Lorena Freitez

Después de más de 90 años de luchas explícitas, de tono político, de contestación a la subestimación y discriminaciones de mil tipos, a las mujeres del siglo XXI se nos presentan preguntas radicales sobre nuestros deseos de ser libres, ¿cómo queremos ser libres?, ¿luchar reclamando nuestro lugar en “este mundo” o luchar produciéndonos el mundo donde queremos vivir?

El siglo XXI tiene eso de servir ante nosotras el acumulado de expresiones bárbaras y sofisticadas a través de las cuales el poder mezquino se muestra. Hoy se presenta en múltiples formas de dominación derivadas de un siglo de tensiones con las mujeres subordinadas en insubordinación. Lo vemos explícitamente torpe, violento, brutal: feminicidios, violencia doméstica, trata. Pacato y cínico: escandalizando el aborto y callando ante la violencia obstétrica. Descarado, injusto, cara e’ tabla: pagando menos salario a las mujeres que a los hombres (27% menos en promedio mundial). Pero también, lo vemos con su rostro comprensivo y “progresista”, abriéndonos espacios y jactándose feminista: más puestos en el gobierno, en el parlamento, en las universidades.

Me refiero a un poder mezquino como aquel poder que se concibe universal, totalizante: dentro de él todo, fuera de él nada. También como un poder inútil para las mayorías, como un fin y no como un medio, como un punto de coronación de privilegios a partir de las jerarquías y desequilibrios existentes. Este poder a veces ha logrado convencernos de luchar bajo sus reglas, poniéndonos a pelear en la arena de combates que ha construido. Nos ha hecho forjadoras del mundo que diseña y dirige. Ha reducido nuestras luchas a solicitar un mejor puesto en la nave que conduce.

Gracias a las miles de luchas feministas emprendidas, si bien podemos mirar con rabia cómo este poder se ha sofisticado al calor de nuestras resistencias, también hoy tenemos certezas para pensar que ya somos protagonistas de la construcción de un otro poder y un nuevo mundo. Certezas para mirar los límites reales, las costuras, de este poder que parecía abarcarlo todo y resulta que es mucho más estrecho que las actuales herramientas, posiciones y adhesiones con las que contamos para poder crear y producir la vida que soñamos.

Decía a unas mujeres latinoamericanas que se encontraban en Bolivia para conversar sobre sus situaciones y posibilidades políticas, que el poder de las mujeres camina telúricamente en todos los espacios de producción donde las mujeres “trabajan” o, más bien, reproducen o resuelven la vida: en unidades de producción familiar, cooperativas, comunas, fábricas. Ya sea por necesidad, guiadas por el deseo o por el sentido de oportunidad, han ido poblando durante décadas y en oleadas masivas los espacios de una economía desconcentrada, de pequeña escala pero cuantiosa. También lideran casi todos los espacios de organización política de base. Las mujeres hoy conducen el poder desde abajo y siguen peleando los espacios de poder de arriba, en el Estado, en las grandes corporaciones o asociaciones empresariales. Esto no es poca cosa cuando se mira el tablero de posiciones estratégicas y las estadísticas poblacionales: las mujeres ejercen el poder desde abajo y esa posición les exige razonar y proyectar lógicas críticas de construcción y administración política particulares, que si bien pueden seguir sirviendo a la reproducción del poder mezquino, también puede conjugarse a favor de la reproducción de la vida de las mayorías.

El reto de las mujeres del siglo XXI que tenemos sentido de la oportunidad histórica que la crisis civilizatoria que vivimos nos ofrece, no solo es articular en clave democratizadora esos pequeños espacios de poder desde abajo, que ya se ocupan, para mejorar las condiciones de reproducción de vida material y estar en mejores condiciones para luchar, sino sobre todo apostarle a construir un nuevo universo de interpretación y organización de la vida que no sea oposición a los límites, prohibiciones, exclusiones y jerarquizaciones que inferiorizan, cuestionan o fustigan las creaciones femeninas, y que sea, sí, centralidad de una lógica más equitativa y justa de distribución de esfuerzos, riquezas, legalidades y legitimidades producidas entre tod@s. Construir este otro mundo, no supone ceder los beneficios de ese mundo con el que hemos contribuido durante siglos, poniendo nuestros cuerpos y cogniciones, no supone dejar de seguir disputando posiciones, recursos y alianzas que nos permitan ganar tiempo y posibilidades para transformar las reglas del juego, supone aprovechar el tiempo hoy, que no es ayer ni mañana, para salir a construir, inventar, producir otro mundo fuera de los estrechos límites del mundo mezquino.

A modo de posdata habría que decir que la construcción de un mundo donde las mujeres tengan que dejar de defenderse, implica zafarnos del estrecho lugar de resistencia que el poder mezquino nos ha permitido para merecernos ser incluidas. Implica reconocernos iguales a todos aquellos que siendo hombres o mujeres solo han podido defenderse para sobrevivir, y convocarlos a producir lo nuevo, convocarlos a ser piezas estratégicas de lo por-venir.

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