El último round / La soledad vs. el colectivo

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Por: Jessica Dos Santos Jardim

Hace unos días conversaba con una amiga sobre esa especie de foso en el que todos hemos caído, al menos una vez en la vida. De repente, empecé a ver en cámara rápida el transitar de un montón de duros recuerdos personales y a modo de reflexión, le dije a mi pana:

—Yo todavía no sé cómo conseguí superar mi 2015-2016. Yo jamás pensé que tantas cosas malas pudieran confluir en un mismo calendario.

La pana me miró de reojo y me dijo con total naturalidad:

—No joda marica, es que a ti solamente faltó llevarte a ver a los Valentinos.

Yo escupí el café y me ahogué con la arepa. No paré de reírme durante al menos 10 minutos, pero en el fondo, aquellas carcajadas eran la certificación de una irrefutable verdad: caminando juntos no hay manera de perderse porque perdernos juntos no es perdernos.

En aquellos meses a mí se me juntaron rollos familiares, complicaciones económicas, problemas de salud, la ruptura con mi pareja, quien había sido, de una u otra forma, mi principal apoyo. En esos momentos, uno siente que absolutamente nadie posee la capacidad de entender lo que nos pasa, entonces, optamos por meternos en nosotros mismos. Así andaba yo, intentando demostrar, a lo arrecho, que yo podía sola, con lo que fuese. Hasta que afortunadamente la gente que nos quiere, que nos compone, que nos hace ser quienes somos, dice presente y se queda a nuestro lado, aun cuando nuestro verbo y accionar a veces insistan en alejarlos. Fueron varios los afectos que me acompañaron horas y horas en fríos consultorios, que me tapuzaron de comida porque “me estaba poniendo muy flaca”, que parieron un medicamento, que le metieron mano al motor de mi carro, que me secaron las lágrimas, que me recogieron con palita o me quitaron las sábanas de encima y me sacaron a la calle, a las carreteras, a la vida.

En ese contexto, yo entendí dos cosas: primero, que el miedo y la cobardía no son exactamente lo mismo. A veces, el miedo es una manifestación íntima e inevitable del cuerpo. En cambio, la cobardía es una actitud ante la sociedad. A uno le da miedo atravesar momentos como esos, le da miedo quedarse sin trabajo, mamando, pelando bolas y eso es normal. El meollo es, ¿cuánto sacrifica uno o cuánto es capaz de ceder o humillarse para no quedarse sin trabajo? La cobardía empieza entonces cuando uno le tiene miedo al miedo.

Mientras eso no ocurra, el miedo se convierte en una especie herramienta, que nos sirve, por ejemplo, para sobrevivir, para no andar por ahí cacheteando leones, caminando con los ojos cerrados en la azotea de Parque Central, metiendo tenedores en los tomacorrientes o precisamente queriéndose meter a ermitaño, solo para demostrar que uno es arrecho.

Y precisamente, una cosa es el gusto por la momentánea soledad y otra el imperante rechazo a lo colectivo, el tirársela de misántropo. Por lo menos, en mi vida escolar, universitaria y laboral, mil veces me he inclinado por hacer las cosas sola porque “el otro no funciona, no hace nada, no sirve, no trabaja igual que yo, no va a arruinar mi esfuerzo”, etc., etc. Es la negación rutinaria del otro a la cual este sistema nos ha llevado. Sin embargo, cuando pienso en los momentos más complejos de mi vida, sé que, sin la existencia de los otros, yo no la estaría contando, no habría sido posible vencer.

Bueno, exactamente lo mismo ocurre con la economía, la política, la sociedad. Sin la unión de la gente no se habrían dado las rebeliones populares que cambiaron el curso de nuestra historia, tampoco se derrocarían o defenderían gobiernos, ni se sobreviviría ante las crisis imperantes.

Justamente, ese es el punto que nos resta entender, está bien que tengamos miedo, pero la coyuntura no puede convertirnos en cobardes, está bien que intentemos sobrevivir, pero no es a través de las salvaciones individuales (bachaqueros, especuladores, etc., en todas sus categorías y niveles, por ejemplo) que saldremos de esta situación, que la solidaridad es la única vía, porque además el dinero que usted me roba vendiéndome un pote de leche en 20 mil bolos es el mismo que le quitará un tercero por un medicamento que usted necesite, y probablemente yo no seré quien mueva un dedo ante eso.

Entonces, necesaria es una red de solidaridad, sabernos acompañados, lo cual también incluye nuestro derecho a drenar, a contarnos los males, a quejarnos, a maldecir, a llorar, a secarnos las lágrimas, a recoger los vidrios, a no pegarlos, a lanzarlos lejos, a construir un florero nuevo, a recuperar nuestras flores amarillas. Al fin y al cabo, como dice Gioconda Belli, “hay crisis que marcan el fin de un círculo completo de nuestras vidas y que al hacernos tocar fondo nos hacen también emerger con una fuerza que quizás no habríamos podido obtener de ninguna otra manera”. Seguimos.

8 Comentarios en El último round / La soledad vs. el colectivo

  1. A una mujer así tan madura,femenina y echada pálante yo “meleiría” a los pies arrodillado para pedirle empate por el resto de mis días y jugarme la vida con ella, fiel como el sol con la mañana. Pero seguramente ella tiene tres cuartos de mi edad y yo,simplemente ya no tengo tiempo para darle tanto amor como merece.

  2. En una crisis de Incertidumbre sobre la situación actual y como proceder, o ¿que hacer para ayudar a transformar o comprender la realidad? Le escribo a una Profesora de la UBV y me remite este artículo. Brillante sobre la posicion del “nosotros” y no de la individualidad alienante característica de éste sistema. Ya lo decia el Ché: “…Cada uno de nosotros, solo, no vale nada…” (carta a sus hijos, 15/02/1967)

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