El último round / 15 y Último, los periodistas y la economía

Jess

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Cuando yo era niña me pasaba como a Mafalda en aquella tira cómica donde dice: “Desde que yo era así (chiquitica) ya oía decir que el país estaba en crisis”, pues crecí escuchando que “la economía está jodida”.

A medida que fui creciendo supe que la economía era la que no dejaba que mi mamá me comprase el helado de chocolate híper mega cremoso, sino que me mataba con un manzanita aguao y de paso me tocaba compartirlo. También fue ella el motivo por el cual un día mis padres mandaron al carajo el cuento del niño Jesús, porque “coño hija, ven acá, nosotros no te podemos comprar esa vaina”, pues en aquel entonces la industria me había convencido de querer cuidar a una “mascotica virtual”.

De repente, empecé el liceo, y al parecer yo era un cráneo para las matemáticas o al menos eso indicaban los resultados, la vaina es que mi forma de obtenerlos “no era la adecuada”, porque “no solo importa la respuesta sino el procedimiento”, y yo, que jamás he sido partícipe de complicarme la vida de gratis, me negué a entenderlo.

Entonces, aprovechándose de mi frustración, algo o alguien me convenció de que yo “no servía para los números”, si sacaba diez iba cómoda, y como para algo tenía que funcionar en esta vida, pues me declaré “humanista”. Al carajo las cuentas y las fórmulas, señores: ¡Me liberé!

Pero, cuando se supone iba a empezar a gozar de mi libertad, pues resulta que lo humano “no paga”. Que había que estudiar numeritos o estaría destinada a pelar bolas por los siglos de los siglos, amén. Y mi hermano mayor… tan administrador, tan contador, tan economista, tan, tan, tan.

“¿Y ahora qué hago?”. Nada. Me reafirmé en mi “humanismo”. Seré comunicadora social. Ah, pero resulta que durante esta carrera una también ve un par de contabilidades y economías. Recuerdo que llegué aterrada a esa clase y palidecí aún más cuando el profesor nos ordenó revisar la prensa, día tras día, para conocer “los indicadores económicos”, pues iba a preguntarlos al inicio de cada clase.

¿Qué carajo será eso? En la instrucción estaba la respuesta: Me limité a aprender de memoria todos los miércoles y viernes el tipo de cambio, cómo estaban las reservas internacionales, el PIB, el precio del barril de petróleo venezolano, y algo que llamaban el índice de precios al consumidor, relacionado con la unidad tributaria, el IVA, la canasta básica, el salario y los tiques. No importa que yo no supiese qué coño era todo eso, el truco estaba en decirlo con propiedad, el profesor sonreía y todo estaba bien.
Sin embargo, por aquellos años a mí me dio por leer más, digo, la prensa, la fuente económica, y por primera vez vi que el “mercado” no era ese a donde mi mamá iba los domingos y ya, no, el “mercado” era como una especie de varita mágica que podía explicarlo absolutamente todo. ¿Por qué no respondí todo los parciales del liceo con esa palabra? ¡¿Por queeeé?!

Quién sabe. Pero en cualquier artículo periodístico se leía (y se lee) como verdad pura y revelada que el aumento o la disminución de precios y salarios, la recesión, y un larguísimo etcétera, se debían a la interacción de la oferta y la demanda gracias a la “mano invisible” del fulano “mercado”.

Así no más. Como si no se necesitara ninguna acción humana, como si absolutamente nadie decidiera aumentar los precios, o las remarcaciones de los costos (que hoy tanto padecemos) no fueran parte de una compleja cadena en la que uno o varios dan una orden que se ejecuta y tiene un impacto determinado. No. Nada de eso.

Para ñapa, al parecer los economistas eran una especie de magos que no conseguían sacar nada del sombrero, pero igual lograban llenar la función. Al fin y al cabo, de 134 crisis y recesiones en el mundo entre 1991 y 2001, el famoso Fondo Monetario Internacional (FMI) solo predijo 15. ¿Igual o peor que el INAMEH y sus pronósticos climáticos? No sabe. No responde.

Pero alguna vez leí que un fulano académico estadounidense llamado Philippe Tetlock había estudiado los pronósticos de 284 economistas durante 20 años, para determinar que sus posibilidades de acierto fueron similares “a las que tiene un chimpancé de ganar en un juego de dardos”. Imagíneselo usted mismo.

Pero, además, cuando uno más pelando bolas andaba, resulta que la economía disque estaba bien, que el PIB subió, y que al parecer quienes no se montaron en la ola fuimos nosotros… el 90 y dele % de la gente pues, pero bueno, las cifras son las cifras.

Y hablando de PIB y numeritos… Cuando yo más bruta me sentía, fui testigo del momento en el cual un alto funcionario del gobierno ligado precisamente a estas lides económicas, le preguntó a un familiar: “Explícame ahí rapidito ¿qué es el PIB?”, el mismo funcionario que meses antes había mandado a maquillar unas cifras que irían en las láminas que exhibiría Hugo Chávez en el Aló Presidente.

A estas alturas, la economía solo podía recordarme a un viejo chiste:

¿Qué responden en una entrevista laboral un matemático, un estadístico y un economista cuando les preguntan cuánto es 2+2? El matemático no lo duda: “da 4”. El estadístico pondera: “en promedio 4, con un margen de error del 2%”. Mientras que el economista acerca la silla al entrevistador y le pregunta bajito: “¿A qué deseas que sea igual?”.

Tal vez, como decía Sigmund Freud, “los chistes, además de hacer reír, revelan verdades ocultas de la vida social”. Pero, finalmente, y hablando más en serio (de ser eso posible): ¿Hay alguna manera de demostrar fehacientemente que una teoría es correcta y otra no? ¿Todos los estudios económicos son falsos o cualquiera puede ser verdadero? ¿Cuántos economistas se encargaron alguna vez de la producción, venta o distribución de algo? ¿Los periodistas hemos sido malos entendiendo a los economistas o la instrucción sistemática es que absolutamente nadie entienda nada?

No lo sé. Pero de algo sí me convencí: nadie puede ni debe mantenerse ajeno a la economía. Así como no hay ningún ser, sobre la faz de la tierra, que consiga ser “apolítico”. Al fin y al cabo, como decía el tal Keynes: “las ideas de los economistas son mucho más poderosas de lo que generalmente se piensa. El mundo no está gobernado por otra cosa. La vida de las personas, que muchas veces creen ser independientes de esta disciplina, suele estar determinada por la teoría de algún fallecido economista”.

Así que, a un año de haber sido creada esta página, no me queda más que agradecer a quienes la conforman, por ser diferentes a lo imperante, por el afán pedagogo, y el chance de permitirme aprender haciendo, con ustedes y los lectores, en un constante llenar la vida de gerundios. Feliz primer añito. Que vengan muchos más.

10 Comentarios en El último round / 15 y Último, los periodistas y la economía

  1. Siempre te leo….si yo no fuera un pure…si tuviese 28, 30 por ahí….trataria de “echarte los perros”, “los caballos”….pero en serio, pa'matrimonio…..sigue escribiendo y mostrando toda esa sensibilidad, esa riqueza espiritual, felicitaciones.

  2. Muy bueno. Me identifico un poco porque soy de tu generación y elegí el humanismo y la comunicación, aunque primeramente quise eso de la psicología. Muy cierto lo de no estar ajenos a la economía, como también afirmó que ninguno puede ser apolítico. Saludos desde Barinas.

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