El Último Round / A la izquierda, la vieja escuela

A-la-izquierda-

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Nada poseemos salvo este fuego

J.A.

Hace unos cuantos años, cuando empecé a hurgar en eso que llamaban “la izquierda”, atravesé varios procesos, sentires y visiones contrapuestas. A vuelo de pájaro, esta fauna parecía dividirse en dos grandes bloques: los que, según dicen, poseían “formación política”, aunque más que política fuese académica, libresca, intelectual, con un par de títulos de conocimiento obligado (a punta de prólogos, resumen, o en su totalidad, da igual) y los otros, más “patea calles”, voluntaristas, con vidas acontecidas y verbos encendidos aun sin mucha elaboración retórica. Unos y otros tenían sus clichés imperantes, clichés que iban desde la boina pasando por la barba, hasta la manera de cruzar las piernas o expresarse. Y lo escribo en masculino porque resulta que en este sector aparentemente también reinaba eso que la RAE aún denomina “el sexo fuerte”. Además, los de vieja data, a estas alturas, solían aprovechar la visión idílica, tan romántica como falsa, construida en torno a la guerrilla, la izquierda, etc., para levantarse carajitas a punta de historias personales edulcoradas.

Con el tiempo, algunos de estos prejuicios fueron desapareciendo, otros, por el contrario, siguieron ahí. Pero, lo realmente importante, las preguntas vitales, seguían revoloteando en mi cabeza: ¿los memorables accionares de calle de aquel movimiento revolucionario no habían logrado más bien desacreditarlos ante los ojos de un país amante de la tranquilidad?, ¿podían todos entender la violencia redentora, clasista, cimarrona? Pues, sin ella habría sido imposible alcanzar, por ejemplo, la independencia, pero ¿esto la justificaba?, ¿había acaso otra manera de visibilizarse?, ¿lo permitiría el sistema? Pero, además, ¿qué le ofrecía la llamada “izquierda” a la juventud?, ¿ser víctimas de torturas, desapariciones, asesinatos? Y en especial: ¿qué pasaba con esos miles de venezolanos y venezolanas que no militaban en las filas de esta izquierda, que poco o nada sabían de teorías y autores, que incluso llegaron a temerle al “comunismo”, pero que en su día a día poseían accionares completamente nobles, justos, revolucionarios? Porque como dice la canción: “De mi abuela, que no supo nunca escribir ni leer, aprendí a ser socialista y en la escuela por poco la traicioné”.

En comprender esa variopinta realidad radicó el triunfo de un Chávez que aceptó su responsabilidad el 4 de febrero del 92, y que durante su campaña electoral en el año 98, le dijo a Jaime Bayly, que para él Cuba “sí, era una dictadura” pero no podía condenarla, y así, sucesivamente, hasta que luego, con un lenguaje sencillo, amplio repertorio musical, infinidad de cuentos, cuestionamientos profundos, pero explicados con realidades cercanas, palpables, tangibles; gustos y atuendos básicos, amores y despechos, familia, cristiandad, momentos de arrechera, y hasta la “ordinariez” (como esa de contar que se estaba cagando en plena cadena nacional), fue explicándole a la gente sus visiones en torno a casi todo. Unas características que casi nunca, o nunca, se vieron en la plana del PCV.

Por eso, semanas atrás, reunida con unos chamos militantes de la JPSUV, me atreví a asomar un supuesto escenario donde, tras procesos electorales, la derecha retornase. Antes de diciembre hubiese sido imposible hacerles ese planteamiento sin salir acribillada por el dogmatismo. Pero tras la pérdida de la Asamblea Nacional, el debate se diversificó, aunque fuese mínimamente. Yo que, con base en mis creencias, nunca me inscribí en partido alguno, empecé a plantear mis ideas para preservar lo que yo considero elemental: nuestras vidas, maneras distintas de ganarnos el pan, un par de archivos históricos, y formas alternativas de ejercer la comunicación.

Para mi sorpresa, varios de los panas planteaban como única opción la vuelta a las montañas con fusiles hasta los dientes. Yo entendí la lucha armada de los 60. Pero, tantos años después ya deberíamos saber que no es la única manera de ser revolucionarios.

Además, quizás yo me niegue a entender la repetición como opción. Nosotros fuimos formados en una escuela política diferente y de la mano del mejor de los maestros. Erramos haciendo. Triunfamos haciendo. Aprendimos haciendo. Y ni lo uno ni lo otro nos costó la vida. Poseemos total consciencia en torno a lo que han sufrido las generaciones pasadas, conocemos aquellos años de represión, encarcelamiento, desaparecidos, asesinados. Es decir, no tenemos la arrogancia de los ignorantes, pero tampoco el miedo en el alma, ni el fracaso tatuado en la frente. Somos, tenemos que seguir siendo, como niños aprendiendo a manejar bicicleta, sin temor a caernos, con la capacidad de estallar en llanto y volvernos a encaramar sin mayor trauma, para seguir cobrándole a la historia las flores que nos debe. Por eso nunca internalizamos la actitud de los clandestinos que hablan bajito. Portamos franelas, banderas, libros, discursos, a viva voz, e incluso a veces sin entender que los criminales son los mismos y siguen ostentando el mismo poderío, aunque no fuese el político. Entonces, nuestras estrategias, en cualquier panorama, aun en el peor de los escenarios, deben ser innovadoras. En la coyuntura económica, en estos días de protestas y convulsión callejera, en los venideros procesos electorales, siempre.

Por ejemplo, hace unos días, cuando los vecinos de la avenida Baralt empezaron a protestar contra la toma de la panadería Mansión Bakery, decidí llamar, desde mi programa de radio, a una de las integrantes del movimiento organizado que realizó la toma, y se me ocurrió cuestionarle, ¿qué pasaba con los vecinos?, ¿por qué los rechazaban?, ¿cuál era su mensaje para ellos? La muchacha, colmaba de indignación, me dijo: “¿Qué va a pasar? Que son unos gafos, unos ignorantes”. Sus palabras me desagradaron, aun cuando yo logré entenderlas. De golpe recordé aquel capítulo que relataba cuando a mediado de los 80, el líder estudiantil Gonzalo Jaurena, revólver 38 en mano, secuestró un autobús de la UCV, pero el chofer, indignado, se negaba a bajarse pues prefería defender hasta el final “su medio de trabajo”. Entonces, Jaurena le empezó a gritar: “Eres capaz de dar la vida por defender los bienes del coño e madre que te está explotando? ¿No te da pena?” .

Ellos no lo vieron. Ni en los 80 ni en el 2017. Pero no. Yo estoy segura de que no le daba pena, porque el jodido sentimiento de “agradecimiento” que los poderosos sembraron en los pobres es más fuerte de lo que muchos creen. Y la única manera de combatir ese desclase es conociendo a profundidad el juego de sentimientos previo a la concreción del mismo. Por eso, la vía no es calcar, ni esconderse de lo que inevitablemente te va a encontrar, sino visualizar los contextos y buscarle la vuelta a esos detalles, cotidianos, tan sencillos como complejos, imperantes, a los que no le hemos prestado la suficiente atención y donde seguramente se juegan, a cara o cruz, todos nuestros destinos.

4 Comentarios en El Último Round / A la izquierda, la vieja escuela

  1. PERO SI LA DERECHA VUELVE AL PODER TOCARA ESCONDERSE , PUES VENDRÁ POR NOSOTROS. NO ES PARANOIA, SERÁ LA REALIDAD QUE VIVIREMOS O MORIREMOS

  2. Con tal grado de disociación que manifiestan los opositores inoculados de odio,racismo y tan acomplejados como son , en un supuesto de ellos tomar el poder aquí lo que vendría es una cacería de brujas, muerte y desolación , no creo que estemos dispuestos a regalarles una flor nosotros los chavistas y patriotas. La patria se defiende hasta las ultimas consecuencias

  3. Estoy de acuerdo en que la izquierda actualmente tiene la capacidad para afrontar cualquier escenario, incluso alternativas distintas a la violencia, pero si los dirigentes opositores de derecha no moderan su actitud violenta y entienden que el conflicto político no va a desaparecer sino que deben manejarlo y negociar con la contraparte será muy difícil cambiar palabras por golpes y balas.
    Creo que hay juventud muy bien preparada (ya sean los estudiosos de las teorías o los empíricos) para asumir la responsabilidad de reenlanzar a la izquierda de ocurrir alguna derrota electoral. Deberíamos saber leerla para volver a la lucha rectificando y haciendonos más eficientes, hacer énfasis en corregir las fallas como la corrupción.
    El dogmatismo muchas veces no nos deja adaptar las teorías políticas y económicas a nuestros tiempos, creo que es un grave error. Incluso muchas veces nuestro dogmatismo nos lleva al punto de no aceptar críticas o molestarnos y condenar a quien las hace.
    Yo no creo que lo que mueve a los grupos que hoy se oponen a algunas acciones del gobierno, como la ocupación de la panadería de la Baralt sea solo “el agradecimiento que los poderosos sembraron en los pobres” sino que tiene que ver mucho con nuestra ineficiencia a la hora de gestionar algunas empresas o entes ocupados o expropiados.

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