El fascismo “de bien”

Facista

Por: Luis Salas Rodríguez

(El siguiente texto es una versión condensada y actualizada de una serie que escribí en 2014 en mi blog digital Surversión, luego de las celebraciones que en buena parte de la militancia y dirigencia oposicionista suscitó el asesinato del diputado Robert Serra. Los textos originales pueden ser vistos acá, acá, y acá).

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Una de las frases más repetidas de la historia de la humanidad es esta: “Nadie se lo podía imaginar, él (o ella) que parecía tan normal, tan inofensivo(a), tan incapaz de hacer eso, y sin embargo…”.

De repente se descubre que el señor de la panadería, que parece tan serio y anodino, es un sádico. La doña regordeta y dulce que hace galletas para todos, de pronto se descubre que tiene envenenado a medio vecindario. El amable encargado de la farmacia resultó ser un traficante. La chica de la equina, de aspecto inocente y dulce, el señuelo de una peligrosa banda de secuestradores. Y así sucesivamente.

Pero no solo es de las más repetidas, si no también de las más desacertadas. Y es que contrario a lo que el sentido común y los expertos recomiendan, rara vez pasa que las personas más dañinas respondan al prototipo corriente del “hombre peligroso”. Por lo general, es justo lo contrario: se trata de personas comunes y corrientes, de aspecto muy civilizado, hasta que por alguna u otra razón queda expuesta su barbarie.

Existen al menos tres tipos de personajes, en los cuales esta incompatibilidad entre apariencia y esencia es común: psicópatas y asesinos en serie, torturadores y fascistas.

Sobre los dos primeros no hay mayor cosa que decir. Basta con ver las series de televisión más consumidas por la clase media para comprobar los perfiles, ya todos cliché: la madre y el hijo de los más normales, pero que resultan redoblados retorcidos puertas adentro (Bates Motel); el encantador profesor universitario que dirige una horda de asesinos (The following); el diligente y angelical científico de homicidios que terminó siendo él mismo el más sanguinario de los asesinos seriales (Dexter), etc. Todos recordamos en este país el estupor que causó la joven Cybel Naime, cuando por un gato y temor a su padre terminó asesinando a otros dos jóvenes igual de “bien” como ella.

En el caso de los torturadores también pasa otro tanto. Uno tristemente célebre es el de Alfredo Astiz, apodado “el Ángel Rubio”, excapitán de la Marina argentina infiltrado en las organizaciones de derechos humanos cuando la dictadura, incluyendo a las Madres de la Plaza de Mayo. Con su buen aspecto, estilo candoroso y maneras educadas, se infiltró como colaborador en estas organizaciones, siendo responsable de varios de los más terribles casos de desapariciones, torturas, violaciones y asesinatos, como los de las monjas francesas Domon y Duquet.

Por razones fundamentalmente televisivas y de la historia tal y como nos la enseñan, solemos pensar que los fascistas son tipos odiosos, gritones y prototípicamente malvados, como Hitler o Mussolini. Que las bandas fascistas son como nos la describen Globovisión y El Nacional: hordas de pobres, descamisados y desdentados que van por el mundo asaltando y maltratando a quienes no son como ellos o tienen lo que ellos no. Sin embargo, la verdad es otra.

Poco importa lo transversal que pueda llegar a ser, el fascismo en su origen es una cosa de niños “bien”. En Colombia, por ejemplo, como en otras partes, son niños “bien” los que salen a cazar mendigos y a quemarlos con la excusa de “limpiar” las calles. O son comerciantes, dueñas de peluquerías, restaurantes, encargados de lavanderías o jubilados paseadores de perros los que pagan a otros para que lo hagan. Durante las dictaduras chilena y argentina milicos, de todas las clases y tipos, participaron del genocidio de unos 40 mil muertos, torturados y desaparecidos. No obstante, quienes los animaron, apoyaron, sedujeron, instigaron e incluso les exigieron hacerlo, fueron doñas y dones, jovencitos y jovencitas, que no soportaban a los “cabecitas negra”, a los “descamisados”, a los “zurdos”, los judíos, los hipies, los “rotos”, etc.

Y es que el fascismo y el nazismo más recalcitrante nace justamente entre personas de aspecto normal e incluso inocuo. Profesionales medios, amas de casa, jóvenes con aspecto de no romper un plato. El paramilitarismo colombiano está lleno de mercenarios y delincuentes provenientes de sectores populares que cumplen con el prototipo clásico del delincuente. No obstante, eso es solo a nivel de tropa. Los principales jefes paramilitares –los hermanos Castaño, Mancuso, Jorge 40 y el propio Uribe– son gente de clase media y alta, de los que nadie sospecharía lo que son capaces de hacer. Ernesto Báez, por ejemplo, era un distinguido abogado y ciudadano “ejemplar”, militante de Tradición, Familia y Propiedad, al momento de convertirse en un sanguinario líder paramilitar.

El paramilitarismo y fascismo venezolano –copiado el formato colombiano– tiene esa misma característica: usa como carne de cañón mercenarios de cualquier origen, pero sus promotores y propagandistas son ciudadanos “de bien”. De vez en cuando estos ciudadanos “de bien” se animan como para pasar a la acción ellos mismos: doñitas y muchachitas clase media poniendo guayas para asesinar motorizados, jóvenes estudiantes linchando a sus compañeros, vecinos acosando vecinos, etc.

Cuenta la leyenda que cuando a Hannah Arendt le vino la idea de escribir su célebre libro La banalidad del mal, se encontraba en la terraza de una cafetería conversando con otros testigos del proceso que se le seguía a Adolf Eichmann por sus crímenes de guerra. En lo que reflexionaba era en la increíble desproporción entre la magnitud de las atrocidades cometidas por este y su aspecto de hombre normal, banal. No tenía la pinta clásica de un sádico, ni parecía un fanático antisemita de la SS. Era un hombre gris, parco y en extremo amable, cuya única defensa consistía en decir que se limitaba a seguir órdenes. Y eso era justo lo que tenía de más terrorífico y siniestro. Eichmann no tenía nada de raro, excepcional, ni marginal, nada que hiciera prever que se trataba del operador de una maquinaria de exterminio en masa de otros seres humanos.

Yanuva León expuso en un texto a propósito también del asesinato de Serra y la celebración excitada que generó entre oposicionistas esta desproporción congénita del fascismo: “El fascismo no se calza únicamente con botas, el fascismo también se maquilla todas las mañana antes de salir, y mete empanaditas en el bolsito de sus hijos y se monta en el metro, y se sienta en pupitres de universidades, y se sienta a comer cotufas en la plaza, y hace colas en el telecajero de la esquina, y se ejercita en gimnasios, y se toma unas birras con sus panas un viernes de quincena, y camina centros comerciales con su novia, y ve televisión con el abuelito, y puede parecerse a ti, incluso podrías ser tú si algo parecido a un fresquito sientes cuando te enteras de que un chamo de 27 años y su compañera fueron vilmente asesinados en su propia casa”.

O como dice la psicóloga Ovilia Suárez en la excelente entrevista realizada por Jessica Dos Santos: “Si usted está de acuerdo con que una persona que piensa distinto a usted sea asesinada por eso, entonces, usted es un fascista”. No importa si usted no sabe quién fue Mussolini, que en el perfil del twitter por donde manda mensajes de terror tenga frases de autoayuda, amor y paz, ni que le guste cantar “dame la mano y hermano serás” cuando va a misa todos los domingos. Tampoco sirve de excusa que se sienta amenazado. Hitler se sentía amenazado por los judíos y ya vimos todo lo que hizo.

4 Comentarios en El fascismo “de bien”

  1. “Para analizar?

    Interesante , dentro de tantos ataques terrorista con resultados nefastos para la sociedad y el pais, es de esperar que a futuro sigan ocurriendo con mas saña si se sigue con la misma norma actuaciones judiciales debiles castigos debiles se mencionan nombre y apellidos de tipo intelectual pero no procede
    ni siquiera una cita a un tribunal, en definitiva para que haya paz y tranquilidad tiene que el imperio de la ley actuar conforme a derecho,
    basta de impunidad…..

  2. Hay una frase que se atribuye a Bertolt Brecht, que dice más o menos así: “No hay nada más peligroso que un burgués asustado”. Una variante de dicha frase lo pone de esta manera: “No hay peor fascista que un burgués asustado”.

    Murray Bookchim lo dice de otra manera: “La historia de las revoluciones ha mostrado repetidamente que no hay nada más peligroso que una clase media aterrorizada, cuya sed de venganza sólo es equiparable a su cobardía”.

  3. La clase media y el lumpen proletariado son masas fáciles de seducir por la prédica de las ideas fascistas . Una , la clase media , porque es supremamente egoísta ; la otra , el lumpen proletariado , porque es ignorante.

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