Elecciones en Francia: ¿cambiar sin cambiar nada?

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Por: Marco Teruggi

Una crisis recorre Europa. Francia, el país donde nacieron los conceptos políticos de izquierda y derecha, no está fuera de ella. Las elecciones del domingo así lo mostraron: el bipartidismo tan bien aceitado durante décadas cayó casi nocaut. El Partido Socialista (PS) y los Republicanos ‒fuerzas en alternancia‒ no llegaron a la segunda vuelta. El primero apenas alcanzó el 6,3% de los votos. Los segundos, que iniciaron la campaña como favoritos, llegaron terceros con 19,9%. Es una novedad en un sistema político tan ordenado, correcto y diplomático. Sí, pero…

Quienes alcanzaron la segunda vuelta son Marine Le Pen, del Frente Nacional, con 21,4%, y Emmanuel Macron, del partido recién creado, En Marche, con 23,9%. La primera es la heredera de una fuerza que nació durante los años 60, ligada a los sectores fascistas, antimusulmanes, antiinmigrantes. Es de “extrema-derecha”, como se la califica en el idioma político francés. El partido, con su padre como dirigente y fundador, había llegado a la segunda vuelta en el año 2002: entonces la victoria había sido para Jacques Chirac. Es como un reflejo esperado en Francia: es necesario votar cualquier otro partido ‒es decir PS o derecha‒ ante la amenaza del Frente Nacional.

Su resultado no es una sorpresa. Se esperaba que lo alcanzara, los decían las encuestas ‒aun con toda la cautela ante los números que suelen equivocarse‒ sus ideas políticas que en los últimos años ganaron espacio en el sentido común de muchos ‒la derechización de la sociedad‒, y su estrategia de “desdiabolización” del partido, como se dice en Francia. El Frente Nacional, con Marine Le Pen en su dirección, se encargó de quitarse símbolos y palabras del fascismo para convertirse en una fuerza de tipo nacionalista, antieuropeista, antipolítica exterior norteamericana, antiinmigrante, antiislámica, antifinanzas, antibipartidista, en defensa de la “civilización occidental amenazada”. Su acumulación de apoyo y votos se dio en las clases populares del interior del país. Algo de Donald Trump, de conservadurismo histórico francés, de derecha que supo leer los temores generados por un capitalismo en crisis, los atentados ‒el último tuvo lugar tres días antes de las elecciones‒ que trabajó con eficacia sobre miedos colectivos.

Macron por su parte es una creación de las clases dominantes, un remedio a la enfermedad ¿terminal? del bipartidismo. Ante la caída libre del modelo, acelerado con la gestión de Francois Hollande ‒un gobierno del PS que ajustó como la derecha y derechizó un poco más las ideas‒ apareció este candidato de 39 años, graduado en la escuela donde se forman los dirigentes políticos franceses, exbanquero en Rothschild, exministro de Economía en el último gobierno. Un joven/banquero/exitoso/progresista/moderado, construido como una alternativa de cambio. Fue denominado de “extremo-centro”: en su propuesta dejó las puertas abiertas para la centro-derecha y la centro-izquierda, un poco de acá, otro poco de allá, todo y nada. Así apareció la opción electoral para cambiar algo ‒una necesidad real en la sociedad‒ para que finalmente no cambie nada. Claro, planificado, eficaz.

La novedad electoral francesa ¿es entonces realmente novedad? La conclusión del domingo a la noche es que no tanto: se enfrentará la dirigente de un partido que lleva 50 años de vida, con una creación de laboratorio político. En términos del bipartidismo es una crisis. En cuanto a las posibilidades que se abren, no. Lo más probable es que gane Macron ‒ya que como era de esperarse casi todas las fuerzas llamaron a votarlo ante la amenaza de Le Pen‒ y continúen las principales líneas económicas, políticas, sociales e internacionales.

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La política exterior era uno de los principales temas del debate en las elecciones. Un debate marcado por la reciente salida de Gran Bretaña de la Unión Europa (UE) ‒tema en pleno litigio‒ la maquinaria alemana como conductora asfixiante de la UE, la victoria electoral de Donald Trump, la política de la OTAN en Medio Oriente donde Francia cumple un papel triste e importante ‒en el caso Libia, por ejemplo‒ y la influencia creciente de Rusia en el ajedrez geopolítico. Lo que haga o deje de hacer Francia en Europa y las disputas mundiales no es menor.

Dentro de ese nudo de debates abiertos, el central fue el de la UE. En vistas del balotaje las dos posiciones pueden resumirse en: Marine Le Pen planteó la necesidad urgente de salir de la UE dominada por una Alemania que impide la soberanía nacional francesa, volver a la moneda Franco, desalinearse de la política exterior norteamericana; y Emmanuel Macron que entre ribetes retóricos y diplomáticos no ha planteado mayores cambios en ese frente, y, sobre todo, no asomó la hipótesis de salir de la UE. En síntesis, el debate se tradujo en irse, Le Pen, quedarse, Macron.

¿Haría Le Pen lo que realmente dice? Es difícil saberlo. Lo que parece seguro es que Macron hará lo que dice: seguir igual.

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El panorama nunca fue alentador salvo por un elemento que en las últimas semanas había cambiado las dinámicas y expectativas: la figura de Jean-Luc Mélenchon, con su fuerza La France Insoumise, llamado en el idioma político como de “extrema-izquierda”. El candidato no es nuevo en política francesa: se trata de un hombre con una larga trayectoria en el PS ‒siendo su padre político Francois Mitterand, presidente entre 1981 y 1995‒ partido con el cual rompió definitivamente en el año 2008. En 2012 había construido el Front de Gauche, y para estas elecciones había puesto en pie esta nueva plataforma en la cual se reunieron diferentes fuerzas de la izquierda. Mélenchon es un hombre de la vieja política que se propuso construir una nueva fuerza de izquierda: alcanzó 19,6% de los votos. Mucho, insuficiente.

Su punto principal era, en caso de ganar las elecciones, llamar a un proceso constituyente para fundar la Sexta República ‒la Quinta comenzó en 1958 bajo la presidencia de Charles De Gaulle‒. Una propuesta que recordó lo sucedido en América Latina en la reciente etapa política, donde se desarrollaron constituyentes en Venezuela, Bolivia y Ecuador. Mélenchon lo ha dicho: vio en el continente experiencias de transformación de las cuales tomó ideas, referencias. En un país como Francia es atípico: los políticos franceses siempre se vieron a sí mismos en la posición de dar cátedras de democracia al mundo, y no han creído necesario ‒salvo contadas excepciones‒ aprender de los procesos del “Tercer Mundo”. Escuchar a un candidato francés hablar de América Latina, la Alba, los procesos políticos revolucionarios y progresistas, resultó una novedad.

Un paréntesis en este punto: así como en Francia y Europa se ha mantenido el imaginario de ser los países más avanzados democrática y políticamente, en gran parte de América Latina ‒en sus intelectuales y fuerzas políticas‒ se ha visto al viejo continente como una referencia de lo más avanzado en el debate de ideas, propuestas de transformación, modelos para armar. La realidad de esta última época ‒para no ir más atrás‒ tiene ya una nitidez difícil de discutir: los procesos más avanzados, aún con las dificultades actuales, se han dado en nuestro continente, tanto a nivel de los gobiernos como de los movimientos populares. Mélenchon hizo ese puente. No fue el único en Europa: a partir de ese camino surgió Podemos. No casualmente Pablo Iglesias estuvo en el cierre de campaña el viernes en París.

La France Insoumise era entonces la gran expectativa de la izquierda. Por las propuestas, la caída del PS, la necesidad de plantear en el debate otras cosas que no sean el miedo, la inmigración, el terrorismo, la exclusión racista, y ese abanico de fantasmas aplastantes. La propuesta era refundacional, volver a empezar, de manera participativa, sobre los pilares históricos de la República: la libertad, la igualdad, y la fraternidad. ¿Contradicciones, límites? Sí. Pero era lo único. Más a la izquierda se encontraba el trotskista Phillipe Poutou, sin posibilidades de disputa, y sin, al parecer, una propuesta con capacidad de interpelar el tiempo histórico.

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Cada sociedad tiene su tiempo. El arte de la política consiste, entre otras cosas, en saber leerlo para traducirlo en propuestas, formas organizativas, lenguajes. Casi todos comprendieron la necesidad de una renovación del mapa político, por eso, aun el exbanquero y exministro Macron se presentaba como antisistema, lo nuevo, alejado de quienes gobernaron durante las últimas décadas.

¿Qué dice ese tiempo en Francia? Algunas hipótesis indican que existe un desencuentro cada vez más marcado en la sociedad. Está dividida, de manera esquemática, entre los centros urbanos, los pueblos del interior, y las periferias de las grandes ciudades. Los primeros votaron más hacia Mélenchon y Macron, los segundos ‒sobre todo obreros y desempleados del sureste y noreste de Francia‒ son la base social de Le Pen, y en el caso de las barriadas existe sobre todo un vacío de alternativas. Un vacío que se traduce, por ejemplo, en insurrecciones crónicas. La más reciente tuvo lugar hace unas semanas luego de la violación de un joven por la policía.

Otro nudo es que la situación de precariedad laboral y desocupación es cada vez mayor ‒Mélenchon habla de un aproximado de 9 millones de pobres‒ y eso implica temores, necesidad de respuestas que no llegan. A diferencia de otros países de Europa ‒como España o Grecia‒ esa situación económica no se tradujo en movilizaciones de masas, espontáneas, como la que se vivió, por ejemplo, en España, con el 15M en el 2011 ‒con los límites que en cada caso puedan tener‒. Es como si el malestar ‒palabra clave del lenguaje político francés‒ no hubiera llegado todavía al punto del desborde. Tal vez no lo haga, por la forma de la crisis económica paulatina, gradual, o sí, pero habrá que esperar un retroceso más profundo.

El resultado del domingo dejó abierto un escenario que, todo indica, hará que la dirección siga en el mismo sentido. Mélenchon, la France Insoumise, tendrán entre otros desafíos el de convertirse en fuerza popular y no solo electoral. Poner en pie una nueva izquierda es una necesidad histórica. El PS no tiene la capacidad para encarar la tarea histórica, se ha convertido desde hace mucho en una fuerza subordinada al capital, garante de su orden y reproducción. En eso está Francia.

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