El Último Round / A mí me llaman la negrita del batey

ROund-

Por: Jessica Dos Santos Jardim

El trabajar yo se lo dejo todo al buey 
porque el trabajo lo hizo Dios como castigo.

El sistema dictamina que es necesario trabajar para ganarse la vida. Aunque Mafalda se pregunte. “¿Por qué esa vida que uno se gana tiene que desperdiciarla trabajando?”. El hecho es que al parecer “si uno no trabaja, no come”, o al menos eso suele decir mi padre cuando le consultan por política. Pero hay gente que no ha trabajado nunca y, sin embargo, ha comido que jode, ¿cierto? Al fin y al cabo “algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado”, diría Cantinflas.

Pero, ¿por qué?, ¿qué es el “trabajo”? El verbo trabajar procede del latín tripaliare compuesto de “tres” y “palus”, por los tres maderos a los que se amarraban al reo. De hecho, solamente a los esclavos les estaba permitido trabajar; el hombre libre no conocía más que “los ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia”.

Las cosas no han cambiado tanto. Hoy en día los pelabolas solemos ser los más trabajadores (aunque no tengamos nada), al igual que los indígenas. Sin embargo, los colonizadores, de unos y de otros, de ayer y de hoy, insistieron e insisten en llamarnos “flojos”. Incluso, renombrados científicos europeos pasaron décadas intentando atribuirles las famosas ruinas mayas a fenicios, egipcios, o chinos, pues se negaban a creer que fuesen obra y gracia de un “flojo” pueblo de nuestra región.

Sin embargo, hasta el reconocidísimo Alexander Von Humboldt echó por el suelo ese mito al relatar cómo un indígena era capaz de cruzar todo el golfo de Cariaco, remando tres horas de ida y otras tres de vuelta, solo para pasar la noche con la mujer que amaba. ¿Entonces?

Fíjense, la primera vez que, indignada, le cuestioné a mi madre el porqué de su rechazo a mi conuco, la mujer me respondió: “Pero Jessica ¿por qué quieres sembrar? Si en la esquina está el supermercado y tenemos dinero para comprar ahí. A mí eso me recuerda a la pobreza. Yo sembré y coseché la mitad de mi vida, y no quiero hacerlo más. A lo mejor es bonito sembrar para comer, pero nosotros sembrábamos para no morirnos de hambre, y créeme, no es lo mismo”.

Su respuesta me recordó a un viejo texto del profesor Lupa (Eduardo Rothe) donde él relataba: “Bucear a pulmón por perlas, lo sé por experiencia, es una actividad divertida y saludable. Hacerlo a cambio de comida, con un látigo esperando en la superficie, desde el amanecer hasta el ocaso, seis días por semana, todas las semanas del año, es una tortura abominable. Los españoles de Cubagua obligaban a los indios buceadores a dormir amontonados en calabozos para que no se fugaran por la noche: ‘los indios son flojos, no les gusta trabajar…’, decían. ¿Será cierto?”.

Pero, en este punto, no faltará el trasnochado que brinque a citar a Karl Marx y su famosa expresión “el trabajo dignifica al hombre”. Pero, ya va, ¿era el trabajo en capitalismo o el trabajo en un sistema de vida diferente? Pues, como diría Paul Lafargue, durante su defensa del derecho a la pereza: los obreros, al trabajar, aumentamos la fortuna de nuestros opresores y nuestras miserias individuales; nos hacemos cada vez más pobres, y entonces tenemos cada vez más razones para seguir trabajando. Pues ese es el círculo y la ley inexorable de la producción capitalista.

Recuerdo también que una vez, hace ya varios años, intenté explicarle esto a mis viejos: unos portugueses pobres, pero profundamente trabajadores, para quienes, de una u otra forma, el descanso es casi un crimen. Ambos me cayeron a cuestionamientos: ¿cómo una hija de ellos podía estarles diciendo eso? ¿por qué les salí tan “vaga”?, y en especial ¿qué coño haría la gente con su vida si no fuese trabajar? Yo tenía y tengo mil y un respuestas. Ellos no concebían ni una. Intenté explicarles, un par de veces más, que no se trataba de “no trabajar”, sino de construir un concepto distinto del trabajo. Sin embargo, no hubo caso.

El mismo Lafargue decía que “una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista. Esa locura es responsable de las miserias individuales y sociales que, desde hace dos siglos, torturan a la triste humanidad. Esa locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda del trabajo, que llega hasta el agotamiento de todas las fuerzas vitales del individuo y el colectivo, y al embrutecimiento impuesto”.

Aunque, la verdad, Hugo Chávez, lo explicaba de una manera mucho más sencilla, y fundamentada en nuestro pensamiento robinsoniano: “La masa (la fuerza material) y la fuerza moral (el conocimiento, la intelectualidad) han estado divididas. Es una división grosera y obscena. Es decir, la fuerza material siempre ha sido enfocada como la mano de obra, el trabajo manufacturero, y ya, dividido del pensar, del saber, de la reflexión, y eso solo produce un trabajo alienado. El trabajo y el saber, como lo dice Bolívar en el discurso de Angostura, o como lo dice Simón Rodríguez en sus escritos de los años 40 y 50, deben caminar juntos”.

Pero los poderosos se han empeñado en que esto no sea así. Esa es la única razón por la cual el trabajo intelectual mira con asco al manual, y el trabajo muerto (“…gracias al esfuerzo de mis abuelos que me dejaron esto…”) domina al trabajo vivo (el que se realiza o se va a realizar). Por eso lo cierto es que el trabajo, tal cual como lo conocemos, es una mierda, y no, no dignifica a nadie.

El gran Charles Bukowski lo expone mejor que yo: “Lo llaman ‘De 9 a 5’. Solo que nunca es de 9 a 5. En esos lugares no hay hora de comida real y, de hecho, si quieres conservar tu trabajo, no sales a comer. Y está el tiempo extra, pero el tiempo extra nunca se registra correctamente en los libros, y si te quejas de eso hay otro dispuesto a tomar tu lugar. Ya conoces mi viejo dicho: ‘La esclavitud nunca fue abolida, solo se amplió para incluir todos los colores’. Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren, pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían (…) Cuando era joven no podía creer que la gente diera su vida a cambio de esas condiciones. Ahora que soy viejo sigo sin creerlo: ¿Por qué lo hacen? ¿Por una televisión? ¿Por un automóvil a pagos fijos? ¿Por los niños? ¿Niños que harán justo las mismas cosas? (…) A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Yo podía verlo. ¿Por qué ellos no?”.

Por esa misma razón hay millones de empleos que los trabajadores de Estados Unidos y Europa ya no hacen, porque no pagan lo suficiente, y, además, para eso están los trabajadores de los países empobrecidos precisamente por Estados Unidos y Europa, a los que ni siquiera hay que traer a la fuerza como a los esclavos africanos otrora, porque vienen cruzando mares y desiertos, arriesgando la vida en manos de los traficantes, para hacer los trabajos que ellos ya no aceptan.

Nuevamente, como dice Rothe, el trabajador asalariado, para los capitalistas (y los economistas que razonan lo que ellos practican) es una mercancía que se compra a precio de mercado (“mercado laboral”); pero el hombre no es una mercancía y para vivir necesita más que lo “necesario”: necesita humanidad. Por eso ningún salario es suficiente, todos los salarios son injustos, y llevamos doscientos años de agitada discusión sobre la tajada de la torta que les toca a los trabajadores, cuando el verdadero problema es que nunca es su cumpleaños.

7 Comentarios en El Último Round / A mí me llaman la negrita del batey

  1. La autora afirma “[…] renombrados científicos europeos pasaron décadas intentando atribuirles las famosas ruinas mayas a fenicios, egipcios, o chinos, pues se negaban a creer que fuesen obra y gracia de un “flojo” pueblo [….]” ¿Puede nombrar por lo menos uno de esos malvados científicos europeos que pasaron años atribuyendo la cultura Maya a otras civilizaciones? ¿O tal vez redactar un artículo basandose en informaciones comprobadas sea una exigencia muy alta?

  2. Amigo Heller el eurocentrismo ha sido por siglos uno de los pilares culturales del imperialismo. Puede documentarse leyendo a Edward W Said y Noam Chomsky. Tambien me atrevo sugerirle a Inmanuel Wallerstein, Atilio Boron y Ludovico Silva. Hegel fue uno de los grandes filosofos del pensamiento occidental que dio “bases” al supremacismo blanco. Algo similar pasa con El Fausto de Goethe y dicen que Nitsche tambien arrimo agua a ese molino. En la obra de Mart¡ y Aquiles Nazoa puede cultivar el orgullo latinoamericano . S a l u d o s

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