Comunicación política, posverdad y guerra

Postverdad

Miguel Ángel Contreras Natera

Los radicales cambios en el estatuto del saber suponen que los discursos denotativos (referidos a un fenómeno) no creen saber lo que saben. La ciencia positiva no sabe. El debate epistemológico postempirista es intenso en sus consecuencias científicas, políticas y culturales. Filósofos como Karl Popper, Thomas Kuhn, Paul Feyerabend y Jürgen Habermas, entre otros han propuesto diversas salidas a las aporías de una teoría de la verdad. La imposibilidad de la perspectiva del ojo de Dios supone un extravío de la verdad en el campo del conocimiento. El famoso aforismo de la Gaya Ciencia Dios ha muerto conduce directamente a la orfandad existencial en la tradición occidental. Y, “pertenece por la voluntad de este hecho a una historia más altas que todas las historias habidas hasta ahora” (Nietzsche,1999: 117).

Por el contrario, lejos de proponer una clausura del debate sobre la verdad, me interesa destacar la profunda interrelación entre ciencia y política. Sobre todo, para no repetir crímenes modernos abominables como Auschwitz, Hiroshima, Vietnam, entre otros. Más aun, cuando se ciernen amenazas globales que implicarían el uso selectivo de bombas atómicas. Seguramente, los viejos y nuevos crímenes no serán juzgados en tanto la matemática del exterminio masivo es incapaz de devolver la vida a las millones de víctimas en la instrumentalización del conocimiento científico. Esto es una constatación tanto paradójica como dolorosa. El mundo tecnificado nos implica en hechos que sobrepasan nuestra capacidad de representarlos en la conciencia. Nos impone una acuciante labor subjetiva ante las probables y dramáticas consecuencias de la ausencia de un debate democrático cuando evaluamos esta facticidad histórica.

En las admonitorias palabras de un líder espiritual como Thomas Merton, “toda guerra nuclear y de hecho la destrucción masiva de ciudades, poblaciones, naciones y culturas independientemente del medio por el que se lleve a cabo, supone un crimen gravísimo que nos está prohibido ya no únicamente por la ética cristiana, sino por cualquier código moral sensato y serio” (Merton,2006:104). El invierno nuclear para liberar a la libertad del miedo fue una probabilidad ejecutiva sustraída del debate democrático. Desde el inicio del Siglo Americano la amenaza real o virtual de un bombardeo nuclear se convirtió en un elemento fundamental del debate de las élites militares, económicas y políticas estadounidenses. Pero, también, la información y sus usos se ha fortalecido como un dispositivo estratégico de contención, disuasión e intervención en las guerras no convencionales. La información adquirió un estatuto trascendente en los nuevos desplazamientos conceptuales de la guerra moderna.

La pluralización de las formas de representación mediática, consecuencia directa de la intensificación de la innovación tecnológica en el campo de las comunicaciones, ha implicado la emergencia de una nueva gestalt en materia de la comunicación política. Se imponen las paralogías en tanto el consenso no es más que un estado de la discusión y no su fin. La verdad se volatiliza completamente. El surgimiento de la idea de la posverdad se inscribe en este doble registro: a) pluralización y relativización de las fuentes; y b) espectacularización y simulacros de los hechos. Y ambas tienen en las redes sociales su dispositivo de circulación global con sus concomitantes sentido de clase. La guerra condensa los elementos definitorios de la posverdad. “Los medios de comunicación promocionan la guerra, la guerra promociona los medios de comunicación, y la publicidad rivaliza con la guerra. La publicidad es, de toda nuestra cultura, la especie parasitaria más resistente. Sobrevivirá sin duda a una confrontación nuclear. Es nuestro Juicio Final” (Baudrillard,1991:23).

La guerra global virtual es una invitación firme a los otros a la libertad total a volverse iguales o en su defecto a morir voluntariamente en el decálogo de intervenciones de los gobiernos de Estados Unidos. La virtualidad de la guerra es un despliegue sofisticado de diagramas de terror. Las imágenes sustituyen a la realidad. Y usurpan la posibilidad de la discusión pública. Es en este contexto donde necesitamos comprender el juicio global contra Venezuela en la mediática transnacional. Concursan en esta dirección las grandes cadenas de noticias, instituciones multilaterales e individualidades mediáticas globales y regionales. La falsificación como objetivo medular de la posverdad sustituye al debate público. Se inoculan conceptos pensados para otros contextos (guerras genocidas) en la misma medida que se apela a la institucionalidad liberal (Corte Penal Internacional) para liberarse de la situación-límite, el Estado fallido. La precarización, atomización y fragmentación de la discusión se fortalece en la misma medida que se socavan los funcionamientos institucionales. El periodismo, en crisis profunda, es sustituido por redes sociales que construyen sobre la emocionalidad, las noticias falsas y la selectividad de las imágenes, la nueva gestalt política. Una política de edición vehiculiza las imágenes cargadas de una emocionalidad frustrante, caótica y violenta. Los hechos se construyen para su consumo en tiempo real. Evidentemente, el gobierno ha reprimido y las manifestaciones han sido violentas, esta realidad no es posible falsificarla, con estratagemas de confusión fundadas en la emocionalidad de la posverdad. Aunque, necesariamente, está sujeta a la selectividad informativa de los intereses comparativos debe recuperarse el sentido de los hechos con un ejercicio orientado a desactivar la posibilidad de una guerra civil.

Sobre esta consideración es necesario pensar los plausibles horizontes futuros en tanto la política democrática se construye sobre las base de las diferencias, las negociaciones y el conflicto. Indudablemente, la retórica siempre ha formado parte de la política. No necesariamente es su sustituta. La posverdad como estrategia performativa de apelación a las emociones no puede autonomizarse de la factualidad del mundo. En el debate cotidiano la mentira política como instancia de contrastación de los discursos puede convertirse en un detonante de la guerra civil. Por ello, es en esa cotidianidad donde se hace necesario desactivar la profunda pugnacidad política en Venezuela. Prevalece, por el contrario, lo que Leo Strauss ha llamado la reductio ad Hitlerum que significa inscribir al otro (el enemigo) en la metonimia del mal, desentendiéndose de la argumentación, con el propósito de que pierda relevancia, para buscar inmediatamente la condena moral y política. La guerra civil (fratricidas) se convierte en una probabilidad que acecha peligrosamente la sociedad venezolana. La deshumanización del otro como antesala de los crímenes de guerra construye un sentido común de justificación, confrontación y negación desde la mediática transnacional. Desactivar la conflictividad de este escenario concede a la democracia social, política y económica la posibilidad de ser protagonista de su propia metamorfosis. Tanto el fascismo social y político como el criptoneoliberalismo se convierten en extremos que precisan ser enfrentados. Por lo tanto, no podemos permanecer cautivos de lo ya-pensado y lo ya-dicho que nos conducen al retorno de lo reprimido, y a la guerra civil. Estamos comprometidos en desarrollar interpretaciones alternativas para enfrentar los juegos de guerra que se ciernen sobre Venezuela. No como un ejercicio abstracto y deshistorizado del acontecer venezolano reciente. En términos de Noam Chomsky, “¿Tan complicado es entender la verdad y saber cómo hay que actuar?” (Chomsky,2006:65). La profunda crisis económica, política y social jalona internamente a la sociedad venezolana. Parafraseando a Habermas, la unidad de Venezuela se construye en la pluralidad de sus voces. Esta es la facticidad histórica desde donde pensamos está propedéutica.

Referencias

Baudrillard, Jean (1991) La guerra del Golfo no ha tenido lugar, Editorial Anagrama, Barcelona.

Chomsky, Noam (2006) Ambiciones imperiales, Editorial Península, Barcelona.

Merton, Thomas (2006) Paz en tiempos de oscuridad, Editorial Desclée, Bilbao.

Nietzsche, Friedrich (1999) La ciencia jovial, Monte Ávila Editores, Caracas.

Deja un comentario

Tu email no será publicado.


*