No se puede normalizar lo anormal

Erik_Johansson_Cultura_Inquieta

Hace unos meses, a propósito del triunfo del No en el plesbiscito por la paz en Colombia, publicamos un editorial en el cual recordábamos uno de los capítulos más nefastos de la historia reciente colombiana.

Se trata de la ofensiva emprendida por el entonces presidente Uribe y el entonces ministro de defensa Juan Manuel Santos, actual presidente de Colombia, contra las FARC, que los llevó a bombardear e invadir países vecinos con la excusa de la necesidad imperiosa de acabar con la guerrilla “comunista y narcoterrorista”. Eso casi le cuesta a Colombia una guerra con Ecuador y con Venezuela, siendo que por varios días los ciudadanos de estos tres países estuvimos al borde de que se desatara cualquier locura.

Pero el hecho concreto al cual hicimos mención fue a cuando el gobierno colombiano comenzó a ofrecer recompensas por las captura de los altos mandos de las FARC. Dicho acto dio inicio a una cacería que llegó a su climax el día que se reportó el asesinato de Iván Ríos, jefe del Bloque Central de las FARC.

La particularidad del asesinato de Ríos no fue que se trataba del más activo de los altos jefes de las FARC. Ni siquiera que su asesinato fuera realizado por su propio jefe de seguridad. Y tampoco que este lo haya asesinado para cobrar la recompensa que por su cabeza ofrecía el gobierno de Uribe-Santos. Lo insólito no fue tampoco lo que el asesino presentó como prueba para cobrar dicha recompensa: además del pasaporte y la laptop de Ríos, entregó la mano derecha del líder guerrillero arrancada del cuerpo antes de salir huyendo del campamento a entregarse al ejército. Lo realmente insólito fue la respuesta del gobierno colombiano.

Y es que frente al estupor generalizado por un capítulo que incluía traición, promoción de la delación por ambición y asesinato con alevosía y crueldad, el gobierno colombiano se empeñó en justificarla e insistir en que se recompensara. El argumento utilizado implicó superponer la necesidad militar de neutralizar a las FARC a la importancia de la ley, pues pagar la recompensa y absolver al asesino por el crimen de Iván Ríos jugaría a favor del Estado en la guerra contra esta guerrilla.

No fueron pocos los que alertaron los terribles efectos que esta acción podría generar. Pero más aún, sobre el mensaje con respecto al tipo de sociedad que se estaba construyendo. Y es que independientemente de la razón militar de acabar con las FARC: ¿qué se podía esperar de un país donde el crimen militar y paramilitar –por cruel que sea– no solo queda impune, sino además se recompensa desde el Estado promoviéndose, de hecho en un modus vivendi, cuando no una vía rápida de hacerse millonario en una sociedad profundamente desigual?

Pues lo que vemos hoy: un país donde el descuatizamiento de personas es un hecho trivial. A cada rato se desmantelan “casas de pique”, lugares donde por cualquier razón, fútil o no, (incluyendo deudas o “líos de falda”) personas son picadas vivas como actos de venganza. Una sociedad donde es normal que un sifrino adinerado viole, torture y asesine a una niña pobre y goce de la protección de su familia y círculos de poder. Cuando se deja que pasen cosas como aquellas y/o se promueven, terminan naturalizándose cosas como estas.

Así las cosas, este mismo dilema se nos presenta a todos los venezolanos y las venezolanas en este momento histórico. No caben dudas que en Venezuela existen actualmente razones para protestar. Y tampoco caben dudas que en Venezuela eso está garantizado en ley. Sin embargo, también tenemos que estar claros que no es legal pero tampoco normal en lo que han devenido las acciones de la oposición.

Incluso así tengan razón en decir que el gobierno violó la Constitución o dio un golpe de Estado –cosa que deberían probar y no solo afirmar porque sí–, no se justifica secuestrar niños para utilizarlos como carne de cañón o fabricantes de molotov, niños a los cuales de paso fotografían para hacer circular las fotos, tal y como han denunciado algunos padres. Tampoco se justifica atacar hospitales y escuelas, ni limitar el derecho a los demás al libre tránsito, ni secuestrar a vecinos en sus propias casas por riesgo a salir a la calle. No se justifica atacar y acosar familiares e hijos de funcionarios públicos o simpatizantes del chavismo (comprobados o no), así como no se justifica arrojar pupú a los demás. No es normal atacar a ciudadanos de otros países al confundirlos con chavistas, ni mandar a escupir ni a lanzarles materos o botellas a otros para “neutralizarlos”. No es tampoco normal manipular la muerte de personas, ni exhibir sus cadáveres como si de trofeos se tratara, ni acusar sin pruebas, ni exigirle a terceros países que invadan el propio. Nada de eso es normal, nada de eso está justificado bajo ninguna razón.

Y si el caso es, como se “justifican” algunos, que esos son los vientos que el chavismo sembró, no solo es un argumento bastante relativo sino además pueril (“lo puedo hacer porque el otro lo hizo primero”). Bajo ese principio, por ejemplo, el chavismo pudo salir a atacar opositores el 16 de abril de 2013, cuando tras la orden de Capriles y los tuits de Nelsón Bocaranda (entre otros) 11 venezolanos y venezolanas, incluyendo niños, fueron asesinados.

O el chavismo pudiera vengar la muerte de más de 300 líderes campesinos asesinados por terratenientes ligados a Fedenagas; o la de Robert Serra o Eliécer Otaiza; o haber quemado las casas de todos aquellos –Capriles mismo por ejemplo– que celebraron la muerte de Chávez.

¿Ese es el país que queremos? ¿El del todo vale? De verdad tiene sentido decir que se quiere la paz, la reconciliación y la unidad si se actúa como salvajes, se promueven linchamientos y se prometen asesinatos en masa?

Las personas de bien y sensatas de este país, que somos la mayoría, más allá de cualquier tendencia, estamos obligadas a no dejar que esto ocurra, que nuestra nueva normalidad sea la anormalidad de los terroristas y mercenarios. Y las autoridades, no solo el Ejecutivo sino también y sobre todo la Fiscalía, deben cumplir su papel y no simplemente quedarse al margen como esperando a ver por quién doblan las campanas. Eso es no solo irresponsable, sino criminal en sí mismo.

6 Comentarios en No se puede normalizar lo anormal

  1. A mitad de la lectura ya me empecé a inquietar….¿será que no van a mencionar a La Fiscalía?…..bueno, en la penúltima linea, pero enfáticamente….muy buen remate.

  2. interesante articulo para reflexionar y analizar,,,, en todo caso la turbulencia en que vivimos y las circunstancia a las que nos debemos,
    es contraproducente actuar por adelantado ,, por que sencillamente cabalgaran sobre estas medidad,,, la ley llegara no tengo duda hasta ahora es puro foquismo,, ellos tendran que asumir su responsabilidad….

  3. Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días [y en Venezuela], no necesitaría atravesar ningún espejo; le bastaría con asomarse a la ventana.

    Eduardo Galeano

  4. mientras tengamos un gobierno debil, mientras sigamos celebrando la impunidad Venezuela esta perdida no necesitamos una constituyente necesitamos un gobierno con bolas Venezuela necesita es un re

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