El último round / Entre guarimbas y Constituyente

Jesica-

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Dicen que entre 1936 y 1939, cuando fue presentado el llamado Plan Monumental o Rotival, Caracas se fragmentó en dos ciudades: la del este y la del oeste. Hoy, la mayoría de los caraqueños solemos trabajar en una y vivir en otra. Esto, en condiciones normales, y sin caer en análisis socioeconómicos, trae consigo algunos problemas de rango menor: madrugar, resolver la movilidad, decidir en cuál extremo “hacer vida”, etc. Sin embargo, desde hace unas semanas, con el inicio de las denominadas “guarimbas”, esta cotidianidad se convirtió en un ir y venir del infierno pasando por “go” y pagando más de lo que tenemos.

La verdad, al principio de las movilizaciones solo me tocaba pensar en “vías alternas” para volver a casa. Pero, con el paso de los días, y tras la muerte de dos jóvenes a escasos metros de mi trabajo (Las Mercedes), mis ganas de ir a la oficina desaparecieron por completo, para ser sustituidas por una especie de temor rampante. No obstante, en el transitar de un estado anímico a otro, pasaron muchas cosas.

Fui oyente silente, en medio de una camionetica, a la hora en la que el sol apenas empieza a salir, de una conversación entre los obreros del montón de edificios a medio construir de la zona, quienes relataban, en medio de la más profunda arrechera, cómo sus jefes les descuentan dinero cada vez que las protestas no les permiten trabajar, pues ellos ganan “por hora” y “entre 11 y 12 se prende el peo y bórralo”; atravesé cauchos, basura, árboles y postes tumbados y posteriormente incendiados; vi piedras saliendo de enormes resorteras revoloteando encima de mi cabeza; tragué gases y fui auxiliada por un depreciado vendedor de empanadas en un local al que ya nadie entra; un joven, de turbios ojos color azabache y un rostro (cubierto) que quisiera recordar, me increpó con rabia mi “indiferencia” al verme con mi vianda intentando atravesar el puente del Rosal. Acto seguido, yo le reclamé a un obstinado efectivo de seguridad que no me dejara pasar hacia el bulevar:

―Hermano, necesito llegar a mi casa ‒le dije, con ganas de sentarme a llorar.

―Yo también quisiera ir a la mía, pero por culpa de esta mierda tengo meses sin poder viajar” ‒me respondió con un cansado acento gocho que me hizo mitigar mis lágrimas.

Todos nos confundíamos. En medio del delirio solo importa la salvación individual. Empieza a darte igual lo que pasa a tu alrededor. Tú únicamente deseas salir de ahí. Piensas en desaparecer toda esa escena. “Menos mal que yo no ando armada”, me dije. Entonces, te descubres reaccionando desde un talante emocional que no es el tuyo, te mueve la rabia, y mientras lo peor de ti danza en círculos alrededor de tu cabeza, te das cuenta de que el fascismo también puede momentáneamente apoderarse de ti. Te asusta la idea. Reniegas de ella.

“Si la vida de tu madre, tu compañera, tu hija, dependiesen de tu capacidad de llegar a tiempo, ¿tu instinto de preservación te llevaría o no a querer arrollar al que te estuviese impidiendo el paso?”, me pregunté. Supe que un animal acorralado siempre ataca con más fuerza. Recordé los cuentos de elefantes de José Martí:

“Con el elefante no hay que jugar, porque cuando se le enoja la dignidad, le ofenden a la mujer o al hijo, al viejo, o al compañero, sacude la trompa como un azote, y de un latigazo echa por tierra al hombre más fuerte (…) Tremendo es el elefante enfurecido, y por manso que sea en sus prisiones, siempre llega, cuando calienta mucho el sol o cuando se cansa de su cadena, su hora de furor. Aunque quienes conocen bien al animal dicen que sabe de arrepentimiento y de ternura”.

Pero evité que esto justificase mi cuota de fascismo. Seguí como pude y cuando por fin logré cruzar la frontera, de aquel lado estaba ella, la otra ciudad, incólume, imperturbable, “tantas veces escarnecida y siempre de pie con esa alegría”. Entonces, tocaba caminar, pero ahora entre vendedores de tostones con salsa, helados a 600, mango con sal, cotufas y coloridos algodones de azúcar. La ruta a pie a veces llegaba hasta Plaza Venezuela, en otras ocasiones tocaba subir por la Libertador; y en el peor de los casos, darle hasta la casa. Estas opciones eran definidas tras los intentos de abordar las pocas camionetas que operaban (algunas con sobreprecio, aprovechando la escasez, ya saben: la oferta-demanda del sistema imperante). En el trayecto, intentaba bromear, irónica y superficialmente, con una amiga: “Bueno, manita, ¿pa’ qué gimnasio?, entre los guarimberos, la GNB, y el Metro, tendremos el culo más firme de la historia”, o “Nojoda marica, lo peor de todo es no tener real ni pa un golfeado o un helaíto de La Poma, digo, como pa pasar el trago amargo” (anoten eso).

Al llegar a casa ya era de noche, no había podido resolver ninguno de mis pendientes, todo estaba cerrado, y yo aún tenía que preparar el almuerzo del día siguiente, pero mi nevera estaba casi vacía, pues hace rato que opté por resolver mi alimentación con pequeñísimas compras diarias en una especie de versión adaptada del “como vaya viniendo vamos viendo”. Entonces, pongo la TV de fondo, y empiezo a hacer magia con lo existente. La voz del ancla de un noticiero privado se confunde entre el cacerolazo de algunos vecinos y la música a todo volumen de otros. Pero el balance era claro: muertos, heridos, y destrucción. La emisión culminaba con una nueva y confusa agenda de la MUD y un bálsamo llamado Constituyente que al parecer todavía no estaba surtiendo mucho efecto.

Así transcurría el calendario, día tras día se repetía la misma secuencia, hasta que por fin apareció un fin de semana sin guardia. Yo me sentía agotada, como si en esos pocos días se hubiese condensado un semestre entero, pero debía pararme, y aprovechar la paz que reinaba en mi lado, para comprar algunas cosas. Para mi sorpresa, entre guarimbas y Constituyente, el medio cartón de huevos se había montado en 7 mil bolos y el medio kilo de café también, el queso blanco rondaba los 14, una mujer preguntaba por un cerelac que marcaba 16, la pasta de dientes llevaba meses totalmente desaparecida, y las colas del pan lucían mucho mayores. Los transportistas seguían haciendo lo que les daba la gana con el pasaje pese al aumento recién aprobado. El jean de 50 mil (que había estado ahorrando para adquirir) ya valía casi 100 y comprarle una pizza a mi madre “en su día” casi hace que mis tarjetas de crédito saliesen corriendo de mi monedero en busca de auxilio, pues los cestatickets (incluso depositados en la nómina) hace rato que habían dejado de existir.

¿Por esto protesta la oposición? Habría que informarles que desde el inicio de su almanaque de lucha la cosa se ha puesto peor. ¿Por eso vamos a Constituyente? Toca acelerar el paso… pues incluso tras el esperado Dicom, el dólar ilegal traspasó, por primera vez, la barrera de los seis mil. Amanecerá y veremos.

10 Comentarios en El último round / Entre guarimbas y Constituyente

  1. ¡¡¡ Caramba….!!! parece que además del beneficio de la catársis tus crónicas confesionales te permitirán lograr un numeroso grupo de “fans”……yo me anoté hace tiempo.

  2. “La emisión culminaba con una nueva y confusa agenda de la MUD y un bálsamo llamado Constituyente que al parecer todavía no estaba surtiendo mucho efecto”.

    Y entonces aquí, se ve la posición del periodista. La constituyente es un “Bálsamo” ante una agenda confusa. Pero el revocatorio, las elecciones regionales atrasadas, las negociaciones burladas por parte del poder, que pudieron ser el “bálsamo” con el que se podía salir de la crisis no existió.

    El periodismo se define como antipoder. Sin embargo, ante artículos como estos, entiende entonces que las cosas han cambiado. Ahora se hace periodismo militante, ese que es pro poder, que busca mantener a flote al poder político que ya fue revolcado electoralmente.

    “Bálsamo” una constiyuyente? Bálsamo la elección a dedo de la mitad de sus participantes? Cosas veremos en el “nuevo periodismo”…

    • Crónicas periodísticas, crónicas literarias, es un bonito debate. La posición del periodista se vio, ve, y verá siempre. La objetividad es un mito. No sé si la inexistencia de la misma es lo que tú llamas “periodismo militante”, pero si se que en ningún momento expuse mi opinión sobre ninguno de estos tópicos “revocatorio, elecciones regionales, negociaciones” etc. También se que el poder no es único, ni es nada más político. Tú también. Un abrazo “Alexander”.

      • Al final, el periodismo tiene dos opciones. Hacerle el juego al poder o enfrentarlo.

        Se puede ser relacionista público o periodista. Pero no ambos a la vez. Trabajas para medios pro Gobierno, compartes su línea editorial, obvias la denuncia y te refugias en el lenguaje para evitar ser señalada. Te comió la maquinaria de propaganda, te trituró por completo.

        Asumirlo es, en todo caso, el primer paso. Y eso pasa por ser honesto con el yo. No tiene que ser un acto público. Se puede hacer en la más profunda intimidad.

        El periodismo militante es el que, dejando todo lo aprendido de la profesión, se entrega a ciegas a defender proyectos políticos. Se casan con ellos, y utilizan su posición en los medios para simplemente promocionar a sus patronos.

        No hablo de los medios, hablo de los periodistas. Esos que no se comprometen con informar, sino como hacer extensiva la propaganda oficial que les llega.

        Ser o no uno o una depende de cada periodista. La pregunta es: más allá de su crónica ¿Es usted una de las nuevas periodistas militantes de las que plantea Alexander?

  3. No puedo creer que en esto te convertiste Jessica… Cuando de niños te decía que serías una excelente periodista jamás imaginé que te volverías esto, ¿repetir cualquier discurso que te dice una ideología? ¿En vez de crear la tuya propia? ¿Facismo? ¿Balsamo constituyente? Tenía la idea de que irías siempre detrás de la verdad, y que te encargarías de exponerla, no de taparla y defender a otros que hacen sus bolsillos cada vez mas gordos mientras tú lloras al ver tu nevera vacía. Imaginé que tendrías más visión, imaginé tanto para ti, tanto… No puedo creer que después de casi veinte años que te dije eso, vendiste tu alma al diablo.

    • Lamento no coincidir con lo que imaginaste, pero dudo que un artículo puedo contarte quién soy, qué pienso, o qué ando haciendo con mi vida, como para que levantes el dedo contra mi con tal rotundidad. Cuando quieras, cuando al menos me des tu nombre, ya que al parecer nos conocemos, nos tomamos algo y conversamos de frente. Tú, yo y mi alma, que sigue siendo mía. Un abrazo!

  4. No se quien es Jessica ni pretendo ser su fans, ni enamorado como el amigo: Fabio pero si me llaman la atención los escritos de algunos aquí, parecen o actúan con sus dedos en el teclados cual opositores a la libertad de expresión, osea que aquel que escriba o diga palabra alguna que no les guste en el caso de tomar poder serán censurados por arriba o por debajo su actitud se parece a los corresponsales extranjeros que con placer y morbo hacen su trabajo para informar y graficar lo que le dictan de po´alla. Bajale dos.

  5. Me llama la atención los precios que publicas. Por ejemplo, acabo de comprar medio carton de huevos por Bs. 6.200,00; por teléfono y me los traen a la puerta de la casa (Guarenas). Hoy compré en un automercado nada popular acá en esta zona Plaza's queso blanco a Bs. 8.910 el Kg.
    ¿Dónde compras? Las hortalizas, verduras y granos los compro acá o en Caracas y puedo afirmar que los precios no han variado mucho en los últimos dos meses. Unos subren algo, otros bajan, por ejemplo el papelón, zanahoria, cebolla, papas, plátanos.
    Lo que me asombra de esos precios es la corta capacidad de ver más allá de mi entorno, mi círculito de movilización. En el caso de una periodista de opinión me parece perjudicial para el juicio que se hacen los lectores como yo.
    Saludos y gracias por tu crónica.

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