En esta esquina / El miedo como cárcel

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Por: Carmen Lepage

El odio es un sentimiento humano. Podría decirse, en una de generalización, que todxs lo hemos sentido. Aunque a muchxs no les guste admitirlo, porque nos pone en evidencia como seres que cargan con miserias además de nobleza y bellezas. No nos gusta sabernos fexs pa la foto. Pero si creemos que no somos algo, sino que más bien estamos siendo algo, se nos pasa y podemos admitir nuestros monstruos sin tanto dramatismo. Podemos sentir odio y que se nos pase, no engancharnos en él. No dejarnos. Sobre todo, porque el odio nos hunde, nos seca. Nos niega la alegría, la creatividad, creer en lxs otrxs, una lista demasiado larga de condiciones que niegan la vida.

Muchas veces se oía o se leía a algunxs odiadorxs de oficio que decían cosas como: ese tipo con pinta de chavista, esa mirada de chavista y así, por el estilo. Eran frases que a primera sonaban hasta misteriosas. Una pensaba cómo sería eso, ¿verdá? Cuál poder especial les haría notar algo así… Pero ahora, hace unos días que me pasa algo similar, debo admitirlo.  Trato de compartir mis impresiones con quien tenga cerca a ver si soy yo, enferma con esto que se nos presenta como la realidad, de lo que pasa en la cotidianidad de esta guerra, o es que sí se nota cuando hay un-una antichavista cerca, o una “energía” antichavista. Estoy en la cola de la parada y le veo cara de antichavista a algunas personas, oigo el tono de hablar de alguien y pienso: este es el enemigo, pero no siempre la persona en sí misma, sino lo que se ocupa en representar. Claro que ya sabemos por qué decían que se notaba el chavismo, era racismo, clasismo, rabia de la alegría de lxs “pata en el suelo, esos”. Esa es la diferencia.

Da arrechera, pero pasada la rabia, da tristeza, de las hondas. Da nostalgia. Caminar por Caracas, y a lo largo del día verle la cara al odio, en alguna esquina, un pasillo, la cola de la espera para ir a casa, ver el deterioro manifestado de tantas maneras me lleva, y seguramente lleva a muchísima gente, a recordarnos. Fue ayer. Y no es un tema de bonanza económica solamente, de sentirnos por fin dueñxs de los recursos materiales que están bajo el suelo que pisamos y que por derecho es de todo el que habita en este país.  La sensación de acceder a una buena tajada de esa justicia. No es solo eso, es la alegría lo que extrañamos.  Una alegría vinculada a esa bonanza, pero no únicamente a ella.  

No se trata de creernos mejores que lxs otrxs, de establecer comparaciones para terminar enalteciéndonos como bloque humano o fuerza política denigrando lo otro. En nuestro lado hay de todo, pero quien llenó de belleza los años del proceso revolucionario previo a la guerra económica, no fue movidx por la avaricia, los complejos, el arribismo, el oportunismo o desclasamiento, la competencia voraz, el resentimiento.

Lo que sacó lo mejor de nosotrxs como pueblo fue la posibilidad de reconocernos en la-el otrx, de confiar, de reunirnos a conversar, de construir posibilidades en la juntera, con nuestras miserias también, nuestras equivocaciones, nuestras malas mañas. Logramos inaugurar maneras de relacionarnos y vivir la vida desde la creación colectiva. Nosotrxs, quienes somos clase media, nos perdimos una buena parte de eso, por nuestro estilo de vida tan aislado. Pero igual nos llegó la onda expansiva de esa interpretación del socialismo que se amasó a la venezolana, o que se empezó a amasar. Porque la revolución es un largo e intrincado camino, incluso muchxs nos sumamos, como pudimos.

Los logros materiales han sido innumerables, cantidad de espacios de producción como los de la gente de El Panal. De organización para el consumo de alimentos a buenos precios, generando una relación campesinado-ciudad, como la experiencia de la Alpargata Solidaria (en plena guerra económica, pero con el mismo espíritu de esos años). Producción artesanal de alimentos en distintas partes del país, de productos cosméticos, la erradicación de la pesca de arrastre.  Experiencias como la Cooperativa 8 de marzo, en Lara, de producción de pasta, que, aunque comenzó antes de Chávez, pudo continuar su trabajo con nuevos avances. Esto por mencionar algunos casos puntuales, pero de impacto en comunidades.

El sábado fui a la plaza Altamira, con el nombre ese de Plaza Francia, supereurocéntrico y jalamecate. Fui a llevar un regalo que enviaba a Argentina. Sábado a las 5 de la tarde, horario infantil, de juegos, chucherías, pintacaritas. Agradecí haber pedido que me acompañaran, yo que suelo salir a hacer diligencias sola. Casi totalmente abandonada la calle, locales cerrados, tarde de jóvenes y niñxs pero curiosamente del barrio, del más profundo y abandonado barrio, chamxs ya con signos claros de estar iniciadxs en la delincuencia, “captadxs” por bandas, o de esos supuestos colectivxs chavistas, que en realidad no lo son, sino que simulan serlo cuando hay que sacar la foto para generar material para la campaña internacional comunicacional. Ubicadxs estratégicamente sus jefes (algunxs sifrinxs, otros extranjerxs, etc.). Parecía que absolutamente ninguna persona que estaba en la plaza y sus adyacencias estaba por casualidad, paseando o trabajando.  Jefes dándole plata a niñxs para “la comida y los frescos”. Todo lucía en conexión criminal. Sí, era horario juvenil-infantil, pero de quienes están trabajando el odio y la explotación.  

Si se piensa, da como para concluir que el odio es un síntoma, la enfermedad real es el miedo que lo genera. Miedo a lo distinto, a lo que no se controla, a lo libre, a lo que rompe con la norma, en este caso, a las verdaderas revoluciones populares. Miedo a no poder mandar, a no tener todo el poder opresor que se quiere y se necesita para lograr manejar lo que realmente les importa: el dinero.

Ayer recibimos la noticia triste e indignante del fallecimiento de Orlando Figuera, linchado, apuñalado y quemado en Altamira, el municipio más rico y pequeño de Venezuela. Ganó el odio ese día. Y vemos en un video a Capriles, una vez más evadiendo la responsabilidad de las muchas convocatorias a la persecución de chavistas que se ha venido declarando como línea política, públicamente, del lado de la oposición venezolana, permanentemente jugando al juego del policía bueno y el policía malo.

Los años más difíciles y más hermosos del chavismo nos mostraron la cara posible del camino al socialismo con espiritualidad, con amor, con humor, con solidaridad.  Lo hicimos posible, lo demostramos, fuimos felices. Hoy vemos el deforme rostro del miedo transmutado en odio, persecución, violencia con la marca inconfundible del paramilitarismo que tanto sufrimiento ha causado al pueblo colombiano.

Hoy se nos presentan claramente las opciones que tenemos: el fascismo versión neoliberalismo global, y sus fuerzas de choque y control. O seguir trabajando desde cada comunidad, cada espacio, porque reviva lo mejor de nosotros como país, en revolución.

No permitanos quedarnos pegadxs en el odio, en el miedo. Seamos valientes, libres, amorosxs y verdaderamente productivxs.

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